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Una publicación de la asociación SER

El discurso del ‘peruano luchador’ o el arte de esconder la precariedad

Foto: América Televisión

Cintya Malpartida. Periodista, integrante del colectivo Rio Hablador

Esta semana, las pantallas de la televisión nacional se conmovieron al conocer la historia de Gabriela, estudiante de pregrado que atendía sus clases virtuales mientras intentaba vender ropa que le permitiría hacerse de algún dinero y así, aportar al sustento de su golpeado hogar.  Su historia infló el pecho de muchos espectadores quienes no tardaron en celebrar el esfuerzo de la universitaria y sentirse orgullosos del incansable espíritu luchador y perseverante de los peruanos.

Tal como lo hacen miles de ciudadanos cuya frágil economía resultó aún más golpeada durante la pandemia, Gaby vendía la mercadería que produce junto a su familia en las calles, de forma ambulatoria, escapando de quienes la acusaban de "comerciante informal" y bajo la permanente amenaza de perder esas prendas que podrían generarle algún ingreso. Si esta futura ingeniera eléctrica hubiese sido captada por las cámaras trabajando en la Av. Grau y no en el parque Huayna Cápac de San Juan de Miraflores, recientemente habilitado por la Municipalidad de Lima para reubicar a los ambulantes, su historia no hubiese sido contada ni recibida con el mismo entusiasmo. Probablemente ella hubiese sido tildada de irresponsable y la 'empatía' que muchos dijeron sentir se habría convertido en rechazo o, en el mejor de los casos, indiferencia.

Pero no fue la situación económica de la estudiante sanmarquina lo que llamó la atención del medio de comunicación. Tendida en su improvisado puesto, Gaby revisaba unos apuntes y oía clases con unos audífonos conectados a su celular. Al ser asaltada por las cámaras, ella solo atinó a guardar sus hojas y responder con palabras entrecortadas las preguntas del reportero. Las clases a distancia en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos comenzaron el 8 de junio y, con ellas, los enormes problemas para miles de estudiantes que no cuentan con los recursos para hacer frente a esta modalidad de enseñanza. Según la Federación Universitaria de San Marcos, son cerca de ocho mil los jóvenes en esta situación.  Acceder a la educación superior en medio de la pandemia implica contar -al menos- con una computadora y conexión de internet estable. Recursos que para muchos alumnos de la Decana de América resultan más que un lujo. Gabriela, quien no puede sentarse en una mesa a escuchar sus clases con la exclusividad requerida porque tiene que trabajar, es una de ellos.

Esta brecha tecnológica se suma a las mil y una peripecias que los estudiantes de escasos recursos económicos deben afrontar para llegar a ser profesionales. Escoger entre un almuerzo adecuado o las fotocopias del libro que hay que leer. Caminar decenas de cuadras para ahorrar S/ 0.50 que serán utilizados en una cabina de Internet. Ponerse en pie muy temprano para alcanzar 'el burro'. Aceptar trabajos mal remunerados que bordean la explotación para poder asumir nuestros gastos y no ser una carga más para la familia. Compartir un plato de comida entre dos o tres amigos a sabiendas que será lo único que nos sostendrá hasta que regresemos a casa. Sí, escribo en primera persona porque sanmarquina soy y todo esto lo he vivido. Quizá por eso me molesta esa forzada exaltación que celebra esfuerzos individuales que intenta disfrazar la precaria situación de miles de universitarios en todo el país que ven casi negado su derecho a la educación por ser pobres, por ser de abajo. Chicos y chicas como Gaby que, a pesar de todo, trabajan por un mañana mejor para ellos, sus familias y el país.