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Una publicación de la asociación SER
Poeta y periodista

¿Dónde nos deja el suicidio de Alan García?

Todo suicidio, por supuesto, deja tras de sí más preguntas que respuestas. Su significado permanecerá para siempre abrumadoramente incompleto y entenderlo será para los deudos tanto una urgencia inaplazable como una imposibilidad fundamental. El cierre de nuestros diálogos —aquello que nos hace humanos— se vuelve definitivo, y el suicida se hunde sin retorno en un silencio brutal. Todo suicidio es un misterio irresoluble que sin embargo nos sentimos obligados a resolver, y quizá sea esa su más profunda e intratable tristeza.

Es evidente además que se trata siempre de un acto singular y distinto, casi imposible de tipificar. Un acto tan radical no puede ser el resultado de causas lineales y motivaciones simples. Debe tener sus raíces en un entramado complejo de impulsos, percepciones, procesos emocionales y cognitivos, y circunstancias tanto internas como externas (si tal cesura es posible en una situación así).

Aunque resulte paradójico, hay ocasiones en las que la voluntad de acabar con la propia vida no procede necesariamente de una disolución o fragmentación psíquica de la persona, sino que es más bien un mecanismo de defensa ante esa amenaza. Lo que opera en esos casos es un intento de proteger la integridad de las representaciones subjetivas que la persona tiene de sí misma, de salvarlas ante una inminente crisis. Se trata, para decirlo en pocas y quizá imprecisas palabras, de un acto de afirmación narcisista.

Que tales intentos de salvación se expresen a través de una conducta eminentemente destructiva no debe sorprender a nadie: eso nos sucede con frecuencia a los seres humanos en circunstancias mucho menos extremas.

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Para cierto tipo de individuos, la única posibilidad de salvar un personaje autoconstruido que se percibe a sí mismo o se idealiza como omnipotente es destruyéndolo, pues en una mente estructurada de esa forma —seré simplista— uno mismo y la realidad tienden a aparecer como un único objeto, y eliminar el uno es eliminar el otro. No es difícil ver que se trata, en el espejo tergiversado de una mente en crisis, de un ejercicio de manipulación y control. Es un acto de renovado dominio sobre el mundo y sobre los demás. Es una afirmación del poder propio ante la amenaza inminente de su pérdida, llevada a sus más radicales consecuencias.

En el caso de Alan García, las anteriores quizá no sean meras especulaciones. Hay evidencias. A nadie que conozca su trayectoria y tenga alguna familiaridad con su persona pública le resultará descabellado atribuirle aquel deseo de ejercer dominio y afirmar poder, o la obtención de un gozo psíquico profundo a través de tales mecanismos. Además, el propio García nos dijo que es de eso de lo que se trata, en la carta que dejó escrita en anticipación de su suicidio.

Esa carta es muchas cosas, pero sobre todo es sintomática. La palabra poder aparece en la primera oración de su primer párrafo y reaparece en la primera oración del segundo. En el primer párrafo, dice de sí mismo: cumplí (es la primera palabra de la carta). En el segundo dice: derroté a mis adversarios.

En el cuarto párrafo afirma que sus enemigos le rindieron homenaje al reconocer su gran inteligencia. En el quinto, desestimando las acusaciones en su contra, no se describe como inocente u honesto (palabras que no figuran en la carta); prefiere hablarnos de su orgullo.

En el sexto párrafo, tras reafirmar una autopercepción inflada y omnipotente (alcanzadas las metas que otros países o gobiernos no han logrado”), define la administración de justicia como una afrenta personal (“…no tengo por qué aceptar vejámenes”) y pasa a establecer su singularidad como individuo a la vez que se coloca por encima de las leyes y los límites que a otros sí nos constriñen: “He visto a otros desfilar esposados, guardando su miserable existencia, pero Alan García no tiene por qué sufrir esas injusticias y circos”.

Finalmente, transforma su inminente derrota judicial en un triunfo absoluto de la soberbia: “[dejo] mi cadáver, como una muestra de mi desprecio hacia mis adversarios, porque ya cumplí la misión que me impuse.

Mi cadáver, mi desprecio, mis adversarios, la misión que me impuse. No es posible leer el mensaje final de Alan García como otra cosa que una afirmación imperativa de su persona; el autor, con sus más elementales decisiones sintácticas, se asegura de ello. Es claro: se trata de una reconstitución del poder propio en el momento de su máxima crisis, un ejercicio de domino sobre el mundo y los demás, un último acto de control y manipulación por parte de un individuo para quien manipular y controlar quizá fueran —las evidencias así lo sugieren— parte fundante y necesaria del sentido de estar vivo.

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¿Tendrá éxito Alan García en este último acto suyo? ¿Logrará manipular y controlar lo que suceda con la historia de su paso por el mundo, la mirada que ejerzamos sobre ella, las palabras que utilicemos para relatarla? Intuyo que la respuesta es no. Para que su gambito sea exitoso tendría que ser cierta la fantasía de su omnipotencia: la realidad tendría que desaparecer con la desaparición de su persona, y eso no ocurrirá.

El partido político en ruinas que Alan García deja tras de sí seguirá en esa condición por mucho tiempo, y al menos en el corto plazo, conforme se acentúen las disputas por llenar el vacío de su liderazgo, el envilecimiento de la cúpula del APRA solo se profundizará.

Sus cómplices, sus defensores y sus protectores seguirán siendo la mafia menor que son ahora, sobreviviente solo en virtud de sus alianzas con otras mafias, y cuando estas se quiebren (proceso que ya ha empezado) se quebrarán ellos también.

Más aun, muchos operadores del círculo que rodeó a García desde su primer gobierno están tan cerca de la derrota judicial como lo estuvo él, y en el mediano plazo se sabrá sobre su oscura historia mucho más de lo que se sabe hoy. Eso es inevitable.

Hay que decir sin embargo que mucho depende de nosotros, los ciudadanos del país sobre el que Alan García ejerció su poder, aquellos cuya percepción ha querido manipular y controlar con su suicidio, aquellos a quienes lega su cadáver como una muestra de desprecio, como un insulto final.

La tarea es simple: no aceptar el obsequio ni el insulto. Contra su afirmación narcisista, debemos responder afirmando la realidad de la que ha huido. Esa realidad en la que Alan García presidió sobre un gobierno abismalmente corrupto y criminal, escapó del país para solo retornar cuando sus delitos habían prescrito, y gobernó una vez más con redoblado espíritu de venalidad y latrocinio. Esa realidad en la que Alan García se escabulló de la justicia durante décadas debido únicamente a la perversión de las instituciones peruanas (que él mismo promovió con astucia y denuedo), y permaneció libre gracias a los fiscales, jueces y parlamentarios corruptos que por muchos años taparon su miseria.

Esa realidad, en suma, en la que sus responsabilidades históricas, políticas y criminales habían llegado finalmente a tocarle la puerta, y ya solo le quedó una manera de borrarlas.

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Pero hay que decir también que en estos días, al menos en lo que respecta a nuestros discursos públicos y mediáticos, en buena medida hemos fallado.

La prensa peruana ha cedido vergonzosamente a la fácil tentación de la hagiografía, e incluso ha permitido sin mayor comentario la expresión de un absurdo revanchismo y acusaciones delirantes contra el aparato judicial y los órganos de la lucha anticorrupción, con la endeble excusa de “respetar el duelo” de familiares y partidarios.

Entre tanto, amplios sectores de nuestra clase política —de la que bastante poco cabe esperar— se han sumado a un homenaje sin fundamento y sin razón, apasionado en sus tergiversaciones, innecesario en su vacuidad. Hasta hemos llegado a escuchar voces prestigiosas y supuestamente neutrales de la esfera pública reclamando que dejemos de debatir y analizar las acusaciones que pesan contra Alan García, pues continuar haciéndolo “ya no tiene sentido” una vez que el personaje se autoeliminó.

No se me ocurre una mayor claudicación que esta última ante la voluntad de dominio con la que el expresidente se despidió del Perú. Nos toca a los ciudadanos impedir que eso siga, pues está claro que nuestra prensa y nuestros políticos no lo harán. Nos toca no cederles ni a Alan García ni a aquellas voces, que hoy son la suya, el control de nuestra historia.