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Una publicación de la asociación SER
Antropólogo con maestría en ciencia política.

“Democracia sin partidos, partidos sin democracia”

La frase que empleo como título de esta columna se la escuché a la jueza María Bellido, en un reciente evento de debate sobre la reforma política realizado en Arequipa. Me parece una descripción muy oportuna de la realidad actual que la reforma política intenta transformar. Veamos.

Hay consenso entre los politólogos que la democracia peruana no está asentada en un sistema de partidos políticos. El universo partidario existente a fines del siglo pasado colapsó en los noventa, durante el gobierno autoritario de Fujimori, y desde entonces no ha logrado recuperar su primacía.

Algunos partidos sobrevivieron a esta crisis, pero tanto en la escena nacional como en la regional, son constantemente superados por movimientos independientes, líderes carismáticos inesperados y toda laya de aventureros de la política. Proliferan, por tanto, organizaciones políticas frágiles, usualmente denominadas “vientres de alquiler”, “partidos combi”, “partidos cascarón”, “partidos hongo”, entre otras que dan cuenta del carácter inorgánico de nuestro sistema político. No tenemos, pues, una democracia de partidos.

Para colmo de males, la democracia es una práctica bastante ausente en la dinámica interna de los 24 partidos con inscripción vigente. Esta afirmación se hace patente en la forma en que se eligen candidatos y candidatas para postular a cargos de elección popular. La ley admite tres formas de hacerlo: primarias abiertas (afiliados y ciudadanos), primarias cerradas (fórmula conocida como “un militante, un voto”) y asamblea de delegados. Las dos primeras modalidades son apenas empleadas. La tercera es la preferida por los partidos. Para muestra un botón: 118 de los 130 congresistas electos para el período 2016-2021, fueron elegidos mediante esta modalidad.

Estas asambleas de delegados enfrentan al menos dos problemas. En primer lugar, son manejadas por la cúpula partidaria, o alguna fracción de ella, que define cuántos y quiénes pueden ser delegados. En segundo lugar, como la mayor parte de estas organizaciones no tienen presencia territorial más allá de Lima, dichas asambleas resultan ser apenas una entelequia. En la práctica, los militantes tienen muy poco espacio para participar en decisiones sobre la marcha de sus respectivos partidos, las cuales son adoptadas por las cúpulas. La práctica común, por tanto, es la de partidos sin (o con muy poca) democracia.

Frente a esta situación, la Comisión de Alto Nivel para la Reforma Política ha planteado la necesidad de democratizar la dinámica interna de los partidos, centrando su mirada sobre los mecanismos de selección de candidaturas. Su propuesta privilegia la realización de primarias abiertas, simultáneas y obligatorias, las cuales deben ser organizadas por los organismos electorales (no por los propios partidos). Esta alternativa devuelve a los militantes –e incluye a la ciudadanía- en una de las decisiones más importantes de la dinámica de todo partido.

Junto con lo anterior, la Comisión establece que los partidos políticos deben obtener en las primarias una votación no menor al 1.5% de los electores que sufragaron en las últimas elecciones nacionales (esto es, algo más de 280 mil votantes). En caso de no alcanzar dicho apoyo, el partido no podrá participar en elecciones. Esta medida tiene el efecto de reducir el número de partidos admitidos en la contienda electoral, lo cual tendría un efecto positivo: el sinceramiento de nuestra competencia política.

La mayor parte de partidos políticos con representación en el Congreso han expresado su oposición a la propuesta planteada por el Ejecutivo. Prefieren mantener el statu quo con las características negativas antes enunciadas. Y argumentan señalando que ni organismos electorales, ni expertos ni ciudadanos pueden entrometerse en decisiones que –según su opinión- solo le competen a los propios partidos y sus afiliados.

Este argumento, sin embargo, es un sinsentido. Se han mostrado suficientemente las consecuencias negativas de mantener las cosas como están, y al mismo tiempo no ha surgido de las propias organizaciones políticas alternativas para superar tan notorias deficiencias. Frente a estas apuestas -que insisten en mantener partidos sin democracia en una democracia sin partidos- es absolutamente necesario insistir en la reforma del sistema de elección de candidatos en las organizaciones políticas. Más democracia nunca hace daño.

 

Twitter: @RivasJairo