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Una publicación de la asociación SER
Analista en el Centro Latino Americano de Ecología Social- CLAES. @EGudynas

Desaprobación del Congreso: cuando el vacío político afecta a los sectores populares, el riesgo es el regreso del caudillismo

Una reciente encuesta arrojó un alarmante resultado: el 84% de los consultados desaprueba al Congreso, y un 70% apoya su clausura. Anteriores evaluaciones mostraban lo mismo; en 2018 sólo el 8 % de los consultados tenía confianza en el parlamento y ese era el peor registro de toda América Latina[1]

Esos indicadores son escandalosos porque reflejan un enorme descreimiento en uno de los espacios claves para sostener una democracia, como es el legislativo. Pero es todavía más impactante que no se hayan desencadenado enérgicas reacciones para recuperar la confianza, sino que muchos lo sigan tomando con la indiferencia que genera lo ya conocido y repetido.

Es cierto que la crisis política es grave, e incluso más seria de lo que se admite. En el contexto de América Latina le sigue al derrumbe de Venezuela. Es más severa que la de Brasil bajo la regresión de Jair Bolsonaro o que la que resulta de los descalabros económicos de Mauricio Macri en Argentina. Por momentos parecería que se pierden esas escalas porque todo sucede lentamente, y tampoco es muy distinto de lo ocurrido en décadas pasadas.

En Perú se han sucedido hechos como en ninguna otra nación sudamericana, con los últimos presidentes bajo procesos judiciales, encarcelados unos, y otro que apeló al suicidio para no enfrentar a la justicia; y partidos políticos o coaliciones que parecen licuados por una mezcla de ineptitud y corrupción. Un congreso cruzado por denuncias y un poder judicial enquistado por varias redes de corrupción. Es como si toda la institucionalidad política básica que sostiene al Estado, el ejecutivo, el legislativo y el judicial, está resquebrajada.

Si se atendiera el pedido de esa mayoría de clausurar el Congreso, ninguno de estos problemas se resolverían. Menos aún todas las deudas que hay en justicia social y ecológica. Cuando se mira a los países vecinos se observa que dinamitar la institucionalidad legislativa es como llamar a gritos a un nuevo caudillo que prometa salvar a todos y limpiar la política. Eso ocurrió en Brasil y es uno de los factores que explica la irrupción de la extrema derecha de Jair Bolsonaro. ¿Quieren los peruanos imitar ese cambio?

No debe dejar de advertirse que cuando la política se vuelve enana, y los espacios que debían ser plurales y legítimos terminan engullidos por el descrédito, el vacío que dejan nunca perdura, y tarde o temprano alguien lo llenará. El peligro es que ello desemboque en un nuevo ciclo de caudillismo que deteriore más la democracia. Los síntomas están presentes en Perú, donde solo un poco más de la mitad de los consultados defienden a la democracia como el mejor sistema de gobierno (53% - el antepenúltimo registro más bajo en América Latina) y apenas el 11 % está satisfecho con ella (el segundo peor registro en el continente, después de Brasil con 9 %) (veasé Latinobarómetro[2].

Ninguna de estas cuestiones son nuevas, ya que la debilidad democrática tiene una larga historia. Justamente los períodos de crisis son favorables para un caudillo mesiánico, decía Alberto Flores Galindo hace más de 30 años. Su análisis reviste todavía vigencia cuando alerta que el caudillismo, militar o civil, “nunca ha sido democrático”[3]

Claro que la situación del siglo XXI muestra que el individuo que se presenta como caudillo nunca está solo. Por detrás de ellos hay grupos que buscan el poder, sea en beneficio propio, especialmente interesados en ventajas económicas, o como medio para convertir sus mesianismos en certezas políticas que no deben ser discutidas, o finalmente como una combinación de ambas posiciones como ocurre con frecuencia. El continente está repleto de presidencias caudillistas que favorecían grupos económicos específicos o que cartelizaban obras públicas, y en paralelo apelaban a controlar, espiar y hasta anular a la oposición política. Dicho de otro modo, siempre hay agrupamientos antidemocráticos que están buscando su “propio” caudillo para usarlo como medio para hacerse del poder.

Esta desconfianza en el poder legislativo debe preocupar en especial a los sectores populares, campesinos e indígenas. Sin duda ellos han sido los más golpeados por la mala política, pero a la vez son los que más la necesitan. No deberían contribuir a erosionar ese espacio, sino a reconstruirlo, a refortalecerlo. Bajo una política sana, ellos podrían tener sus propios representantes, hacer escuchar sus voces, participar o directamente generar aportes normativos específicos para sus necesidades. Sin duda hay ejemplos de otros países con legisladores impresentables, pero hay otros, sean senadores o diputados, que a lo largo de años han contribuido a mejorar las legislaciones nacionales o que efectivamente han fiscalizados al poder ejecutivo o el judicial.

No contar con un legislativo sano y eficiente solo empeora la situación, y en especial para las minorías rurales. Hay ejemplos de ello en Perú, ya que ese colapso legislativo ha hecho que en los conflictos casi todo termine recalando en negociaciones entre las comunidades locales y enormes corporaciones. Esto tiene una serie de implicancias que debilita la democracia. Son escandalosamente asimétricas: de un lado los comuneros y del otro enormes corporaciones económicas. Como los legisladores son marginales, aparece el gobierno central, que no es raro que oficie como un respaldo de esas empresas. Se avanza caso a caso, en luchas desarticuladas a lo largo y ancho del territorio nacional, y por ello no hay casi aprendizajes ni se generan marcos normativos para todo el país. Y como son negociaciones, casi todo termina ensimismado en discutir las compensaciones económicas, o sea, de política allí hay muy poco.

Ciertamente existen muchas razones que explican cómo se llegó a esta situación de descrédito del legislativo. Pero es necesario en algún momento reaccionar, y entender que esos espacios y esos roles son necesarios para la democracia y especialmente para las comunidades locales. Haber impedido la re-elección de legisladores ha sido un error, ya que se trunca el aprendizaje legislativo, el fortalecimiento de bancadas y con ello de estructuras político partidarias.

Se vuelve necesario buscar una solución para recuperar la confianza en la política, y en los ámbitos plurales, deliberativos y representativos. La solución no está en clausurar al Congreso sino en reformular y reconstruir al poder legislativo. En esto también sigue siendo muy vigente “Tito” Flores Galindo: “Democratizar el Perú significaría construir otro tipo de relaciones sociales y otra forma de organizar el poder. La democracia exige la revolución social”. Y finaliza: “La crisis, como la que estamos padeciendo, no son únicamente ocasiones para el desaliento; también permiten ampliar las perspectivas y buscar nuevos caminos”.

 

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[1]  Encuesta IEP: El 84% desaprueba al congreso y el 70% apoya que se cierre, D. Pereda, 28 abril 2019, La República, https://larepublica.pe/politica/1458346-84-desaprueba-congreso-70-apoya-cierre

[2]   Informe 2018, Corporación Latinobarómetro, Santiago de Chile, 2018.

[3]   La tradición autoritaria, violencia y democracia en el Perú, en: Los rostros de la plebe, Crítica, Barcelona, 2001.