Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

Cuando no había separación de poderes entre Iglesia y Estado.

Una de las principales características del mundo moderno, especialmente desde la Revolución Francesa de 1789, es que el gobierno de los países ha pasado a ser un quehacer laico, y las prácticas religiosas de sus habitantes se han convertido en actividades privadas.  Los Estados han diseñado sus formas de gobierno a partir de una Constitución escrita, donde usualmente se toleran las diversas prácticas religiosas de los ciudadanos, expresada en la fórmula de la “libertad de cultos”.  Esta forma de separar la política, como el espacio público de las discusiones sobre el poder y sobre las decisiones del Estado, y la religión, como un asunto personal en el cual el gobierno no debe ni intervenir ni utilizar en su provecho, es, en perspectiva histórica, un novedad de los últimos 200 años.

Desde la formación de las primeras sociedades estatales, en Mesopotamia y Egipto hace 5,000 años --y en otras partes del Mundo algunos siglos después--, la relación Estado-Iglesia fue, por el contrario, íntimamente cercana.  Los gobernantes justificaban su poder reclamando para ellos mismos una condición divina (en sociedades politeístas), o la pertenencia a un linaje escogido por Dios mismo (en sociedades monoteístas).  Hoy en día los únicos países que mantienen esa justificación del poder mediante argumentos religiosos son las monarquías del Medio Oriente (como Arabia Saudita, cuyo rey es el protector de las ciudades sagradas del Islam, La Meca y Medina) y, en el Mundo Occidental, el Estado Vaticano, cuyo monarca electivo es el antiguo “Obispo de Roma”, al que los católicos llaman “Papa”, o padre.

Otro problema distinto es el peso que puedan tener las referencias a la religión como parte de los discursos políticos en los Estados modernos (algo muy visible en los Estados Unidos, por ejemplo), o la influencia que en ciertas esferas de la actividad pública (como la educación y la salud) todavía puedan tener las organizaciones religiosas.  Precisamente porque los diseños constitucionales no dan cabida privilegiada a la religión en las discusiones públicas sobre el gobierno de un país es que resulta sorprendente encontrarnos, en pleno siglo XXI, con un activismo político de inspiración religiosa que trata de imponer a toda la ciudadanía las ideas propias de un credo en particular.

*          *          *

En los Andes prehispánicos el surgimiento de sociedades estatales, tema de un interesante debate entre los arqueólogos, está también vinculado a la presencia de elementos de carácter religioso en los restos materiales (arquitectura monumental, decoración en cerámica y textiles, etc.) que sirven para sustentar las hipótesis explicativas sobre el tema.  Para algunos especialistas, sitios arqueológicos como el templo de Chavín de Huántar, de unos 3,000 años de antigüedad, evidencian en sí mismos la existencia de un Estado sustentado en una ideología religiosa de amplia difusión.  Para otros habría que esperar a un período posterior, hace aproximadamente 1,500 años, cuando las sociedades Moche (Costa Norte), Nasca (Costa Sur) y Tiahuanaco (Altiplano Surandino), desarrollaron un organización socio-política más compleja, siempre conectada a prácticas religiosas masivas, para poder hablar de los primeros Estados andinos.

¿Y Caral?, dirán algunos.  ¿No es acaso la “civilización” más antigua de América?  La respuesta más breve y directa es: no, no lo es.  ¿Cómo?  Lo que sucede es que hay serios problemas con la interpretación que se ha hecho de la evidencia arqueológica de este sitio en el valle de Supe.  Seguro que en una futura contribución para “Noticias SER” tendremos oportunidad de discutir el problema.

*          *          *

En el siglo XVI, cuando llegaron los españoles a los Andes, encontraron una extensa organización política centrada en el Cuzco y dirigida por un grupo que tenía la costumbre, al parecer antigua en realidad, de deformarse los lóbulos de las orejas como signo de distinción y de poder.  Por eso, los primeros cronistas los llamaron “orejones”.  Estamos acostumbrados a llamar “incas” este grupo étnico cuzqueño, así como al soberano (el “Sapan Inka”) del Estado expansionista y conquistador al que denominamos “imperio de los Incas” (término que la gran etnohistoriadora María Rostworowski rechazaba por eurocéntrico, y que prefería reemplazar por “Tahuantinsuyo”).

El soberano cuzqueño, el rey o emperador Inca, era percibido por sus súbditos como alguien más importante que solo el ser humano más poderoso políticamente del área andina.  El etnohistoriador Franklin Pease explicaba que “inca” era un concepto más complejo que el de “monarca”, a la manera europea.  Era un concepto de carácter no sólo religioso (el “inca” como una divinidad, por ser considerado por la propaganda estatal como “el hijo del sol”) sino cosmológico (una noción cultural particular, un principio organizativo que daba orden y estabilidad al mundo, tal como se entendía en la cultura andina).

Por eso, el gobernante cuzqueño estaba revestido de un prestigio superior al de sus pares europeos.  El emperador Carlos V podía reclamarse defensor del catolicismo en la Europa de la primera mitad del siglo XVI, como sus abuelos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla habían sido premiados por el papa Alejandro VI con el título de “Reyes Católicos” tras expulsar a los moros de Granada en 1492.  Pero ninguno de ellos podía esperar ser visto como un ser divino, lo que sería un sacrilegio dentro del monoteísmo cristiano europeo.

*          *          *

Sin embargo, la Corona española de los Austrias o Habsburgos (1516-1700) y de los Borbones (1700-1868), contó con el apoyo, primero, y la subordinación, después, de la Iglesia católica.  En momentos clave, los monarcas hispanos escogieron a miembros de la Iglesia como funcionarios públicos de alto rango.  La Iglesia era, en una época en que el Estado tenía todavía una burocracia propia limitada y en formación, una fuente segura de administradores preparados y eficientes.  Cuando murió Fernando “el Católico” y su nieto Carlos todavía no asumía el mando, la regencia del reino de Castilla, Aragón y Navarra recayó en el fraile franciscano Francisco Jiménez de Cisneros, arzobispo de Toledo, cardenal e inquisidor general, quien había sido en la década anterior “regente” de Castilla.

Esta estrecha colaboración entre Iglesia y Estado se dio también en las colonias americanas de la Monarquía española.  En el caso del Perú, ya cuando estallaron las primeras rivalidades entre Pizarro y Almagro por el control del Cuzco y otros territorios conquistados, la Corona envió como mediador al mercedario fray Tomás de Berlanga, obispo de Panamá.  Estuvo tres meses en la recién fundada ciudad de Lima en 1535, pero a la larga no tuvo éxito en su misión.

Los nombramientos de eclesiásticos no solo se hicieron en casos que podrían considerarse de “mediación”, una función que la Iglesia católica ha mantenido también en tiempos recientes (recuérdese la mediática participación de Monseñor Cipriani en la “crisis de los rehenes” de 1996-1997).  Los casos hoy más llamativos son los de obispos y arzobispos nombrados como virreyes, tanto en México como en el Perú.  La razón de hacerlo era aprovechar la autoridad que estos eclesiásticos ya tenían como jefes de la Iglesia en cada virreinato, en contextos de nombramientos interinos, a la espera del nuevo virrey, siempre un “civil”, enviado desde España.

En el caso del virreinato peruano tenemos los casos del arzobispo de Lima, Melchor de Liñán y Cisneros, que ocupó el cargo de virrey por tres años (1678-1681); el obispo de Quito, Diego Ladrón de Guevara, virrey por más de seis años (1710-1716); y el fraile trinitario Diego Morcillo Rubio de Auñón, virrey por otros seis años pero en dos oportunidades, primero cuando era arzobispo de Charcas (1716), y luego cuando fue promovido al arzobispado de Lima (1720-1724).

En los siguientes 294 años hasta hoy, no hemos vuelto a ser gobernados por un “hombre de Dios”.  Y pese a que en mayo de 1923, durante el “Oncenio”, el Perú fue “dedicado” --o puesto bajo la protección especial-- del “Corazón de Jesús”.  Ni eso libró al país de la caída del presidente Leguía en 1930 y del desarrollo de la política moderna en las siguientes décadas del siglo XX.

= = =