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Una publicación de la asociación SER

Cuarentena

A cuarenta días de las elecciones, Julio Guzmán y su grupo, que de rojo no tiene nada –sería  excesivo llamarle partido– están convirtiéndose en seguidores del revolucionario Lenin y de su axioma: el poder sólo lo conquistan las minorías audaces. Su fulgurante ascenso en las encuestas niega, de paso, la teoría de la conspiración que habita en la mente de una parte de los seguidores de Verónika Mendoza. Porque, valgan verdades, a los agentes de Langley, los tigres de Wall Street y sus remedos de la CONFIEP, les gusta más la gente que ya ha gobernado, gente con la que han trabajado y hecho contratos, que un novato que sólo trae como novedad su cara y su compromiso con Israel.

Los acontecimientos de las últimas semanas demuestran que nada está escrito en la historia y si bien en el papel hay varios que muestran ventajas comparativas para derrotar a sus adversarios, el temperamento de las mayorías muestra su hartazgo con el elenco estable y sus miserias –incluido al último que se dio una vuelta de campana una vez llegado a Palacio-  por lo que resulta imposible hacer pronósticos de su comportamiento durante el próximo mes, aunque ya se puede avizorar cuáles serán los grupos que tendrán presencia en el Parlamento. Y ese hartazgo ninguna encuestadora, por más tentación tramposa que tenga, lo podrá ocultar hasta el final. “Electorado rebelde” le llama Levitsky, porque prefiere a los candidatos de fuera del sistema (aunque resulta muy forzado calificar de outsider a un ex viceministro como Guzmán, no?). Pero esa rebeldía no alcanza a la de los argentinos (“¡que se vayan todos!”) de fines del 2001 que hizo huir al presidente De la Rúa.

No estamos en la crisis generalizada de guerra interna más hiperinflación de finales de los años 80, ni tampoco en la transición de la dictadura a la democracia del 2001, que pudieran impulsar cambios dramáticos en la decisión ciudadana. Sin embargo, estamos en una coyuntura histórica en el que coinciden el fracaso de la transición política (vuelven con muchos apetitos los restauradores del ancien régime), con el fin del período de las vacas gordas en los negocios que a todos hizo ganar alguito –como se decía con ironía y esperanza en 1989- y que pone un gran signo de interrogación sobre las bondades del “modelo”.

Sin embargo, ante la crisis permanente de las organizaciones políticas, la debilidad de los demócratas consecuentes –a quienes Lourdes Flores solía llamar decentes-, y la ausencia de un  grupo político hegemónico (ya se ha visto que resulta insuficiente la prédica de la infalibilidad del modelo económico), la volatilidad del voto ciudadano casi resulta natural (Datum registró que un 20% cambió de simpatías de enero a febrero). No es que haya un “electarado”, como a cierto plumífero facho gusta decir. Es verdad que hay falta de ciudadanos y falta de información; pero -básicamente- lo que tenemos es una oferta política mediocre por la que se cuela el oportunismo, la improvisación y la corrupción, que obligan al elector a desconfiar casi de todos. Los prudentes y sufridos electores buscan entonces una salida en medio de la oscuridad, tanteando, dando palos de ciego, más con emociones contenidas que con cálculo racional, sin perder la posibilidad de arriesgar.

Por otro lado, la rebeldía de los electores no es generalizable, porque depende de quién se trata. Una cosa es vivir en los cerros de Lima (2.8 millones lo hace allí, informa El Dominical del 28 de febrero) y apenas mirar titulares en los kioskos de diarios o escucharlos en la radio, y otra, tener el tiempo y el dinero para informarse. Una cosa es sobrevivir vendiendo en la calle o trepándose a los micros y otra, recibir puntualmente un sueldo a fin de mes. Una cosa es viajar apretado en un bus y otra, cómodo en un auto. Una cosa es saber de qué pie cojean los candidatos y otra, recibir los regalos que ofrecen sin mirar a quién, porque no se tiene para comprarse un polo en el verano. Pero no hay manera de igualar la miseria económica con un espíritu pedigüeño y borreguil. En eso fallan los dinosaurios viejos y nuevos que han acostumbrado a sus electores al clientelismo. No logran captar que la ciudadanía y la dignidad, la conciencia de la igualdad esencial de los seres humanos y la mentalidad crítica, se abren paso y están liberando a la gente de sus viejas cadenas.

En las siguientes semanas, mientras más secretos se conozcan gracias a la revolución de la información, los corruptos y oportunistas, los incapaces y los improvisados debieran entrar en cuarentena esperando el veredicto ciudadano. Ojalá que las mayorías no pierdan de vista el valioso tesoro que tienen en su voto y saquen las consecuencias de saber que ningún partido dispone de los 6,000 cuadros que se necesitan para conducir la nave del Estado, lo que obligará a determinadas alianzas que empiezan a tejerse debajo de la mesa electoral.