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Una publicación de la asociación SER

Carretera Central: una ruta de la muerte

Todos los años, en al menos tres ocasiones, recibimos la lamentable noticia de un accidente de tránsito ocurrido en algún tramo de la Carretera Central, aquella que conecta a Lima, la capital del Perú con la sierra y la selva central. El último accidente sucedió en la madrugada del viernes 17 de agosto con un saldo de cinco muertos y una veintena de heridos, todos miembros de una Iglesia evangélica que se trasladaban de Huancayo a Chanchamayo para un retiro espiritual.

Por más de un siglo el tramo carretero que conduce a Chanchamayo, y que hoy es la puerta de entrada a la selva central, adquirió la fama de ser una vía peligrosa, incluso los nombres de las secciones de ella como «mal-alma», «curva del diablo», «sal-si-puedes» lo confirman. Existen testimonios escritos que en la segunda mitad del siglo XIX los viajeros se tomaban entre seis a diez días para llegar de Lima a San Ramón, nunca intactos, ya que en esta «impresentable trocha» se desbarrancaban equipajes, animales y personas. Este camino no apto para personas sin temple fue reestructurado en la década de 1890 por el ingeniero Joaquín Capelo, que lo convirtió en un vía de penetración con tres metros de ancho; sin embargo al no estar afirmada, los accidentes ocurrían en la temporada de lluvias. Tras arduos trabajos para su mejoramiento, en 1918 llega el primer automóvil a La Merced, capital de Chanchamayo, hecho que fue tomado por los pobladores como una victoria sobre esta vía que tantas desgracias y pérdidas materiales y humanas había ocasionado. No cabía duda que era una de las más peligrosas del país.

A lo largo del siglo XX los gobiernos locales solicitaron y gestionaron constantemente trabajos de mantenimiento de este «camino traicionero». Además de las lluvias y los huaycos propiciadores de infortunios, el terremoto de 1947 de 7,7 Mw, terminó por deshabilitarlo por completo. Con el ingreso del general Manuel A. Odría al poder, se traza nuevamente el tramo de Palca a San Ramón y se desestima la vía de Concepción a Satipo, por lo que la nueva carretera debía unir los distritos de Tarma, Chanchamayo y Satipo. Por fin en 1973 se inaugura la carretera La Merced-Satipo, hoy conocida como Carretera Marginal, continuación de la Carretera Central.

Por este recuento histórico, se puede concluir que la principal causa de accidentes de tránsito fueron los desastres naturales que afectaban directa o indirectamente la Carretera Central. No obstante, hoy en día, las principales causas son fallas mecánicas y/o errores humanos. Según un informe difundido por el diario Correo en todo el 2017 se reportaron 131 víctimas, mientras que en los primeros siete meses del 2018, ya perecieron 133 personas. Como lo explica el coronel PNP Francisco Ninalaya, los accidentes en su mayoría ocurren por falla humana: el conductor va a una velocidad mayor de la permitida y los siniestros ocurren generalmente los fines de semana y los feriados largos. Como vemos, los problemas del tránsito no solo ocurren en las ciudades, sino en las carreteras que unen el interior del país.

Un rol determinante en este problema lo cumplen las empresas de transporte público, y los encargados de los mecanismos de control del Estado para que estas empresas brinden el servicio con altos estándares de seguridad. Al parecer la poca regulación para elegir a los choferes, examinar sus condiciones psicológicas y brindarles una debida rotación para su descanso luego de cada viaje hacen que las fallas humanas crezcan aritméticamente. En el caso de la selva central las empresas de transporte que en estos últimos años protagonizaron accidentes fueron Gol, Turismo Selva y Turismo Central, siendo el caso más grave este último, ya que hasta noviembre del año pasado ha producido múltiples accidentes con más de 80 muertos y 200 heridos. Todo esto llevó a que el parlamentario Federico Pariona pida la cancelación definitiva de la licencia de funcionamiento de esta empresa que tiene más de mil procedimientos administrativos.

El accidente del 17 de agosto ratifica, aunque suene fatalista, que la Carretera Central es una ruta de la muerte, pero esta vez no por las condiciones climáticas o desastres naturales sino por las fallas humanas. Es decir, depende de nosotros mismos reducir estos altos índices de pérdidas y desgracias.

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