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Una publicación de la asociación SER

¡Cuídate, USA, de tu propia USA!

Por las calles de Austin el gris no solo es cuestión del clima. Entre las aulas, sin hablar, con una mirada a los compañeros, un gesto, un gris más hondo cala y en el espacio cae un aura de decepción. Pero, claro, este es un tipo de espacio, privilegiado como es necesario recordar, (y como algunos me recuerdan un espacio que semeja muchas veces una burbuja) y donde la diferencia, esa otredad tiene un lado positivo. Y ciertamente, como en otras ciudades del país, existen muros invisibles, territorios del dentro y fuera. Allí en calles aledañas a la Universidad, en bares o restaurantes, el cotidiano más “carnal” va cobrando otro matiz y se aclara, se confirma, que aquello que Trump representa (todo lo que ahora se enumera temer, desde el racismo al sexismo), crece en nuestras caras. Entonces el otro es desnudado en su minoridad.

No se trata de caer en un discurso generalizador que pretenda dividir a un país en buenos o en malos (tentación fácil de los opinólogos). Es más bien un intento, ciertamente aún precario, de explicar las razones de esa mayoría que llevo a Trump a la presidencia de USA. Un primer paso reconocerla, pero sin caer en ese criticismo que abunda en redes, repitiendo desde lo malo que puede ser este país, hasta lo previsible que era un triunfo así apelando al lado oscuro de América. Creo que ahora eso no basta (ni sus variaciones pierde tiempo del tipo “Qué distinto hubiera sido si…). Reconocer puede evitar que uno caiga también en “sacar cuerpo”, es decir, ese desentendernos del asunto, en renegar de quienes votaron por Trump y decir que esta América no es su país. Este acaso sea el peligro de las primeras pasiones, comprensible, pero que no debiera orientar un pensamiento crítico.

La pasión del momento podría resultar una forma de tapar el sol con un dedo, y aquí más bien cabría arriesgar por otros caminos. Un punto en el que pienso son los grados de responsabilidad por este resultado, pero no solo viendo el día de elección sino toda su genealogía. ¿En cuánta medida, aquellos que se esperanzaron en Clinton son también responsables de la historia? Uno no es inactivo ante procesos como este. Por esto, de un modo radical lo que esta votación muestra es que el modelo político democrático no funciona tal como ha venido ejecutándose, que las diferencias de otredad son más fuertes que las buenas intenciones, que hay un real sector de la población que decidió una elección no por fanatismo sino por un real modo de pensamiento frente al cual acaso no hicimos mucho (y no para instruir sino para comprender).

Puede listarse cómo la elección de Trump afectará la política nacional e internacional (desde el muro que prometió hasta los tratados que planteó ignorar). Pero por este cotidiano, por este hoy gris en que “jamás tanta cerca arremetió lo lejos”, hoy se hace carne el miedo del “otro” que no pertenece a un espacio privilegiado. Lo que hasta ayer podía acaso maquillarse bajo el sesgo de lo políticamente correcto podría ahora “ahondar” en su violencia. Se piensa, ¿y a costa de quiénes y cómo se va a sostener la implantación o el renacer del llamado “sueño americano”? 

Vuelve aquí el punto de la responsabilidad y de estrategias de resistencia que habría que inventar, pues tampoco, repito, se trata de dividir entre demócratas y republicanos. Si lo que ha estado en juego son modos de sentir y pensar, entonces, las mismas batallas habrán que darse micro-políticamente. Uno, quizá envueltos de nobles intenciones o desde espacios privilegiados, no se ha hecho lo suficientemente cargo de, por ejemplo, las ficciones del multiculturalismo del país. La política del buen vecino nunca desapareció y mucho menos su real base de segregación. Frente a ello se puede decir mucho, criticar, opinar, renegar, pero quizá ahora lo más necesario sea actuar, pero no, como diría Deleuze a niveles molares (o de superestructuras o institucionalmente) sino a nivel molecular (con nuestro propio cuerpo, nuestros hábitos).

Frente a dar la muerte, ¿cómo dar el don? Frente a la decepción y los apocalípticos que vienen saturando las redes, ¿cómo inventar en el cotidiano un principio de esperanza sin utopías? Si vuelvo a Vallejo (“Cuídate, España, de tu propia España”), es porque no sirve la dicotomía sino reconocer lo que en un propio país se tensa y se gesta. Trump es un lado de USA, no un monstruo inventado, pero a la vez tampoco representa al país. Por eso mismo, ni basta ahora el miedo, el repudio, como mucho menos la víctima o el indiferente. La historia afila su canto para despertar a quien pueda escucharla.

 ¡Cuídate de la víctima apesar suyo,

del verdugo apesar suyo

y del indiferente apesar suyo!