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Una publicación de la asociación SER

De tubos y aleros

Ahora que hay una tregua en las manifestaciones anti-Conga y han llegado las lluvias, podemos pensar en otros problemas. En este caso, en uno que es urbano: la imposibilidad que el peatón camine tranquilamente por las veredas de la ciudad. Aparte de las múltiples deficiencias de las veredas mismas ––irregulares, angostas, llenas de vendedores y resbalosas–– hay la incomodidad causada por los tubos y aleros, sobre todo de las nuevas construcciones.

Se ha dado la moda de construir con material noble y crear azoteas planas, donde la manera más barata de evacuar el agua es colocar tubos que producen chorros, no siempre tan limpios que digamos, que son como duchas que molestan a los peatones. Claro está, mayormente el agua cae en la calle, pero lo hace con tanta fuerza que salpica y moja a quienes caminan por las veredas; y si tu taxi para justo bajo un tubo recibes una ducha aplastante. En los días cuando no hay lluvia se puede mirar los edificios ––adefesios–– entubados y no hace falta mucha imaginación para pensar que se está observando un desfile de bestias prehistóricas con trompas amenazantes.

Cuando se trata de aleros, uno sólo tiene que mirar las fotos de la Cajamarca de antaño para darse cuenta de que los dueños de las casas de aquel entonces eran bastante más inteligentes que los de hoy. Ellos aseguraban que los aleros de sus casas cubrieran ampliamente las veredas, echando así el agua de la lluvia a la pista, para que el peatón pudiese caminar tranquilamente por la vereda sin mojarse. Hoy, muchos edificios no tienen alero alguno, mientras que los que lo tienen producen las incomodidades mencionadas.

Todo esto me hace pensar que el señor alcalde y sus regidores no caminan por las calles cajamarquinas. Seguramente me dirán que hay reglamentos para normar las construcciones nuevas y que, entre otras cosas, los tubos están prohibidos; pero estos reglamentos deben estar perdidos al fondo de un archivador en el municipio. También sé por experiencia, cuán engorroso es tratar de sacar un permiso para construir, con el resultado que al final, uno hace caso omiso a los reglamentos y construye como puede, según el gusto, el capricho y el bolsillo. El resultado es la ciudad caótica e incómoda que ahora tenemos.

Mi recomendación es que el señor alcalde y su concejo salgan del Qhapac Ñan ––complejo que merece un comentario aparte–– y que den unas cuantas vueltas por las calles cajamarquinas en plena lluvia.