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Una publicación de la asociación SER

Covid-19: la pobreza como riesgo

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Camila Gianella. Directora Ejecutiva CISEPA PUCP e Investigadora Chr. Michelsen Institute.

Quiero comenzar diciendo que si bien apoyo el Decreto Supremo N° 044-2020-PCM también creo que es bueno reconocer que, como siempre, en este tipo de situaciones, estas medidas extremas, le exigen más a los que menos tienen, pueden tener un efecto devastador en muchas personas, y familias. Puede hundir, aún más en la pobreza a muchos, llevar a la pobreza, a otros, o a una situación financiera límite. Espero que estas medidas sólo duren 15 días, y que logremos controlar esta enfermedad.

Es complicado explicar por qué una enfermedad de la que se sigue diciendo que para la mayoría de las personas afectadas es cómo un resfrío, ha logrado tanta atención, y que varios países decidan cerrar sus fronteras y ordenar cuarentenas de millones de personas. Muchos comentarios, bien intencionados, salen con cifras sobre la mortalidad de la Tuberculosis, que sigue siendo, vergonzosamente la enfermedad infecciosa que más mata a nivel mundial. Creo que lo que no es claro para muchos es que el COVID19 no selecciona, no es una enfermedad de ricos, o de ciudad.  Es una enfermedad infecciosa, que como muchas otras de este tipo nos ha llegado importada.  El cólera, por ejemplo, llego en una embarcación a la costa, y se expandió violentamente en todo el país y la región.  El impacto del cólera en la población indígena amazónica fue tremendo, así que debemos tratar de impedir que la enfermedad llegué rápida y violentamente a ciertos grupos de la población. En este caso, la enfermedad vino de Europa, traída por gente con la capacidad económica para pagar pasajes de Europa a Perú, pero no va a ser selectiva.

En el Perú arrastramos además una deuda con el sector salud, que no cuenta con suficiente personal, ni infraestructura hospitalaria. Muchos van a decir que no se va a repetir lo de Italia, porque ese es un país con una población muy envejecida. Es cierto, muchos países europeos tienen muchas personas de la tercera edad. Sin embargo, en el Perú, y en general, en Latinoamérica la población ha comenzado a envejecer, y muchas de estas personas están solas, viven en pobreza, pero no son tan pobres como para acceder a programas como Pensión 65, por ello dependen de comedores y/o venta ambulatoria.  Además, tenemos enfermedades infecciosas, que ya no son tan prevalentes en Europa.

Una de esas enfermedades es la Tuberculosis (TB).  Las personas con TB, no sólo están en mayor riesgo de contraer el COVID19, sino que además están en mayor riesgo de desarrollar las formas más severas de la enfermedad.  Las personas que han superado la TB, pero que viven con  secuelas serias en sus pulmones, también están en mayor riesgo de contraer el COVID 19.  

La Tuberculosis es una enfermedad muy ligada a la pobreza.  La pobreza no sólo se refleja en capacidad adquisitiva; la de privación de alimentos, estrés, tener que vivir en hacinamiento, tiene efectos negativos en nuestra salud, en nuestro sistema inmunológico, en cuán expuestos estamos a las enfermedades. En Lima y Callao por ejemplo, un gran porcentaje de las personas que tiene TB Multidrogoresistente, son jóvenes, varones, en situación de calle. No son ancianos, con un sistema inmunológico comprometido, por otras enfermedades o los efectos de la edad. Por ello no podemos pensar que porque aquí tenemos más población joven vamos a tener casos menos serios.  No sabemos qué va a pasar cuando la enfermedad llegue a la población pobre joven, que, a diferencia de Italia, Noruega, sigue siendo un grupo importante de la población. Hasta ahora los casos  han sido casos importados, o familiares, contactos cercanos de estas personas que tienen suficientes recursos para viajar fuera del país. No es la población pobre, pero va a llegar a esa población, y lo que debemos hacer es que no llegue violentamente.

Los riesgos que crea el COVID 19 sobre las personas en pobreza no son menores; además de un posible mayor riesgo a la infección, puede saturar los servicios de salud de los que dependen. Por falta de camas se van a comenzar a cancelar cirugías, y los establecimientos de salud públicos, que en general suelen estar hacinados, se convierten en un riesgo para la salud de los pobres. Esto no es ajeno para el Ministerio de Salud, que está tomando medidas como permitir que las personas con TB reciban el tratamiento con supervisión familiar en sus domicilios, y así evitar que asistan a los establecimientos de salud.  Sin embargo, el sistema es tan precario que, en lugar de plantear la entrega domiciliaria de medicamentos, se exige a las personas afectadas por la TB acudir semanalmente al establecimiento de salud con un familiar. 

Hemos visto hospitales saturados en Iquitos y Puerto Maldonado por el dengue, sin camas, con personas durmiendo en el piso, y personal de salud desbordado. Esta situación puede empeorar mucho.

Si el dengue y la tuberculosis no han logrado sensibilizarnos sobre la fragilidad de nuestro sistema de salud, de la precariedad en la que vivimos, de cómo medimos pobreza, esperemos que el COVID 19 lo haga, que comencemos a cuestionar los datos que mes a mes nos dan sobre la cobertura de aseguramiento en salud. 250 camas de cuidados intensivos a nivel nacional es una vergüenza, al igual que nuestra infraestructura sanitaria y las condiciones de salubridad de los establecimientos de salud.  Y es una vergüenza tener a tantas personas trabajando en empleos informales sin ningún sistema de protección social para este tipo de situaciones.  Precariedad pura.