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Una publicación de la asociación SER
Poeta y periodista

Cambio climático: razones para el pesimismo

Entre todo lo que sabemos hoy sobre el mundo, la realidad del cambio climático debería tener preeminencia absoluta. Nada es más importante. Nada se acerca siquiera a serlo. Dada la información disponible, todos nuestros actos políticos y económicos deberían estar orientados a confrontar este problema, so pena de colapso civilizacional. Pero lo que está sucediendo es lo contrario: no lo estamos confrontando; lo estamos acelerando. En suma: tenemos los ojos abiertos, pero seguimos avanzando hacia el desbarrancadero. ¿Por qué?

Un inmenso vacío de la imaginación

Se puede dar muchas respuestas a esta última pregunta. Algunas tendrán un matiz psicológico, otras tendrán un énfasis económico, otras más subrayarán lo comunicacional, y así. Sin desestimar nada de lo anterior, yo creo que el innegociable atolladero en el que nos encontramos es fundamentalmente político y tiene dos facetas principales, conectadas entre sí.

La primera de esas facetas es un obvio e inmenso vacío de la imaginación.

La verdad más crucial del mundo de hoy es esta: el formidable desarrollo de las fuerzas productivas bajo el régimen capitalista, algo que nos hemos acostumbrado a llamar “progreso”, ha sobrepasado la capacidad material de planeta. La lógica económica del capitalismo demanda un crecimiento sostenido, en esencia infinito, pero los recursos necesarios para ello simplemente no están ahí. No lo estuvieron nunca, pero mientras el agregado de la economía global no alcanzara su límite era fácil ignorar ese dato. Ya no lo es.

Sin embargo, las instituciones que evolucionaron de la mano del régimen en los últimos tres siglos, las dinámicas de la vida política que en su largo proceso le han dado forma a la situación contemporánea, no están en absoluto preparadas para lidiar con esa realidad. No tienen respuesta ni se acercan a tenerla. Y eso incluye nuestras instituciones culturales, ideológicas y discursivas, que pueden definir sistemáticamente el problema y describir en detalle la hecatombe que ya está causando, pero no han sido capaces hasta ahora de imaginar una alternativa.

Esto es así —ya es imposible no verlo— porque todas esas instituciones, las de nuestra vida política y cultural en su totalidad, están supeditadas en última instancia a la continuidad del régimen. Por supuesto que hay un alto grado de autonomía para la esfera política, y en ese espacio viven nuestros debates y confrontaciones. Pero, en el fondo, la lógica del capital tiene prioridad y cualquier amenaza existencial se “resolverá” a su favor, sin atención a las consecuencias.

Esta es la razón por la cual las propuestas más radicales, las únicas que tienen sentido dada la magnitud de la crisis, han estado siempre y continúan estando relegadas a los márgenes del discurso y de la praxis. Esta es la razón por la cual las políticas medioambientales están dominadas por una imaginación de lo posible, predefinido esto en términos de la continuidad del capital (su “sostenibilidad”) y la modulación del crecimiento, pero jamás en términos de su clausura. Esta es la razón por la cual, como se ha dicho ya muchas veces, nos es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.

En el contexto contemporáneo, en este punto de lo que algunos críticos llaman, acertadamente, la era del capitaloceno, eso es lo que queremos decir cuando decimos hegemonía.

 

“La sociedad no existe”

La segunda faceta del atolladero político en que nos encontramos tiene que ver con una de las claves ideológicas esenciales del capitalismo, presente desde sus albores pero amplificada y potenciada hasta la monstruosidad en el periodo neoliberal.

Para resumir apretadamente: en un régimen cuyo fundamento es el intercambio mercantil y la competencia entre agentes “libres” (entendidos axiomáticamente como “individuos”), la acción colectiva es por necesidad trunca, la solidaridad es a la larga insostenible y las subjetividades se hacen, en lo fundamental, desagregadas y fragmentarias. Esa es —de nuevo, en última instancia— la forma hegemónica de la conciencia bajo el capitalismo, y es en torno a ella que giran las constelaciones de la vida política y social en esta era.

No cabe duda de que lo anterior ha contribuido de forma significativa a la avasalladora productividad de la economía capitalista. No cabe duda tampoco, de que desde ese lugar es imposible responder a un problema como el cambio climático.

Una crisis como la del cambio climático demanda formular propósitos colectivos y ejecutarlos de manera sostenida en el tiempo y el espacio (décadas si no siglos, y en todo el planeta); para eso, sencillamente, no hay ninguna plataforma. Además, tales propósitos solo serán viables a un costo astronómico que no puede ser compartido equitativamente por todos los actores: deberá ser asumido a pérdida por las naciones más ricas, o no se logrará el objetivo.

En otras palabras, articular respuestas efectivas al problema del cambio climático requiere de una conciencia radicalmente solidaria, pero ella no es posible bajo la hegemonía del capital, mucho menos en su forma contemporánea.

Podemos hablar, como he hecho aquí, sobre nuestra vida política, nuestras instituciones o nuestro atolladero, pero ese nosotros es solo una presencia fantasmática. La frase nuestra especie es un constructo de la ciencia, no la descripción de un sujeto social; como sujeto social, “la humanidad” no tiene densidad alguna. De hecho, hoy la tiene incluso menos que antes: precisamente cuando las consecuencias del desarrollo capitalista iban volviendo la solidaridad y el universalismo más necesarios que nunca, el programa neoliberal se encargó de empujarlos hacia la disolución, atomizando y privatizando los espacios de en los que interactuamos, aislando a las personas unas de otras y vaciando la vida social de contenidos colectivos que no fueran el consumo y la mercadotecnia.

La sociedad no existe”, no hay que olvidarlo, ha sido uno de los lemas más emblemáticos de la propaganda neoliberal desde los días de Margaret Thatcher, y no es casualidad que así sea.

Hacia la revolución equivocada

No es difícil ver el presente como un momento de verdadero potencial revolucionario.

Condenado a un ciclo de negocios cada vez más estrecho, con crisis cada vez más frecuentes y duraderas, con enormes dificultades para relanzar como en su periodo clásico el proceso de acumulación luego de cada caída, el capitalismo contemporáneo se encuentra en una fase que muchos observadores describen como terminal. E incluso si ese pronóstico falla —no sería la primera vez— sí se trata de una fase profundamente transformadora, en especial si se la compara con el periodo de prosperidad y crecimiento de las economías centrales en la segunda mitad del siglo XX.

Hoy, el capital solo parece encontrar margen de maniobra por el lado de una intensa precarización del trabajo, una disminución sostenida del bienestar colectivo y un aumento exponencial de la desigualdad. Esas son las características fundamentales de nuestra época, y las acompañan un endurecimiento de los mecanismos de control y vigilancia, así como una pronunciada deriva hacia el autoritarismo y la represión.

Esta realidad, resultado de tres décadas de hegemonía neoliberal, está generando respuestas políticas. Desafortunadamente, estas no parecen hasta ahora darse en una dirección que permita responder al cambio climático. Se están dando, más bien, en el sentido contrario.

Si la ausencia de subjetividades colectivas para la acción global es uno de los factores que imposibilitan enfrentar con eficacia el cambio climático, la tendencia contemporánea al atrincheramiento en identidades tribales, el resurgir del nacionalismo xenófobo y reaccionario como opción política, y las ideologías aislacionistas que crecen en las sociedades desarrolladas no auguran una solución a ese estancamiento. Lo que auguran es que no saldremos de él.

En general, las derechas europeas en ascenso no se posicionan como defensoras del medio ambiente, sino como lo contrario (y esto en un contexto donde la “política normal” tampoco tiene verdadera disposición a resolver el problema, sea cual sea su retórica). Para el gobierno de los Estados Unidos, mientras tanto, el cambio climático aparece como una oportunidad de negocios o una ocasión para el enfrentamiento geopolítico, pero jamás como un impulso al trabajo colaborativo. Y entre los así llamados BRICs, como la India de Modi y el Brasil de Bolsonaro, las cosas no son muy distintas.

El mero dato de la popularidad de estas posiciones en sus respectivas sociedades (y ocurre en muchas otras) es ya indicio de que las cosas, en lo que concierne al futuro de las políticas medioambientales, se están moviendo por la ruta errónea: hacia una trampa de la que no hay salida.

Por supuesto, nada de lo anterior es inmotivado o resulta enteramente de procesos autónomos, desprendidos de actores y agencias concretas. Detrás de esta deriva reaccionaria y antiecológica del neoliberalismo (y de la revolución fascista que se incuba hoy en el seno de todas las democracias del mundo) hay una campaña intencionada de defensa del capital, con operadores claramente identificables e intereses con frecuencia explícitos, con un marcado y evidente carácter de clase. No hace falta caer en alambicadas teorías de la conspiración para reconocerlo. Basta con revisar la historia del negacionismo climático y su financiamiento.

Pero la realidad es que contar con esa información, si bien nos ayuda a identificar al enemigo, no nos acerca a resolver el problema. Más bien, lo hace más arduo, pues revela que hay actores importantes y enormemente poderosos dispuestos a permitir e incluso promover la catástrofe climática —y a destruir la democracia liberal en el camino— a cambio mantener el ciclo de acumulación hasta el último minuto de la historia humana. El costo en sufrimiento y miseria será espeluznante, pero en la lógica implacable del capital (y esa es la lógica en la que estamos sin remedio inmersos en el corto plazo, y el corto plazo es el único que tenemos) tales cálculos no tienen ninguna relevancia.

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[Las anteriores son mis razones para el pesimismo sobre el cambio climático, no para la inacción, la inmovilidad o la desesperanza. Creo, es más, que el pesimismo es la única postura realista en este tema. Si alguien tiene razones para la postura contraria, estoy más que dispuesto a escucharlas.]