Skip to main content
Una publicación de la asociación SER
Licenciado en Filosofía por la PUCP. Especialista en conflictos sociales con interés en temas de reconocimiento, filosofía política e interculturalidad. Melómano.

Crítica a la Constitución pura

Alguna vez escribí que el principal documento que debe regir nuestra convivencia ciudadana es la Constitución. Esta debería ser el punto de encuentro en donde se despejen las dudas respecto a distintos asuntos, como podrían ser las variadas formas de entender la vida que cada una de las personas posee y promueve entre sus pares.

Sin embargo, también es necesario tener en cuenta que la Constitución no es un documento perfecto. Al contrario, debido a que rige asuntos humanos es necesariamente perfectible. Olvidar este hecho la convierte en un instrumento dogmático y hasta un arma política que puede causar daño a quienes debe proteger.

Desde los primeros años de nuestra vida republicana hemos tenido doce constituciones. Todas de distinta duración. La última data desde 1993 y ha cumplido veintiséis años rigiendo a la sociedad peruana. La pregunta acerca de ella -y creo que acarrea implícitamente una respuesta afirmativa-, es si ya viene siendo hora de revisarla y plantear algunas reformas.

El asunto es que cuando se habla de “cambiar” la Constitución concurren dos principales reacciones: aquellos que afirman que existen intereses que están deseando cambiarla por una “chavista”; y los otros que cuyo principal motivo es modificar (o eliminar) el capítulo económico. 

Existen fundadas razones para defender ambas posturas. ¿Podemos negar que existe un consenso en cuanto a lo económico? ¿Estamos en la capacidad de desconocer que se han reducido los niveles de pobreza como nunca antes se ha visto gracias a la promoción de la inversión que estipula esta Constitución? No obstante, los argumentos de la otra parte también son fuertes, y, sobre todo, muy visibles. ¿O alguien puede ignorar y no aceptar que se han profundizado las desigualdades económicas en nuestro Perú? Ni qué decir sobre el impacto en las relaciones sociales porque estamos en el modelo que antepone la idea económica sobre la social.

Notemos que la Constitución del 93 fue pensada con lógicas o razones sociales y económicas de los años ochenta, en un país quebrado económicamente, que sobrevivía a la hiperinflación de las cuentas y al ataque del terrorismo. En el siglo XXI peruano nuestras motivaciones económicas son de otra índole. Así, ¿no es por esto plausible considerar que debemos replantear el capítulo económico?

Pero no solo este aspecto. En el último cuarto de siglo la sociedad peruana ha transformado sus esquemas mentales. Por ejemplo, internet ha contribuido sin precedentes con un enorme acceso colectivo a la información. Su influencia es indiscutible. Debido a esto, entre nosotros muchos tabúes han dejado de serlo. Lo que antes era considerado una excentricidad hoy es un hecho corriente. También se ha forjado una conciencia crítica y comparativa que no tolera por mucho tiempo verdades absolutas.

Asimismo, tenemos la sensación de espacio común a nivel mundial debido a la universalización de los Derechos Humanos.  Obviamente con sus resistencias. Pero, a fin de cuentas, sentimos que compartimos un mundo que se protege gracias a estos derechos. 

Por todo, es insensato no cuestionar la inmutabilidad de la Constitución Política del Perú. Es una realidad que ha surgido y empoderado nuevas demandas; las necesidades sociales se han transformado, teniendo así nuevos retos que afrontar de forma colectiva.

Además, la relación entre el Estado y sus ciudadanos tiene una connotación especial. Hegel, en su Filosofía del Derecho, decía que “la Constitución es ante todo un sistema de mediación”. Media entre las demandas o necesidades ciudadanas y lo que el Estado puede posibilitar. Si este no responde a estas exigencias, es ahí cuando comienzan los problemas de legitimidad y descontento social.

Reformar la Constitución no es atentar en contra la sociedad. Más bien es recordar que las sociedades son dinámicas porque están en constante cambio. Es reconocer, además, su capacidad de aceptar así misma de que no es una verdad absoluta y que debe armonizar distintas verdades. El mismo filósofo diría que no hay Constitución a priori, sino a posteriori. Aparenta que se nos viene dada, pero en realidad se encuentra reescribiéndose por quienes la reconocen y aceptan sus contenidos.

Los fundamentalismos religiosos y políticos que usan a la Constitución como una coartada para imponer sus dogmas e intereses deben ser arrinconados con los mismos argumentos de la Carta Magna. Y esta es el respeto de la dignidad humana. Si constitucionalmente se pretende perpetuar un status quo, que excluye o afecta negativamente a las minorías, viene siendo hora de repensar el alma de nuestra Constitución. Es una tarea necesaria.