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Una publicación de la asociación SER

¡Con las libertades de peruanas y peruanos no te metas!

Somos testigos en los últimos cuatro o cinco años de una agresiva campaña internacional orquestada por una perversa alianza de “teócratas reaccionarios” que busca explícitamente recortar los derechos ciudadanos en el Perú.  Sus promotores, provenientes de las canteras del conservadurismo más rancio de Iberoamérica, parecen surgir de profundas cavernas españolas, argentinas, colombianas y caribeñas, si nos guiamos por el variado acento del castellano con el que pontifican sus trasnochadas “ideas” (sí, entre comillas).  ¿Cómo es que ha llegado a producirse semejante aquelarre ultraconservador en pleno siglo XXI?

Los mecanismos de estas alianzas están envueltos en la típica opacidad en la que suelen trabajar las diversas iglesias y sectas cristianas de hoy y siempre.  No es muy fácil identificar sus fuentes de financiamiento, pero es claro que se usa y abusa de las exenciones tributarias de que disfrutan las organizaciones religiosas bajo la figura de “asociaciones sin fines de lucro” (por lo que nunca han pasado una auditoría pública).  Sus demostraciones abiertas de intolerancia han ido creciendo año tras año, y su influencia política ha encontrado un maridaje perfecto en el Congreso de la República dominado por el fujimorismo en el actual quinquenio 2016-2021.

¿Por qué es una aberración esta alianza entre los extremismos conservadores de la cristiandad peruana y latinoamericana, evangélicos por un lado, católicos tradicionalistas por el otro?  ¿Cómo se ha logrado semejante unión de contrarios?  ¿Cómo se ha podido dar esta suerte de “maoísmo ultramontano”?  ¿Será por aquello de que “el enemigo de mi enemigo es…”?

Hace 500 años, exactamente en 1517, el monje agustino alemán Martín Lutero cuestionó la autoridad del Papa en materias de teología moral (la concesión de indulgencias a los pecadores, a cambio de donaciones en dinero).  Estos detalles teológicos (¿tiene el Sumo Pontífice autoridad divina para perdonar los pecados y liberar a las almas presas en el Purgatorio?), combinados con los problemas políticos de los príncipes alemanes del siglo XVI con su emperador, el gran defensor del catolicismo Carlos V, dieron comienzo a la gran división del cristianismo en Europa occidental que se conoce como la Reforma Protestante.

Los historiadores y sociólogos han discutido el impacto de este complejo movimiento de ideas y expectativas en la “modernización” europea del último medio milenio.  Queda claro que existía una sociedad en proceso de urbanización cuyos miembros, cada vez más educados y capaces de leer, buscaban una práctica religiosa más íntima y personal que el tipo de cristianismo medieval de la Iglesia romana del momento.  Además, Max Weber propuso que la industriosa burguesía comercial de la época encontró en el cristianismo reformado un elemento ideológico de autoafirmación, en el que el éxito en los negocios sería una suerte de confirmación de la protección divina que apuntaba a la salvación eterna.

La combinación de estos y otros elementos socio-culturales, políticos y económicos, explican la consolidación, para el siglo XVII, de una variada cristiandad Protestante (luteranos, calvinistas, anglicanos) en Europa Central y del Norte, alternativa y opuesta a la cristiandad católica regida desde Roma.  Las iglesias reformadas, careciendo de una autoridad central equivalente al Papa, han experimentado una continua sucesión de divisiones, separaciones y mutuas excomuniones.  Las iglesias evangélicas que han invadido América Latina durante el siglo XX se originaron en este proceso de “vivisección” en los Estados Unidos de finales del siglo XIX.

Y esta oposición histórica entre cristianos ha tenido como uno de sus fundamentos, hasta los tiempos del Concilio Vaticano II (1962-1965), el rechazo explícito por parte de los protestantes a la autoridad del Pontífice romano.  Mientras que, por su parte, las corrientes más conservadoras dentro del catolicismo han basado su tradicionalismo en buen medida reafirmando la centralidad del Papado en la vida de la Iglesia.

Recordemos que en el Perú, pese al ecumenismo y los acercamientos de las iglesias cristianas a nivel mundial del último medio siglo, hemos sido testigos de vivas tensiones y llamativos incidentes que evidencian una fuerte desconfianza mutua entre las dos principales variantes del cristianismo en nuestro país.  Eso ocurrió destacadamente durante la campaña electoral del año 1990.

El candidato Alberto Fujimori había logrado el apoyo de un grupo de iglesias evangélicas, y el segundo vicepresidente de su plancha era el pastor Carlos García y García, jefe de la Iglesia Bautista.  Esta inédita y altamente visible presencia alarmó a la jerarquía católica de la época.  En los primeros días de junio de 1990, justo antes de la segunda vuelta de las elecciones, se organizó una inusual procesión del Señor de los Milagros en el Centro de Lima.  No sirvieron de mucho las rogativas en favor del agnóstico candidato del FREDEMO, el escritor Mario Vargas Llosa, porque el domingo 10 de ese mes el candidato de CAMBIO 90 obtuvo el 62.4% de la votación válida.

Sin embargo, la presencia evangélica en el nuevo gobierno fue prácticamente nula.  La alianza cívico-militar entre Fujimori, su “asesor” Vladimiro Montesinos y el Gral. Nicolás Hermoza Ríos, que se implantó a partir del “auto-golpe” del 5 de abril de 1992, ocasionó que el vicepresidente García y García rechazara la medida, buscando asilo político en la embajada de Argentina.  Los temores católicos de entonces no cristalizaron en la “avalancha del protestantismo” que se recelaba con la victoria del desconocido fujimorismo de 1990.  Como todos sabemos, vino algo mucho peor, aunque de carácter mayormente laico.

Para desgracia de nuestro país, el nombramiento como arzobispo de Lima de Juan Luis Cipriani Thorne en 1999, y como cardenal desde 2001, por decisión del papa Juan Pablo II, entronizó al Opus Dei en los puestos más altos de la jerarquía episcopal peruana.  Es en estas últimas dos décadas --tras el colapso del régimen fuji-montesinista con el escándalo de los “vladivideos” de setiembre del año 2000--, que las condiciones para la perversa “unión de los contrarios” que mencionábamos líneas arriba ocurriera.

No ha debido ser un proceso fácil.  Cinco siglos de rivalidades y mutuas descalificaciones no se borran solo en quince años.  Pero, sin embargo, el “maoísmo ultramontano” de estos grupos radicales de activistas de las derechas cristianas, tanto en el Perú como a nivel internacional, han podido hallar un “modus vivendi” que les está permitiendo atacar conjuntamente a su enemigo principal: el Estado laico.  Es decir, el diseño institucional estatal que debe garantizar las libertades democráticas y los derechos civiles para todos sus ciudadanos y ciudadanas, hombres, mujeres y niños, especialmente para aquellas personas que forman parte de grupos históricamente marginados y vulnerados.

A eso se refería don Jorge Basadre, nuestro “historiador de la República”, cuando hablaba de “la promesa de la vida peruana”: un Estado laico que garantizara el cumplimiento de la ley para todos por igual, ampliando la participación democrática de la ciudadanía y promoviendo el bienestar económico y social.  Es eso, precisamente, lo que está en juego hoy día.

 

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