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Una publicación de la asociación SER
Doctor en Ciencia Social por El Colegio de México. Profesor y Coordinador de la Maestría de Sociologìa Unidad de Posgrado de Ciencias Sociales

El expediente Prado

El libro del congresista Víctor Andrés García Belaunde, El Expediente Prado, es explosivo. Hay que leerlo con sumo cuidado. Página a página, con el respaldo de documentación desconocida recogida en archivos públicos y privados de diferentes países y detallada revisión hemerográfica y bibliográfica, el autor va echando por tierra el mito esforzadamente construido por la familia Prado, que tanta gravitación tuvo en nuestro país por largas décadas, especialmente durante el dominio oligárquico. Precede al Expediente un nutrido prólogo de la historiadora Carmen McEvoy; lo completan la transcripción de un conjunto de documentos que basta leer para considerar las tesis de García Belaunde, y una amplia selección de fotografías.

El propio autor define su objetivo principal: “Abrir paso a la verdad sobre un personaje de la historia republicana, absurdamente convertido en casi un ‘Dios del Olimpo’, en un ser superior intocable, porque era un héroe, un ciudadano ejemplar, un peruano representativo” (447).

Como era de esperarse, el libro ha causado reacciones airadas de quienes se han sentido afectados. Le han dicho a su autor que no es historiador y que, por lo tanto, no tiene los pergaminos para realizar una investigación de esta envergadura. También, que falta a la verdad histórica y que mancilla el honor de uno de los pro hombres de la patria. Es decir, el libro ha causado perturbación y desatado algunas pasiones. Lo positivo es que ha motivado la lectura y el debate.

Considero que, más allá de lo planteado por García Belaunde, su investigación apunta a un objetivo más general: Construir un argumento que sostenga que todo lo que se ha dicho sobre la familia Prado es una falacia. Si bien su foco de atención es la figura del presidente Mariano Ignacio Prado (que fue “un hombre cautivador”, como lo describe) y su inaudito viaje a Europa en plena guerra con Chile, García Belaunde se mete en los entresijos del origen de la familia y encuentra que esta proviene de cuna humilde (los padres del futuro presidente eran dueños de una chacra, Acara o Shismay, y no de una hacienda, como referían los biógrafos), desprovista de poder económico, contrariamente a lo que se ha señalado durante muchos años” (49).

García Belaunde rectifica hasta la fecha del nacimiento de Prado: Huánuco, 18 de diciembre de 1825, y no de 1826, como usualmente se ha sostenido. Otra información que somete a discusión es si Prado estudió en el Convictorio de San Carlos. No encontró evidencias de ello. Pero sí nos demuestra que para sobrevivir, tuvo que trabajar de tinterillo y de capitán de la Guardia Nacional. Por otra parte, podemos conocer que Prado fue padre ilegítimo de cuatro hijos: Justo (que murió joven y muy pobre), Leoncio (nuestro héroe en la Guerra del Pacífico), Grocio y Carmen[1]; y que tuvo once vástagos de su matrimonio con Magdalena Ugarteche, siendo los más conocidos Javier (filósofo, nacido en Santiago de Chile), Jorge (político de poca fortuna) y Manuel (Presidente del Perú en dos oportunidades).

Lo que no se puede negar es que Mariano Ignacio Prado tuvo una vida agitada. Apoyó a Ramón Castilla contra el presidente José Rufino Echenique, y fue elegido diputado por Huánuco (1957). Pero nuevamente la opinión de García Belaunde es lapidaria, pues tras mencionar que Prado no se opuso al motín contra Castilla, su protector, y que se ausentó de sus labores legislativas, concluye que “Prado jugaba a dos caras”, que solo aprovechó la figura de Castilla para ascender política y militarmente (108). En marzo de 1858, participaría con las fuerzas gobiernistas para arrebatar Arequipa al general Manuel I. Vivanco. Fue prefecto de Tacna y Arequipa (1864). En 1865, el entonces coronel Prado se declararía jefe supremo provisorio de la República, tras derrocar a Pezet, acusándolo de haberse sometido ante el poder español, en vez de rechazarlo del puerto del Callao.

La revolución de Arequipa dio pie a una de las primeras actividades dudosas de Prado: El tráfico de vales por una suma cercana al millón de pesos. Aparece también un nombre que estaría muy ligado a Prado en el futuro: Su concuñado y testaferro Carlos von der Heyde. El enfrentamiento con la fuerza española fue inevitable. El combate del 2 de mayo de 1866 encumbró a Prado como héroe nacional, quien sería nombrado presidente provisorio en 1867, ya no dictador. La nota oscura, señala García Belaunde, son las relaciones que Prado ya establecía con personajes chilenos, “sus eternos colaboradores y cómplices” (123). Prado sería visto por las élites chilenas como “el más ardiente amigo de Chile”. El derrocamiento de Pezet y el triunfo sobre la Armada española, implicaron un gran servicio a Chile; por ello, el gobierno de ese país le otorgó a Prado “el empleo de general de división” del Ejército chileno. Posteriormente, sería elegido Presidente del Perú, en 1876, precisamente cuando iniciaba sus actividades como empresario minero en Chile.

En esta relación de Prado con Chile, al menos con sus élites, García Belaunde sustenta su análisis sobre la traición de Prado, afirmando contundentemente que prefirió sus intereses personales a los del Perú.

En efecto, el autor jala el hilo de la madeja y va descubriendo ante nuestros ojos la red que había formado Prado en Chile con sus inversiones. El historiador chileno, Vicuña Mackenna, había sostenido que el mismo Prado había afirmado que “su familia es originaria de nuestro país”, lo que sabemos que no es cierto. Las inversiones de Prado en Chile pronto le darían grandes dividendos, hasta convertirlo en uno de los hombres más ricos del Perú.

Pero el inicio de la fortuna de Prado está marcado por el fraude, cuando adquirió, durante su primer gobierno, los monitores aptos para río pero no para mar, y, por lo tanto, inservibles para la defensa de nuestras costas. Las naves Manco Cápac y Atahualpa las compró a precios sumamente inflados, sacando provecho personal del dinero público. Sus ganancias las invirtió en Chile: Adquiriendo minas de carbón, fundando el Banco Montenegro, comprando el fundo Maquehua, y en otros negocios muy redituables.

Cuando estalló la Guerra del Pacífico, y luego de la derrota en Angamos, Prado abandonó Arica, desde donde dirigía las acciones militares contra Chile, regresó a Lima y desde ahí partió a Europa para supuestamente comprar armamento para fortalecer la defensa nacional. Estando el presidente ya fuera del territorio peruano, Piérola asume la dictadura y lo degrada, le quita la ciudadanía y le impide regresar al Perú. García Belaunde sostiene con fundamento que Prado huyó porque no quería poner en riesgo sus inversiones en Chile. Había adquirido demasiados compromisos en el país sureño como para volverse su enemigo.

En este punto se centra el objetivo central de El Expediente Prado. García Belaunde no duda en calificar de traición el viaje de Prado. Mucho se ha discutido sobre su intempestiva partida en plena guerra. Algunos sostienen que fue una medida ineludible para comprar el armamento necesario para enfrentar a Chile, y que salió con permiso del Congreso: Su viaje, además de necesario, habría sido legal. Incluso, hubo quienes, para justificar la decisión de Prado, falsificaron documentos que García Belaunde pone en evidencia. Otros afirman que fue un error dejar al país acéfalo en plena conflagración bélica, pero que no por ello el presidente Prado debía sufrir escarnio moral; además, recuerdan, cuando Prado se encontraba fuera del Perú, Nicolás de Piérola tomó el poder y se declaró dictador, lo que impidió que el hasta entonces mandatario volviera a nuestro país.

Pero hay una tercera posición de quienes señalan a Prado como traidor y a su viaje como una simple fuga. Por ejemplo, el diario El Comercio (en editorial que García Belaunde transcribe), y Guillermo Billinghurst, quien le escribe a Piérola desde Arica, el 26 de noviembre de 1879, lo siguiente: “Prado ha celebrado consejo de jefes para hablar de su ida a Lima y esto está acordado. Ud. comprende que esto es una fuga a Panamá. He allí al héroe del 2 de mayo. ¡Farsantes!” Archivo de la Biblioteca Nacional del Perú).Curiosamente, los hijos de Prado, Jorge y Manuel, aliados con el general Óscar R. Benavides, depondrían a Billinghurst del poder, a inicios de febrero de 1914, justificando el golpe de Estado con la acusación de pro-chileno y de traidor, a pesar de que Billinghurst defendió Lima en la Batalla de San Juan y nunca dejó de mostrar su patriotismo. El mundo al revés.

Obviamente, García Belaunde se ubica en esta tercera interpretación, fundamentando sólidamente la traición y el pro-chilenismo de Prado. Explica con detalles que su partida, el 18 de diciembre de 1879, fue ilegal, pues se basó en una Resolución Legislativa del 19 de mayo de 1879, que solo le permitía traspasar las fronteras peruanas hacia Chile o Bolivia por motivos de guerra, pero no para salir del país a comprar armamento. El decreto con el que Prado justificó su abandono del país lo firmó él mismo, el día de su partida, y se basó írritamente en aquella Resolución Legislativa. Pone en evidencia, además, que terminada la guerra, Prado incrementó su riqueza considerablemente, porque el valor de sus inversiones aumentó en un país como Chile, que había salido vencedor de la guerra. Posteriormente, Prado vendió todos sus negocios chilenos en 175 mil libras esterlinas, cifra que, en ese entonces, significó varios millones de dólares (el cálculo más cauto bordea los 70 millones), y trasladó su dinero a Lima, en donde fundó la Sociedad Santa Catalina, el Banco Popular, y algunos otros negocios más. De esta manera, consolidó su apellido como el más importante de la oligarquía peruana.

García Belaunde no detiene su estudio en la desaparición de Prado, sino que continúa en sus pesquisas, con el objetivo de demostrar que el origen y el funcionamiento del Banco Popular fueron también dolosos.

Como señala el autor, Prado fue siempre muy cuidadoso de no aparecer directamente como el dueño de la fortuna. Por eso, traspasó el dinero a sus hijos, quienes siendo todavía muy jóvenes, terminaron ocupando puestos claves en dicha institución financiera. De paso, García Belaunde echa por tierra la versión interesada de que la familia Prado tenía una condición de vida modesta y que el capital lo puso su hijo político, Juan Manuel Peña Costas, cuya riqueza familiar era solo mediana.

Hacia fines de los años 60 del siglo XX, la descomposición del llamado Imperio Prado, era inevitable. Un golpe mortal fue la creación, durante el primer gobierno de Fernando Belaunde Terry, del Banco de la Nación, desde la base de la Caja de Depósitos y Consignaciones, que arrebató al Banco Popular los privilegios de los que gozaba. Posteriormente, el gobierno de Juan Velasco Alvarado le daría la estocada final, enviando a la cárcel a sus principales directivos. Mariano Prado Sosa, Marianito, “playboy de la época”, fue un personaje que siempre buscó, con éxito, que la ley no lo alcanzara, al menos hasta el declive del Banco Popular. Tuvo que vivir en el exilio hasta 1981, cuando el segundo gobierno de Belaunde Terry le permitió su regreso al Perú. Entonces intentó construir un proyecto turístico en Tarapoto, La Laguna Azul, que la violencia política desatada quebró desde sus inicios. El llamado “Imperio Prado” llegaba a su final en olor de podredumbre.

***

Además de todo lo dicho, El Expediente Prado nos da pie para pensar en otros temas, como el de la responsabilidad del historiador, especialmente a partir de algo que el mismo García Belaunde señala: En algún momento, Jorge Basadre había afirmado: “Si hubiera escrito todo lo que sabía, el Perú no lo soportaría” (32).

Recordemos las reflexiones del sociólogo alemán, Max Weber, sobre el científico y el político. El primero, señala, se caracteriza por la ética de la convicción, es decir, expresar lo que considera es verdad, más allá de las consecuencias que ello pueda ocasionar. El segundo se caracteriza por la ética de la responsabilidad, es decir, que tiene en cuenta las consecuencias de lo que dice y hace. Basadre, siendo un historiador, un intelectual, cuando realizó dicha afirmación, se inscribió plenamente en la lógica del político, considerando que más prudente era callar u ocultar lo que conocía, a decirlo sin importar las consecuencias. Curiosamente, García Belaunde, que como político debería haber priorizado la ética de la responsabilidad, al realizar la investigación que ahora comento, ha actuado como un intelectual, diciendo lo que sabe y ha descubierto, sin importarle las consecuencias de sus dichos. Según me refirió el propio García Belaunde, otro importante historiador, Pablo Macera, también se mostró reacio ante la posibilidad de hacer público el contenido de El Expediente. Los papeles invertidos, como vemos.

Pero hay algo más que se desprende de la misma afirmación de Basadre. ¿Por qué los peruanos no podríamos soportar la verdad? ¿No es mejor saberla? ¿O acaso consideraba que los peruanos no tendríamos la madurez psicológica e intelectual para asumirla? ¿Por qué esta visión paternalista (siempre identificada con los políticos) acerca de los peruanos que manifiesta Basadre?

La postura de nuestro más importante historiador pone sobre el tapete de discusiones si el historiador, o el académico, en general, tiene derecho a callar algo que es importante y que atañe a una comunidad nacional, porque teme las consecuencias de decirlo. ¿Tiene efectivamente ese derecho? O, por el contrario, ¿es su obligación hacer público un hecho histórico de relevancia colectiva? ¿Por qué la posesión de un conocimiento de esta envergadura para el ciudadano en general debería ser resguardado por una sola persona o un cenáculo? Detrás de todo esto está el poder de los que controlan diversas esferas de la vida social (política, económica, intelectual, cultural, académica), que soborna o chantajea a los intelectuales, lo que a su vez echa luces acerca -más allá de casos personalizados- de la no independencia del campo intelectual con respecto del campo político. Son preguntas que considero ameritan un debate mayor.

El título del libro de García Belaunde, El Expediente Prado, sintetiza, efectivamente, la pretensión del autor: Una acusación moral, política e histórica a un personaje que se esforzó por contar a los peruanos una vida falaz. Después del imperio, García Belaunde se ha ocupado de disipar toda la bruma que impidió conocer la verdad, esfuerzo que los peruanos sabremos aquilatar.


[1]Un tal Luis Prado murió guillotinado en París, en febrero de 1889. García Belaunde no puede asegurar que sea otro hijo del presidente Prado, pero tampoco descarta la hipótesis.