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Una publicación de la asociación SER
Nacido en Chanchamayo. Estudió Ciencia Política en la Universidad de San Marcos y Periodismo en la Universidad Jaime Bausate y Meza. Es consultor y editor.

Del suicidio de Alan García a la agonía del APRA

Foto: Diario Correo

Cuando a inicios de los años ochenta, un treintañero impetuoso y elocuente despuntaba de las bases del Partido Aprista Peruano nadie imaginó el rol protagónico que este cumpliría en su partido ni tampoco en el país. El joven abogado Alan García Pérez, uno de los discípulos predilectos del fundador del APRA Víctor Raúl Haya de la Torre, salió a la palestra como un digno representante de aquella juventud de sueños y de acción que tantas veces reclamó el maestro aprista a lo largo de su vida.

Tras la muerte de Haya, el partido de la estrella sufrió una tremenda crisis. De un liderazgo incuestionable a la formación de facciones, el APRA tuvo que afrontar en ese contexto las elecciones generales de 1980; y por supuesto, perdió. Pero desde la Cámara de Diputados, Alan García destacaba en los debates, esgrimía críticas al gobierno del arquitecto Fernando Belaunde y confrontaba con rigor a los ministros de Estado. Bastaron esos cinco años en el Parlamento para que en las elecciones presidenciales de 1985, García, con 36 años de edad, fuera electo presidente del Perú.

El aprista ganó las elecciones luego de la declinación de su contrincante Alfonso Barrantes en la segunda vuelta. García tuvo una gestión marcada por el terrorismo, la escasez de productos, la hiperinflación y la crisis económica; sin embargo, su liderazgo en el partido iba en aumento, puesto que se trataba de la primera vez que el APRA llegaba al poder. Con su característico modo vertical de «liderar», el presidente Alan García convocó a los apristas antiguos y a los de su generación para que participen en su gobierno, logrando una mayoritaria aprobación de sus correligionarios y, prácticamente, los líderes históricos del APRA, los compañeros de victorias y derrotas del mismísimo Haya de la Torre, fueron apartándose de la dirigencia partidaria. La figura destellante de Alan García adelantó la jubilación de los líderes históricos del partido de la estrella.

A inicios de los noventa, el APRA se mantuvo a flote a pesar de la mala gestión aprista, tanto así que en la elección que ganó Alberto Fujimori, el candidato aprista Luis Alva Castro obtuvo el 22.5% de voto válidos quedando en tercer lugar. Tras el autogolpe de Estado fujimontesinista, Alan García se convirtió en un perseguido político, el APRA no participó en el Congreso Constituyente Democrático de 1993 y algunos partidarios de la estrella, contra todo pronóstico, apoyaron las reformas políticas y económicas de Fujimori. Con García fuera del Perú y el partido sin una participación activa en la vida pública, el APRA desapareció del mapa político del país logrando sólo un 4% de votos válidos en las elecciones presidenciales de 1995 con su candidata Mercedes Cabanillas. Durante esta década ningún dirigente, ni siquiera por asomo, logró convocar a la masa aprista, ni liderar la oposición frente al gobierno autocrático de Fujimori: nadie pudo ocupar en el APRA el lugar de Alan García.

Con la caída del régimen dictatorial de Fujimori en el 2000, el presidente Valentín Paniagua convocó a elecciones generales para el siguiente año; y, para júbilo de los apristas, Alan García Pérez retornó al país para ser el candidato del APRA, casi visto como un «prócer», vino a salvar al partido de la extinción, y con una participación estratégica llegó a pasar a la segunda vuelta perdiendo, finalmente, contra Alejandro Toledo. García logró, transcurridos once años de finalizado su discutido gobierno, que el electorado, no sólo aprista, votara por él alcanzando un 48% de votos válidos. Cinco años después, García Pérez ganó las elecciones presidenciales a Ollanta Humala, llevando por segunda vez al APRA al poder y, con esto, su liderazgo en el partido fue incuestionable como lo fue el de Víctor Raúl Haya de la Torre; es más, solo ellos dos, ostentaron el título de «jefe» en la organización política.

En su segunda gestión, García priorizó las cifras macroeconómicas, el Perú creció porcentualmente en inversiones y proyectos, se redujeron las brechas de pobreza y la clase media se amplió. Para los apristas se trataba de una reivindicación histórica, como tantas veces lo dijo el propio García: «la historia me juzgará». Sin embargo, para lograr esa oportunidad y haber postulado a la presidencia de la República en el 2001 y el 2006, García Pérez tuvo que cerrar filas y mantener una cúpula dirigencial en el partido que fue formándose en los noventa y fortaleciéndose en la primera década del siglo XXI. Aquella cúpula que le permitió postular nuevamente en el 2016, es la misma que proclamaba los logros de su segunda gestión, y que lo sigue defendiendo hoy. Si bien esta cúpula se mantiene durante décadas, nunca ninguno de sus integrantes pudo despuntar con intenciones políticas fuera del partido más que la de seguir siendo congresista de la República. Dentro del partido, la cúpula de Alan García se encargó de conservar las cosas iguales, ni la doctrina, ni la organización se movieron. Esta era un cúpula funcional a los interés políticos, y, en estos últimos meses, judiciales de Alan García Pérez. Una cúpula que hizo que el APRA perdiera, por los menos, dos generaciones de nuevas figuras políticas.

Alan García y su cúpula olvidaron los preceptos sobre la juventud de Haya de la Torre, nunca buscaron consolidar bases partidarias, ni capacitar a jóvenes valores para la política. Al contrario, cuando veían que alguien se estaba ganando la simpatía electoral como el caso de Mercedes Araoz en las presidenciales del 2011 y de Enrique Cornejo en la municipales de Lima en el 2014, rápidamente los hostigaban para que renuncien, una a la candidatura, y el otro al partido político. Finalmente cuando le convenía, García retomaba sus actividades partidarias en la Casa del Pueblo y se autoproclamaba la mayor fuerza opositora del gobierno, para luego señalar que por tal motivo estaba siendo perseguido desde la Fiscalía y el Poder Judicial.

Un partido político sin renovación está condenado a la impopularidad. El APRA dejó de ser el partido de masas y de bases sólidas, sobre todo, en el norte del país; y, a pesar de esta evidente crisis que viene durando años, la cúpula no busca remediarla ni mitigarla, más bien mantiene esta situación, ya que los mantiene a ellos en la alta dirigencia. Tras el lamentable suicidio de Alan García, la cúpula parece que continuará con lo mismo hasta que termine el ciclo congresal donde inevitablemente no podrán postular para una relección. Las generaciones perdidas vieron expectantes su oportunidad truncada, y si bien, la arenga tenga algo verdad… el APRA nunca muere, pero sí agoniza.

Se tenía que decir, y se dijo.