Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

El día después de mañana en Ayacucho

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Lincoln Onofre, Politólogo

Hace algunos años, mientras elaborábamos los planes de desarrollo concertado; la metodología prospectiva nos llevaba a advertir eventos de futuro[1]; situaciones inesperadas que no podemos prevenir del todo pero que representan potenciales fuerzas de ruptura. ¿De qué manera podría afectarnos un terremoto, un tsunami o una amenaza terrorista? Este ejercicio no se tomaba con seriedad o, en el mejor de los casos, se limitaba a los ejemplos propuestos.

Una epidemia o pandemia ha dejado de ser un mero ejercicio, un supuesto. Hoy, es una realidad que, queramos o no, va a cambiar el futuro de todos (si es que no lo hizo ya); un futuro que arrastrará cambios en la sociedad, la economía, la cultura. Estar en casa por varias semanas en una sociedad que vivía fuera de ella, generará estrés; una población considerable que vive de la informalidad y en la precariedad, saldrá a las calles por un instinto de supervivencia y estarán en riesgo de contagio y serán agentes de transmisión; algunas empresas entrarán en quiebra, inicia el desempleo y formarán parte de la PEA no ocupada, se incrementa la informalidad. Así también, existen poblaciones que siempre han sido postergadas y hoy, la vulnerabilidad es mayor, a tal punto que un contagio en las comunidades indígenas o nativas, podría significar la extinción de este grupo y con ella, la lengua, la cultura, los saberes ancestrales.

Hay quienes se animan a decir que el aislamiento social será la regla, la interacción de las personas será limitada y se evitará la aglomeración de personas. Gideon Lichfield escribe un artículo “We’re not going back to normal”[2] y refiere que algunos negocios como los centros de diversión deberán tomar medidas para evitar la concurrencia masiva o que porten algún certificado de inmunidad. Lo mismo con las escuelas, las universidades, los centros de salud y otras entidades públicas y/o privadas donde la asistencia física sea frecuente.

No es de extrañar que los escépticos, quienes creen que todo volverá a la normalidad luego de encontrar la vacuna o ser inmunes al virus, tengan dudas sobre lo descrito; sin embargo, basta con ver la caída de la Bolsa en el mundo o la carta sobre la mesa de diversas aerolíneas y empresas globales que pronto se declararán en quiebra.

Al ejercicio planteado en el primer párrafo (eventos de futuro), corresponde añadir con urgencia y responsabilidad las medidas que los tres niveles de gobierno deben implementar. En mi opinión, tres sectores postergados deben ser reconsiderados con urgencia: La educación, la salud y la agricultura. La historia ha demostrado en diferentes eventos –como las guerras mundiales- que la adecuada atención a estos sectores ha permitido superar la crisis y luego, potenciar otras cadenas productivas. Japón, China, entre otros, son ejemplo de ello.

Los momentos de crisis son a la vez, momentos de oportunidad. Durante la década de la violencia terrorista o la crisis económica llegamos tan profundo que solo quedaba una opción, escalar. Y eso es lo que nos toca anticipar hoy.

En el caso de la Región de Ayacucho, es una oportunidad para sincerar el estado de los establecimientos de salud; es sabido que muchos no cumplen con las condiciones para la categoría que hoy ostentan. El hospital regional de Ayacucho, el hospital de Jesús Nazareno, de Cangallo, de La Mar, son solo algunos ejemplos de cómo se viene manejando políticamente a fin de mantener ciertos privilegios o usarlas políticamente; la situación es más compleja en los centros de salud del nivel 1. Debemos pensar más allá de la infraestructura y el personal; es necesario diseñar políticas de prevención y superar de una vez por todas el problema de la anemia, la desnutrición crónica o los problemas de violencia familiar para destinar recursos a la prevención de enfermedades complejas.

La educación también requiere una atención especial. Una crisis económica severa obligará a que las escuelas públicas reciban más estudiantes; por tanto, urge elevar la calidad de la educación en todos los niveles; de este modo, nuestros futuros técnicos y profesionales de entidades públicas serán más críticos y competitivos en el mercado.

El sector agrario regional debe ser competitivo en el mercado nacional y global. El informe del IPE (marzo 2020) refiere que el COVID 19 impactará de manera limitada al sector agrario; la campaña de los principales productos de agroexportación no se realiza durante los primeros meses del año, sin embargo, advierte que los meses de julio y agosto son los más sensibles para dichos productos puesto que se concentran la mayor cantidad de envíos. En la región, los periodos de siembra de los principales cultivos estacionarios se realizaron hasta las semanas previas a la declaración del Estado de Emergencia y, el periodo de cosecha inicia en abril.

Así, la apuesta por la agricultura debe darse bajo un enfoque de agricultura familiar y la diversificación de la producción, es necesario implementar acciones de mediano y largo plazo para la tecnificación de la agricultura, la extensión de la frontera agrícola, la siembra y cosecha de agua y, sobre todo, la seguridad y soberanía alimentaria.

Finalmente, es necesario contar con una información actualizada de cada sector y generar conocimiento; algo que a todas luces carecemos en la región, en los gobiernos locales, pero parece que poco importa. Cuando pase la tormenta, es muy probable que el gobierno central otorgue un presupuesto especial para infraestructura (en la idea de la reactivación económica); pero si no contamos con información real, las autoridades construirán elefantes blancos que serán aprovechados por algunos privados y la cultura de la corrupción. Advertidos estamos.

coronavirus

Fuente: Minagri

[1] Guía metodológica de la fase prospectiva – CEPLAN.

[2] https://www.technologyreview.com/s/615370/coronavirus-pandemic-social-distancing-18-months/