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Una publicación de la asociación SER
Poeta y periodista

Dos formas de entender la política

En mi opinión, la alianza de Nuevo Perú con Perú Libre y Juntos por el Perú es un serio error político, ideológico y ético. También creo que le puede costar muy caro al liderazgo de Verónika Mendoza, algo que me apena sinceramente porque se trata de un liderazgo legítimo y valioso, cuyas posibilidades de abrirle nuevos espacios a la enflaquecida izquierda peruana habían sido hasta ahora reales (y, para mí, esperanzadoras).

Pero más allá de esa discusión, en el sainete de estos días parece estarse escenificando una brecha entre dos formas quizás irreconciliables de entender y ejercer la política, y reflexionar un poco sobre ellas puede ser fructífero.

Una, a la que estamos muy acostumbrados (y que una abundante dedicación a las redes sociales incentiva sin pausa), es la performance individual de posicionamientos, posturas y declaraciones. Desde esa perspectiva, entramos al terreno para poner en escena nuestras afiliaciones, afirmando un ser siempre personalizado (aunque se exprese con nombres colectivos) y siempre anterior a la política propiamente dicha: yo soy esto y mi representante es tal o cual. Aquí, lo que cada figura pública representa no es una ideología o una práctica, sino una ontología: un ser predeterminado con el cual su audiencia se identifica y se alinea. En nuestros tiempos, el punto de partida de ese alineamiento es sobre todo moral, a veces social, escasamente ideológico, casi nunca político; la política no tiene realmente contenidos propios, y a ella se llega desde esos otros territorios significativos.

La otra, que hoy nos suena anacrónica pero no tendría por qué serlo (su aparente anacronismo no es nada más que un signo de la hegemonía del capital en el mundo contemporáneo), se mueve en la dirección contraria: privilegia la política en sí misma y se sabe capaz de negociar, al menos hasta cierto punto, esos otros posicionamientos y afirmaciones individuales en la prosecución de un objetivo de poder. Esto con frecuencia requiere la construcción o el apuntalamiento de estructuras organizativas —partidos, vamos; frentes como mínimo— por encima de la performance personal, y el primer objetivo del liderazgo no es tanto la representación de las identidades de su audiencia, sino la comunicación con los militantes y los miembros del aparato, en la forma de lo que hace ya demasiado tiempo conocíamos como dar línea. Aquí, el alineamiento no es nunca pre-político ni se desplaza a otros campos de significación, sino que sucede y se renueva en la práctica misma.

El valor que con frecuencia se le asigna hoy a lo primero (“identidad personal”) y los juicios negativos que se suelen hacer sobre lo segundo (“objetivo de poder”) son señales, sin duda, de la extrema individuación de lo contemporáneo. En esta época, estar en el mundo se entiende como la continua presentación y afirmación de identidades o la adopción de personajes para consumo público; una performance de la moral personal con frecuencia sustituye a la moral misma y se postula como suficiente para la lucha política.

Dije antes que estas dos formas de entender y ejercer la política quizás sean irreconciliables. Ese “quizás” es importante. Tal vez de lo que se trata —no me pregunten ahora mismo cómo— es de encontrar o construir el puente que las una.