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Una publicación de la asociación SER
Historiador

Efraín Jesús Trelles Aréstegui (1953-2018), historiador [Parte III]

El historiador Efraín Trelles falleció el 1ro de abril último.  El pasado 28 de mayo habría cumplido 65 años.  Sigue a continuación un texto suyo que nos muestra su calidad como investigador y narrador del pasado andino.

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[SOBRE EL TESTAMENTO DE LUCAS MARTÍNEZ]

“La última voluntad de un individuo de relieve histórico ha despertado siempre el interés de los historiadores, esperanzados en encontrar en diversos tipos de testamento la a veces esquiva configuración de los hombres y mujeres de ayer y su horizonte mental.  Hay por igual testamentos de ilustres y nobles elementos de la élite nativa local --sean curacas de abolengo o placeras de reciente éxito-- o la última voluntad de conquistadores que van del propio Francisco Pizarro hasta las notables expresiones de angustia premortuoria de aquellos afligidos por el remordimiento lascasiano.  El testamento que hoy publicamos por primera vez en su integridad, el del conquistador y encomendero Lucas Martínez Vegazo, fue expuesto por primera vez a la atención pública precisamente con ocasión del pulido trabajo de Guillermo Lohmann Villena (1966) sobre la manifiesta voluntad de restitución mostrada por los españoles del XVI intermedio.

“Con el correr de los años, ha sido posible conocer de manera más cabal la vida y circunstancias de Martínez Vegazo: ese mozo que se vino a capturar al Inca a los 19 años, que premunido de una sustanciosa encomienda y elevados repartos de oro y plata amasó una pequeña fortuna y la movió dispendiosamente en empresas mineras, compra de esclavos, construcción de barcos o auxilios espectaculares a expediciones en aprietos.  Hoy sabemos de un Martínez Vegazo que casi siempre compraba al crédito y prestaba dinero a interés preferencial, que cobraba el tributo de su encomienda a cabalidad, organizaba expediciones a Potosí, rutas de arrieraje y líneas de comunicación marítima.  Es el mismo que tomaba por ahijadas a las hijas de curacas, o se acogía a la compañía de una morisca de nombre Beatriz con la que tuvo hijos que no le sobrevivieron.  Es también el vecino de Arequipa que acabó de hombre fuerte de Gonzalo Pizarro y cambió de partido como la luna de fase, el súbdito de los Habsburgo que conoció por igual la merced del triunfador y los despojos del vencido.  Ese terco litigante que empeñó diez años en la recuperación de su encomienda y se dio maña para asumir nuevamente el control de sus empresas y aun obtener, en la forma de una alcaldía arequipeña, la también deseada reparación política.

“Se conoce mejor la vida y circunstancias de ese veterano de Cajamarca que, andando los años, sería elegido representante, por Arequipa, de los encomenderos deseos de obtener la perpetuidad de dicha merced.  Del mismo Martínez Vegazo que, andando el tiempo, vería peligrar el equilibrio de su conciencia ante tanto debate público de la licitud de la conquista.  Y, deseoso de restituir lo más de lo expoliado, presentara un testamento lleno de cavilaciones morales y mandas poco usuales: una verdadera profesión de fe de voluntad reparadora cuya satisfacción, dada la magnitud de su carrera, suponía una elevada suma de dinero que Martínez Vegazo, agobiado por deudas, no estaba en condiciones de ofrecer.

“La angustia de tener que restituir, el tormento de no tener medios materiales para hacerlo, prestaron el decorado para el postrimero y victorioso acto final de Lucas Martínez Vegazo.  Su matrimonio ‘in artículo mortis’ con la hija del primer alcalde de Lima constituyó, en verdad, una velada forma de venta de encomienda.  En la práctica, dotó a Lucas Martínez de 16.000 pesos de oro, que logró destinar a la salvación de su alma durante los nueve días que sobrevivió a sus sonadas nupcias.  En vano trató el fiscal de anular lo actuado por considerarlo una estafa al fisco: la familia de la viuda era harto poderosa y, además, Lucas, comerciante de pies a cabeza, no se permitió morir sin conseguir e invertir los dineros necesarios para salvar su alma, según expresamente lo había indicado en su testamento otorgado en 1565, dos años antes de morir. […]

“Sobre el entorno de la restitución, y con el caso del propio Lucas por ilustración, Guillermo Lohmann Villena (1966) ha analizado las interioridades de las diferentes doctrinas formuladas al respecto y los alcances de la incidencia lascasiana en el Perú.  A su vez, James Lockhart (1972) ha llamado la atención sobre la exactitud con que Lucas sumó el dinero recibido (antes de la inflación), contraponiéndolo al cálculo que hizo del valor de sus pías donaciones (después de la inflación), para concluir que Lucas Martínez hizo la restitución más baja posible.  Lo nuestro también fue dicho en su oportunidad (1983).  Lo interesante es seguir el curso de ambos balances simultáneamente, rastrear por igual ambas líneas de pensamiento que se darán la mano en este testamento, en preclara síntesis de la interacción entre doctrina y economía que anuncia el inminente Perú toledano por venir. […]

“El activo tangible de Lucas Martínez Vegazo se componía de una veintena de negros, la mitad dispersa en el servicio doméstico de Lima y Arica, la otra mitad concentrada en el trabajo de minas.  De casas y solares, en cambio, no quedaba más que una residencia en Arequipa que había sido hipotecada.  Los barcos eran cosa del pasado.  Lucas Martínez poseía huertas, sementeras, viñedos y molinos en el sur, algún ganado, ciertas armas, mueblería completa y repostería de plata... pero no mucho más.  A pesar de ello, el anciano conquistador se empeñó en reiterar su voluntad de que algunos de sus bienes fueran destinados a beneficiar a los indígenas, lo que contribuiría a la salvación de su alma y al descargo de su conciencia.

“Una huerta y un parral de Arequipa pasarían a ser propiedad de los indios que ahí le habían servido.  Los yanaconas de Guaylacana heredarían el derecho a seguir cultivando, como suya, la tierra que entonces labraban.  Una chacra llamada Guarasiña, que Lucas Martínez poseía en el valle de Tarapacá, quedaría para sus yanaconas de aquel lugar.  Los indios de Tarapacá recibirían en herencia un molino que Lucas había hecho construir junto a aquel pueblo.  La herencia sería administrada por los curacas, «para que a costa del molino se sustente y aproveche toda la comunidad de yndios de aquella provincia».  Los indios de Ilo heredarían una huerta, adyacente a una viña que Lucas les había cedido anteriormente, «para ayudarse en el pago del tributo». […]

“El ritual de una muerte: «Primeramente ofrezco mi ánima a Jesucristo Dios y hombre verdadero», señaló Martínez Vegazo al empezar las mandas pertinentes a lo espiritual.  No sabía entonces, noviembre de 1565, que le quedaba año y medio, antes de que la muerte lo sorprendiera, recién casado y reposando en su cama de damasco verde, a las tres de la tarde de un martes 20 de abril, pero ya se daba abasto para disponer hasta el último detalle de su funeral y el derrotero de su ánima por el purgatorio.  Quería ser enterrado en la catedral de Arequipa, pero si acaso muriese en Lima sus restos debían recibir cristiana sepultura en el convento de San Francisco, de donde sus huesos serían luego llevados a esa Arequipa que nunca salió de su corazón. [ … ]  También ordenó Martínez Vegazo misas por las ánimas del purgatorio «en cuya compañía yo pienso ir mediante la misericordia de Dios» y la adquisición de «tres bulas de difuntos de las primeras yndulgencias plenarias que hubiere».  Ojalá haya descansado en paz”.

 

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Texto:

Efraín Trelles Aréstegui, “El testamento de Lucas Martínez Vegazo”. Historia (Santiago de Chile), vol. 23, 1988, pp. 267-293. <https://repositorio.uc.cl/handle/11534/9764>

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