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Una publicación de la asociación SER

El día después de mañana

Foto: Andina

Julio Failoc Rivas.

Luego de más de cien días de cautiverio, se ha levantado la cuarentena en la mayor parte del país. Yo creí que el modelo de orden del mercado Grau de Tacna -instaurado gracias a la organización de los comerciantes- podía extenderse al comercio ambulatorio pero me empiezan a surgir serias dudas de que esto pueda ser así. No obstante, guardo la esperanza que pueda corregirse apelando a la conciencia y a la responsabilidad de los comerciantes formales e informales.

Traigo a colación el mercado Grau -que el Presidente de la República catalogó como el mercado más limpio y seguro del Perú- por ser una de las experiencias más interesantes. Y como tal merece ser analizada ya que podría replicarse como un modelo de gestión adaptada al comercio formal e informal, para evitar el contagio de vendedores y compradores. El mercado Grau pasó de ser el principal foco de contaminación del covid-19 a convertirse en un lugar seguro de compras y abastecimiento para las familias tacneñas.

No se trata de perseguir al comercio ambulatorio como si se tratara de delincuentes, ni de confiscar sus mercaderías, porque -queramos o no- los negocios informales son una parte muy importante de la reactivación económica ahora que las fronteras están cerradas. Además, resultan claves para activar la demanda, sobre todo porque representan el 76% de la población económicamente activa.

Para algunos puede resultar una propuesta inviable y descabellada, porque consideran que el comercio ambulatorio es una actividad caótica e irresponsable, que no respeta a nada ni a nadie. Sin embargo, debo recordares que la organización del mercado Grau fue una respuesta rápida de los comerciantes organizados, luego de haberse producido una de las aglomeraciones más grandes y peligrosas, cuando más de 20 mil personas del sexo femenino pugnaban por hacer sus compras para la semana larga del jueves y viernes santo. Recordemos que estas escenas pusieron fin al "pico y placa" de hombres y mujeres que el gobierno había decretado equivocadamente.

Hace poco comentaba en las redes sociales sobre la necesidad de trabajar sin contagiar, como un desafío y un imperativo que evite la propagación del coronavirus y nos aleje de una muerte innecesaria. Pero soy consciente de que estamos muy lejos de ello y que resta trabajar mucho para generar conciencia. No hay mejor protocolo que la organización y la responsabilidad de todos y cada uno de nosotros, sino queremos asistir a un funeral masivo de gentes inocentes que respetaron puntualmente la cuarentena.

Me resisto a creer en esa falsa dicotomía entre elegir morir de hambre o de covid-19, porque es posible trabajar sin contagiar. Justamente de eso se trata, de que todos queremos trabajar, pero ello no nos da ningún derecho a contagiar.

Yo amo la vida, pero no le temo a la muerte. A lo que le temo es que el día después de mañana signifique un presagio de la muerte anunciada por covid-19 de una persona que amo mucho: un familiar, un amigo, un desconocido, o tal vez de alguien que esté a mi lado y cuya muerte no pueda soportar.

¿Será posible un “pico y placa” para los comerciantes que haga posible trabajar sin contagiar?