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Una publicación de la asociación SER
Politologa, Magister en Política Comparada, Docente Universitaria. Consultora e investigadora especializada en temas de Desarrollo, Fortalecimiento de capacidades, y comunicación estratégica.

Como neblina que no se va

La semana pasada, despertar, era amanecer con resaca sin haber ingerido un solo vaso de alcohol. Una sensación de zozobra, “una aflicción y congoja del alma” (RAE). Un dolor de cabeza de tanto meme en WhatsApp (tantos, que se confunden los grupos en los que se compartieron los stickers del cono), de tanto constitucionalista escuchado, de tanto grito de la representación nacional.  La sensación de haberse amanecido en una mala fiesta, y que quizás no valió la pena el desvelo.

Intentamos en Lima y las capitales de región, refugiarnos en alguna acción colectiva. Alguna que otra manifestación “en defensa de la democracia”. Había una sensación de reconocer esta situación, de haber recorrido la misma avenida frente al Palacio Legislativo hace 29 años, de esperar los relámpagos de las armas, los tanques. Una sensación de haber vivido esta precariedad. La incertidumbre del escenario de la mañana siguiente en política. La incertidumbre de las garantías. ¿Quién manda a quién? Una primera manifestación, iniciaba en algarabía. Pero los que escuchaban la radio en sus celulares repetían la narración de lo que pasaba en el hemiciclo “dicen golpe”, “Meche presidenta”. Las arengas inexistentes se convirtieron en el grito “fuera Meche”. ¿Y luego? Nadie sabía qué hacer ni por qué estábamos ahí parados. Compartiendo incertidumbre. Sintiéndonos peruanos por la común precariedad.

El día siguiente, como corresponde a un país en guerra, nos enterábamos de lo que pasaba en el Congreso por la prensa internacional. Liderazgos en decadencia anunciando sin anunciar que acataban el desenlace que el orden constitucional preveía. Desasosiego. Suspenso, angustia, entradas y salidas de la puerta lateral de Palacio de Gobierno. ¿Será X ministro? El periódico tal confirma tal nombramiento. Una sensación optimista retorna tras la constitución de un nuevo gabinete. Todo parece calmarse. Todo parece tener mañana. Hay gobierno.

La narración emocional es necesaria para contar cómo vivimos la ruptura gubernamental acontecida la semana pasada. Es necesaria porque las emociones nos permiten entender, entre otras maneras, cómo estamos construyendo el espacio colectivo donde nos ubicamos como ciudadanos. Porque solo compartimos rabia, frustración y desesperanza. No compartimos, como peruanos, otros símbolos. Al menos no son tan claros.

Para James Jasper (2011) las emociones deben servir para entender los comportamientos colectivos porque configuran ciertas dinámicas, dan forma a las aspiraciones y a las acciones. Por eso es necesario entender en el desasosiego y la rabia de los ciudadanos, un pedido de renovación de confianza al gobierno. La exigencia de plantear nuevas reglas de juego para que ese juego incluya un debate sobre lo colectivo. Estos tres años que pasaron hicieron evidentes la ausencia de una infraestructura social sólida que permita garantizar que lo que quiere la gente, porque lo necesita para vivir dignamente, sea escuchado y atendido. Infraestructura inexistente porque, en su lugar, las prácticas de la corrupción se volvieron instituciones. Esta combinación de la ausencia de infraestructura social y corrupción, entre otras características, son las que hacen surgir en la ciudadanía esas emociones movilizadoras. El gobierno no puede desaprovechar la posibilidad de construir sobre ellas. Y no hay garantías que esta demolición pública construya nuevos cimientos.

Es necesario, pensar en 1) qué ha propuesto el nuevo gobierno, para luego pensar en 2) cómo lo haría realidad y sobre todo 3) con qué fines. La principal propuesta que hemos escuchado de las autoridades es la renovación en sí misma. La renovación y la reforma son un fin, el horizonte cabal de todos los planteamientos de corto y mediano plazo. Este gobierno se ha asumido como un gobierno de transición y, por lo tanto, actúa sin aspiraciones de plantear una propuesta programática, un plan. Por tanto, 2) sin plan no hay necesidad de establecer un equipo coherente que plantee una propuesta compartida de agenda pública. El reclutamiento de los ministros hecho en los últimos días, responde a diversas necesidades más que a diferentes aspiraciones y las razones por las que ocupan las carteras hace pensar en lo difícil que será que el gabinete se ponga de acuerdo para llevar adelante un proyecto nacional al Bicentenario. Por eso es que 3) los fines no están claros.

Quizás la voluntad de reformar sea de verdad la agenda de gobierno. Las acciones emprendidas la última semana irán en ese sentido. En cualquier caso, será necesario contarse ficciones que alimenten emociones que vinculen a los peruanos para construir, desde la precariedad, una esfera pública. Al menos, mientras nos decidimos a contribuir en algún proyecto que transforme el espacio colectivo que habitamos.

Se habla de política, y eso es ya un gran avance. Se habla de política como el objeto de esas emociones, se solicita entenderla, se comparte. Al menos ese cambio, ese interés, nos podría llevar a otro puerto, ir en el sentido de otros vientos, orillar en una nueva esperanza. Es necesario entonces actuar por las emociones, pero encontrar ideas que nos permitan compartir más allá de lo que sentimos, y conjugar ahí en lo que pensamos.

 

Adriana Urrutia Pozzi-Escot pertenece a la Plataforma Comadres, espacio que busca posicionar el trabajo de las mujeres en el análisis de la política nacional e internacional.