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Una publicación de la asociación SER
Socióloga, analista política y de género.

Deporte, desarrollo humano y reconocimiento

Hace unos días, vi la foto de un mural que me llamó la atención: Era Inés Melchor, apenas una niña, vestida con ropa de deporte. Debajo del nombre se lee: “Atleta huancavelicana”. Probablemente, el mural fue pintado en una calle de Huancavelica o de Huancayo. No lo sé bien, pero sí estoy segura de que ese mural expresaba un orgullo nuevo. Orgullo porque esa deportista, con todas las condiciones en contra, viene obteniendo importantes logros deportivos a nivel internacional.

Esto podría parecer una anécdota más, un esfuerzo heroico aislado, de no ser porque en los últimos años ha ido acompañado de otros éxitos en las carreras de fondo, con deportistas de los mismos Andes centrales. Algunos datos: Este año, aparte de los logros de Inés Melchor, como la victoria en la maratón de Santiago y los diez mil metros en el Sudamericano de Lima, o en la misma distancia, en el Payton Jordan (California), otros atletas asoman con importantes resultados. Galdys Tejeda, huancaína, (8K) y la juvenil Saida Meneses (5K), huancavelicana, lograron medallas de oro en el último Panamericano de Cross Country en Barranquilla, sumando nuevas expectativas de podio en los próximos Panamericanos de Toronto.  Además, apenas unos meses antes (octubre de 2014), Raúl Machacuay y Cynthia Páucar, ambos huancaínos, ganaron la media maratón Waterfront de Toronto.  El paisano de estos, Willy Canchanya, quedó segundo en esa competencia, y ganó, en abril último, los cinco mil metros del Grand Prix de Santiago de Chile, lo que también le ha permitido acceder a la cita del próximo Panamericano. Igualmente, otro huancaíno, el marchista Pavel Chihuán, irá al mismo evento, al haber quedado primero en el Sudamericano de Lima, en los 20 K. Y, proveniente de otro pueblo altoandino, más al sur (Uchuraccay, Ayacucho), Aydée Soto ganó, en marzo pasado, la ultamaratón de Menorca (España).

Estos son algunos nombres y sus importantes logros en pocos meses. Unos logros que, solamente considerando la escasez de triunfos deportivos a nivel internacional por parte del Perú, ya merecerían una atención especial.

Una vez, en la cancha deportiva de mi colegio, el padre Gastón Garatea dijo algo así a unos chicos que entrenábamos: “En el Perú, una medalla olímpica equivale a cincuenta”.  La cadena de desventajas, desde la alimentación, la falta de recursos del Estado, de sus familias, todo apuntaba al fracaso. 

Y resulta que de la región más pobre del país, Huancavelica, y de otras zonas altoandinas, vienen surgiendo estos deportistas de élite. La mayoría, provenientes de familias muy humildes.

Aparte del mérito y legítimo orgullo de quienes alcanzan tamaños éxitos desde la mayor adversidad, hay más razones para llamar la atenciónsobre estos logros.

En primer lugar, porque, así como la gastronomía nos ha permitido mirarnos un poco más entre nosotros (productores, cocineros, comensales), estas historias nos han llamado la atención sobre esta gente de éxito, surgida de y en parte gracias a una geografía muy andina, que permite unas ventajas especiales para deportistas de carreras de fondo. Lo sabíamos hace mucho tiempo, pero a nadie parecía importarle mucho.

En un país con tantas desigualdades históricas y discriminaciones superpuestas (andino, indígena), las imágenes de estos nuevos héroes y heroínas se vienen imponiendo en las redes, en las radios, e incluso en los medios más conservadores de la prensa limeña. Hasta “Cosas” se animó a hacer un reportaje especial a Inés Melchor, luego de un “apanado” en las redes a “Hola  Perú” y “El Comercio”, por sus sesgos discriminadores, al excluir (el primero) o relegar visiblemente (el segundo) a Inés y Gladys Tejeda en la selección de fotos de los (pocos) medallistas peruanos de los Juegos Bolivarianos 2013 (habiendo obtenido aquella dos de oro).Juegos simbólicos, banales algunos, pero sumados a otros, van forzando algunos cambios en nuestras percepciones como colectivo. Nos reconocemos un poco más.

Y en esa “parte” que es exitosa, escuchar a Inés Melchor hablando con la seriedad de una profesional de élite a sus pocos años, pero desde la experiencia de quien sabe lo que le ha costado cada paso, rompe con la imagen derrotista y grosera de las paisanas Jacinta. 

En segundo lugar, estos triunfos deben llevarnos a una reflexión sobre el Estado, el deporte y el desarrollo humano: El deporte ayuda a formar ciudadanos. Los prepara para vivir y estudiar más sanamente, les enseña a cuidar mejor el cuerpo y la mente. A quienes lo practican, les enseña una disciplina. De ahí el término que define cada especialidad. Pero, además, ayuda a mejorar el desempeño colectivo. Miremos sino el caso de las bicicletas en ciudades como Lima. El hecho que se empiece a diseñar una articulación más en serio entre circuitos ciclísticos y las rutas de transporte urbano estimulará su uso, con lo que ello conlleva en términos de menos contaminación y mejor convivencia en las calles.

Hay que reconocer, de todos modos, que estas victorias se deben a una decisión de políticas públicas, iniciada hace pocos años: La de crear centros de alto rendimiento en ciudades como Huancayo, Cusco y Arequipa. Sin embargo, pronto esta iniciativa chocó con las limitaciones de un modelo de Estado que no invierte suficientemente en desarrollo social, menos en un aspecto “no productivo” como el deporte. Y problema es que, llegado al punto de las competencias de élite, sólo es aceptable dar las mejores condiciones. Los presupuestos limitados, a pesar de los esfuerzos de los técnicos y miembros de la Federación Peruana de Atletismo y del IPD, no son suficientes y, al parecer, se expresan en permanentes tensiones. Más de una vez, Inés Melchor ha manifestado su indignación por carencias que, en el nivel en que se encuentra, resultan inadmisibles.

Y, sin embargo, el deporte es también una poderosa “marca” país. Es una inversión que, como hemos señalado, al Perú le reporta diversos beneficios. Ojalá empiece a verse de esa manera.