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Una publicación de la asociación SER

Conversaciones en el metropolitano

Viajar en el Metropolitano es una experiencia interesante, aunque algunos dirán estresante, porque permite conocer una parte de la vida cotidiana de las gentes en esta Lima, inmensa, tan dispar y tan distinta.

Uno sube al bus alimentador que lo llevará a las estaciones Naranjal en el norte o Matellini en el sur donde tomará las rutas regulares, que se detienen en cada estación, o los expresos, que lo hacen en algunas, para llegar o acercarse a su destino.

El trayecto es ocasión para escuchar las más variadas conversaciones por el teléfono móvil, o celular como solemos decir. Es la madre que despierta al hijo y lo monitorea desde que éste se levanta, se asea, toma desayuno hasta casi casi que se sienta en la carpeta de su aula. Es el prestador de algún servicio que le miente al “ingeniero” diciéndole que ya está por (la avenida) Alfonso Ugarte cuando el bus recién está pasando frente a la UNI o por la Portada de Guía. Dicho sea de paso la vez pasada un joven me preguntó ¿y dónde queda la portada de guía? Es que de la Lima antigua ya casi no queda ni el recuerdo.

Puedes escuchar a la chica que vende perfumes de alguna conocida marca y que encarga a la abastecedora tantos frascos de colonia, tantos potes de talco, lápices de labio o delineadores de cejas y pestañas; o la que promueve una feria de cosméticos en la cuadra diez de Antúnez de Mayolo cerca de la telefónica donde habrá como premio unas lindas carteras. Quizás también la contadora que ha olvidado un documento que tiene que trabajar en su casa y llama a su asistente, “Carlitos, por favor, entra a mi oficina”, que cuando son las siete de la noche sigue en el trabajo, y le indica la ruta a través de la cual llegar a la carpeta y al archivo precisos en donde se encuentra lo que ella angustiosamente solicita. A veces también escuchas las voces apagadas de los novios o de las novias, de los enamorados, que se confiesan por el celular sus incendiados sentimientos. Pero éstos son los menos. Prefieren hacerlo por WhatsApp.

Es la chica que se la pasa hablando todo el rato desde el Naranjal hasta el kilómetro 18 de la avenida Túpac Amaru, en voz alta y con risas, de cosas “intrascendentes”, “triviales” y que molestan a más de uno que quiere dormir y olvidar la jornada que para él ha sido agotadora. ¡Y no te deja leer! Otros días se trata de algún jefe de obra que llama a una y otra empresa o al capataz para dar indicaciones sobre los productos que se tienen que entregar acá o acullá, los pagos que han de hacerse y los avances de obra que se esperan en el día. O, quizás el que se dedica a arreglar computadoras y con voz de sabihondo busca atarantar al dueño presentándole de modo trágico los problemas, quizás simples, que tienen sus equipos. Éste se parece al político que en cada elección nos presenta al país, a  la región o al distrito hecho un harapo, una tragedia para que lo elijamos pues él podrá arreglar nuestros “históricos” problemas.

La madre joven que recién sale de su trabajo y llama para que le pongan a su hijito al teléfono porque quiere “escuchar su vocecita”. Y mientras lo traen pregunta si tomó su leche, si comió y si le cambiaron de ropa, y se deshace en arrorrós cuando lo tiene al habla.

Conversaciones a voz en cuello ya no por celular, sino allí cara a cara entre la madre y la hija que le reprocha porque ha sacado de su bolso, o de su mochila -ya no recuerdo- las llaves de la casa y, aunque la madre lo niegue enfáticamente, ella insiste en que está segura que “tú has sido porque tienes esa maldita costumbre”. O la conversación franca y amena de los amigos que comentan sobre Chino que se fue a la selva a trabajar y no le ha ido tan bien y tiene que regresar. O los que se ponen de acuerdo para la pichanga del domingo o para ir a tomar unos tragos, chelas que le llaman.

Son cientos de miles de personas, trabajadores, obreros, comerciantes, empleados, empleadas, burócratas, estudiantes, consumidores, usuarios, pacientes con sus acompañantes para la cita en algún hospital público, que se trasladan diariamente en este “moderno” sistema de transporte en masa desde pueblos jóvenes, urbanizaciones, asentamientos humanos ya en las cumbres de los cerros para poner en funcionamiento, para echar a andar las oficinas, las fábricas, los establecimientos comerciales, los supermercados, los bancos, el estado y sus mil instituciones públicas.

Sin ellos, sin ellas, sin elles como Micaela me ha enseñado a decir, ¡qué sería de esta ciudad de los reyes, tres veces coronada!

 

Lima, 2 de abril, Lircay, 3 de abril de 2019