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Una publicación de la asociación SER
Poeta y periodista

El colmo de la machirulada

De las varias respuestas que la sociedad patriarcal le está dando a la insurrección de las mujeres tal cual se manifiesta en el activismo feminista contemporáneo, la idea de que se quiere “imponer un nuevo puritanismo” que regule nuestra vida sexual (que según este discurso no puede ni debe ser regulada) es, en mi opinión, la más tóxica y corrosiva de todas.

Lo es porque afirma una verdad, pero se trata de una verdad irrelevante para el tema en debate. Esto debería ser obvio, y sin embargo veo esta idea repetida con insistencia por numerosos hombres, en contextos muy distintos. Creo que la usan como una excusa de apariencia sofisticada para no escuchar lo que tantas mujeres están diciendo. A esos hombres —y conozco muchos— es que les hablo a continuación.

Es verdad que el deseo sexual no puede ser regulado nunca de manera efectiva. Existe en la forma que existe, siempre individualizado, nunca “normal”, siempre fluido, múltiple e incontenible. Esa es la naturaleza del deseo, su poder y su gloria: salir del molde, transgredir la norma y borrar fronteras. Lo sabemos hace mucho tiempo.

Pero hace mucho tiempo sabemos también que la expresión de ese deseo sí puede ser regulada, y que de hecho regularla es una de las funciones fundamentales de la vida social.

En una sociedad patriarcal —y en el mundo contemporáneo, todas las sociedades lo son, aunque lo sean de formas distintas—, la conducta de las mujeres está sometida a un sinnúmero de reglas destinadas a contener, formalizar y parametrar la expresión de su deseo, cuando no para borrarla. A fin de cuentas, no hace tanto tiempo que se asumía como una verdad científica que el deseo femenino no existe, y todavía hoy muchos hombres tienden a verlo como algo vagamente innombrable y pecaminoso, en todo caso jamás autónomo y siempre funcional a lo que deseamos nosotros.

Por eso, para normar la expresión del deseo femenino, es que se regula la vestimenta de las mujeres, su lenguaje corporal, su vocabulario, su movilidad geográfica, su presencia o ausencia en determinados espacios, y un infinito de aspectos de su existencia; es por eso también que se ejerce toda clase de sanciones sociales sobre su percibida ruptura de esas reglas. ¡No digan que no, pues! Los contenidos cambian de acuerdo al contexto, pero todos los hombres creemos saber qué conducta femenina es “normal” (es decir, sujeta a la regla/norma de nuestra sociedad, grupo o subcultura) y qué conducta no lo es.

Y para los hombres la cosa no es del todo distinta. Tampoco es que podamos ir por el mundo haciendo lo que nos de la gana. No hace falta escarbar demasiado para identificar las reglas de nuestra conducta en lo que respecta a la expresión del deseo sexual, en qué contextos y circunstancias nos está permitido o no hacer o decir qué cosas. Al que piense lo contrario, le sugiero que intente hacer lo que su fantasía sexual le dicte la próxima vez que se encuentre en público y nos cuente lo que ocurre.

Así, pues, cuando un hombre dice que las campañas feministas buscan imponer un nuevo puritanismo que “regula el sexo”, lo que está pidiendo no es “que no se regule el sexo” en términos generales, pues todos sabemos que eso es imposible (y muy pocos querríamos vivir en una sociedad que tuviera esa forma). Está pidiendo que no se regule una forma específica de expresión del deseo. Pide que el requerimiento sexual masculino sea “normal” (es decir, adecuado a la norma) aun si se expresa sin consentimiento, aun si insiste cuando ha sido rechazado y aun si se ejerce desde una manifiesta disparidad de poder o con elementos de presión y chantaje. Pide, en suma, una excepción al carácter normado de la conducta sexual en sociedad. Un privilegio, pues. Con todas sus letras.

Este privilegio tiene muchos nombres: es el “derecho a importunar” del que se ha hablado en semanas recientes; es el “flirteo” unidireccional e inconsulto que muchos defienden como una actividad natural y necesaria para el establecimiento de relaciones románticas; es la afirmación de la persistencia como prerrogativa masculina, que asume que el no de una mujer no significa no sino tal vez; es la idea de que solicitar sexo con agresividad y sin atención a la respuesta, en el lugar y el momento que se nos ocurra, es lo que los hombres hacemos por naturaleza, y que no cambiará jamás.

Lo que estas definiciones y conductas tienen en común es esto: en todos los casos, la agencia es masculina, y lo que digan/quieran/sientan las mujeres no importa. Muchos hombres, gentiles y civilizados, nos pensamos capaces de interrumpir la interacción cuando se hace obvio que nos estamos “pasando de la raya”. Pero todos, o casi todos, asumimos que esa raya es nuestra y que nos corresponde a nosotros decidir, en cada caso, donde se encuentra. Solo así nos es posible afirmar que la expresión del deseo (y no solo el deseo en tanto tal) es “confusa”: porque creemos, implícitamente y a pesar de cuánto cuesta admitirlo, que cuando una mujer nos dice no, lo que está diciendo es otra cosa.

La idea de que hay “un nuevo puritanismo” en las campañas feministas y el activismo que buscan cambiar las normas implícitas detrás de esta conducta masculina me parece particularmente perversa. Lo que designamos como “puritanismo” o “moral victoriana” es precisamente una forma de vida en la que el privilegio masculino era absoluto, donde la subordinación de las mujeres se daba por sentada y se definía como justificada por la naturaleza, y donde ninguna forma de violencia de género o agresión sexual era punible en la práctica, salvo casos excepcionales. Ese era un mundo en el que los hombres, literalmente, podíamos hacer lo que nos diera la gana mientras mantuviéramos (y ni tanto) ciertos formalismos y convenciones. Y era un mundo en el que las mujeres podían hacer muy poco al respecto.

El que se acuse a las feministas de pretender un retorno a ese mundo me parece realmente el colmo de la machirulada.