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Una publicación de la asociación SER

El amor que no se atreve a decir su nombre

Termino de leer, por segunda vez,“De Profundis”, preguntándome cómo habría sido la vida de mi querido Oscar Wilde, lo que sintió en aquella época de morales falsas y apariencias, siendo perseguido y marcado por sólo ser él mismo, por sentir, por amar, por ser diferente y tal vez algo extravagante. Qué diferencia con nuestros tiempos, ¿no? Nuestra sociedad sí que ha avanzado. Al menos la tecnología y modernidad  lo hacen a cada segundo, mientras que los derechos y el respeto caminan distanciados uno del otro, avanzan lento, un pie pidiendo permiso al otro, y si cree que ya avanzaron mucho, se detienen y vuelven a retroceder.

La homosexualidad no es un tema nuevo, existe desde hace muchos siglos. Las personas nacen homosexuales, no es que un día, de la noche a la mañana, uno decida: “OK, hoy quiero ser gay, a ver cómo me va”. Tampoco es una enfermedad viral que se contagia. ¡No lo es! En cambio la homofobia, eso sí es una enfermedad, y creo que bastante contagiosa; desde que se dio a conocer el proyecto sobre la Unión Civil se ha propagado como gripe, en algunos casos con pequeños estornudos incoherentes, y en otros con una terrible fiebre que están dispuestos a impedir su aprobación a toda costa.

La vida de una persona homosexual es muy diferente a la de los heterosexuales. Los heterosexuales sí tenemos derechos, en cambio a ellos se lo hemos negado todo. Esa es la única diferencia: la injusticia. Que la Constitución no regule expresamente la unión entre dos personas del mismo sexo no quiere decir que de producirse ésta, sea contraria a la Constitución. Para que una ley sea contraria a la Constitución será preciso, que la misma vulnere alguna materia allí contenida, presupuesto que en este caso es totalmente falso. La unión civil, incluso el matrimonio igualitario (ojo, éstas figuras son completamente diferentes) están respaldadas por principios constitucionales, como la igualdad y prohibición de discriminación por orientación sexual, así como el libre desarrollo de la personalidad y la dignidad de la persona (Artículo 2, incisos 1 y 2).

La unión de hecho, y el matrimonio son figuras jurídicas del Derecho y este es un instrumento al servicio de la sociedad. Por eso las instituciones jurídicas reguladas por éste deben evolucionar al mismo ritmo que la sociedad, de lo contrario el Derecho dejaría de ser eficaz y útil pues existiría un abismo entre la realidad social y la realidad jurídica. El ordenamiento jurídico debe adaptarse a las nuevas necesidades y exigencias requeridas por la sociedad, más aún si trata de hacer efectivos derechos fundamentales de la persona.

Quiero creer que algún día los sueños de Wilde sobre una sociedad sin ataduras sea posible. Aquellos sueños en los que es posible una sociedad donde se nos permita amar a quien se nos antoje.

“…Es totalmente cierto. La mayoría de las personas son otras personas. Sus pensamientos son las opiniones de otro, su vida un remedo, sus pasiones una cita".
(De profundis.Oscar Wilde).