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Una publicación de la asociación SER

Como pompas de jabón

“La lucha de las mujeres es mi lucha” dijo el Presidente de la República sobre la violencia que sufrimos las mujeres en el discurso de 28 de julio. Sin embargo, el mensaje se diluye cuando las medidas anunciadas: fortalecimiento de los CEM y la línea 100, son leves paliativos que no apuntan en lo más mínimo a cambiar las estructuras que producen y mantienen enquistada esta violencia de género.

Pero aún, días antes habló de fusionar el Ministerio de la Mujer con el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social, para crear así una especie de medusa ministerial con el sutil añadido de la Familia, con lo cual se va afianzando la arremetida conservadora que busca restringirnos derechos a las mujeres y a las personas LGTBIQ.

Este avance conservador se evidenció primero con el cambio de ministra de la mujer, pasamos de Ana María Romero que continuó con la transversalización del enfoque de género y defendió y dio cabida a los derechos de la comunidad LGTBI; a Ana María Choquehuanca, que señala que el feminismo -un movimiento que busca la igualdad en el ejercicio de derechos- no es necesario, y que cree de manera ingenua que los feminicidios se van a acabar con más MYPES.

Pero las concesiones a la ofensiva conservadora se hacen más evidentes con la asistencia de la plana mayor del gobierno a una ceremonia católica y otra evangélica; donde los líderes religiosos se cuidaron de no de mencionar a la “ideología de género”; aunque, enfatizaron en el fondo de este discurso: la supuesta crisis moral y pérdida de valores de la sociedad.

Así, en la práctica abogaron ante el presidente de la República para que elimine el enfoque de género, el cual es esencial para construir políticas públicas que acaben con esta violencia. Queda claro que el discurso del presidente Kuczynski se desvanece en el aire, ya que su compromiso no ataca a las causas, por el contrario, pareciera ceder a las presiones de quienes protegen las estructuras de esta violencia que registra en nuestro país feminicidios diarios, tasas altísimas de violaciones sexuales contra mujeres y niñas, crímenes de odio, acoso laboral y sexual, violencia generalizada y normalizada. Y frente a todo esto, solo retumba en nuestro recuerdo las palabras de Cipriani diciendo que eran las mujeres y niñas que se ponían como escaparate frente a las violaciones o a ese pastor Rosas que llamaba a matar lesbianas.

Frases pomposas que esconden la intención de no ejecutar cambio alguno. Palabras grandilocuentes que resultar ser un conjunto de sonidos para la tribuna, pero que se esfuman mientras se debilitan aún más las pocas políticas públicas para combatir la violencia contra las mujeres; mientras el gobierno desconoce derechos a las más vulnerables, como son las mujeres víctimas de esterilización forzada o las mujeres indígenas afectadas por las empresas extractivas; cuando se intenta fusionar el Plan Nacional de Igualdad de Género con el Plan Nacional Contra la Violencia de Género; y cuando aún no se ha consultado el Plan Nacional de Derechos Humanos 2017 – 2021, pero es presentado -ese día en la memoria de gobierno- como si ya estuviera listo y vigente, el cual excluiría nuevamente las víctimas de esterilización forzada.

Planes y mensajes que de disuelven ni bien son anunciados...como pompas de jabón.