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Una publicación de la asociación SER
Candidato a Doctor en Ciencia Política por la Universidad Nacional de San Martín de Argentina. Licenciado en Sociología. Profesor en la PUCP y en la UARM

El golpe boliviano ante si mismo

Foto: AFP

A pesar que han transcurrido tan solo siete días de lo ocurrido en Bolivia, lo dicho y escrito al respecto ha sido abundante. Frente a esta multiplicación de voces quisiera proponer algunas ideas que se mueven entre el análisis del golpe de Estado y las formas en que ha sido abordado en la discusión pública, especialmente en nuestro país.

En los días siguientes al golpe de Estado en Bolivia gran parte de los análisis han tendido a construirse a partir de una cadena de argumentos que subrayan las presuntas causas de este hecho político. Dichas causas, dependiendo de la versión, serían bien el fraude que habría realizado Morales para evitar la segunda vuelta; o bien el desconocimiento de los resultados del referéndum del 2016 que le negó su intento rereeleccionista. Sin embargo, en esos análisis no he podido leer una sola línea que hable de los comportamientos de los actores opositores a Morales como causas que expliquen lo sucedido. De esta manera, estos últimos aparecen solo reaccionando a las acciones e injusticias producidas por Morales y el masismo.

Este déficit me lleva a pensar que para quienes hacen este tipo de análisis, los actos de Morales y su gobierno funcionan como una petición de principio y no como causas en el sentido fuerte de la palabra. Es decir que más que un vínculo causal entre unas y otras acciones, existe en estas narrativas un efecto moral, donde las acciones del primero autorizan las de los segundos.

En este punto, los argumentos presuntamente explicativos funcionan como estrategias retóricas que buscan incidir en el framming y en el debate político de lo que viene sucediendo en Bolivia hace una semana. En el fondo este tipo de argumentos no tratan de explicar, sino de autorizar conductas.

Creo que una prueba del uso retórico de las conductas de Morales y del MAS como elemento explicativo del golpe de Estado, es justamente su paulatina desaparición del debate público. Hasta el día siguiente del golpe resultaba relativamente sencillo leer opiniones y artículos en este tipo de encuadre, pues existía una cierta simetría en los hechos. Conductas presuntamente fraudulentas habían autorizado la acción por fuera del reglamento de la oposición política.

Sin embargo, el endurecimiento de las acciones del nuevo gobierno boliviano han hecho mucho más difíciles dichas opiniones. El continuo asesinato de simpatizantes de Morales, la emisión de dispositivos jurídicos difíciles de clasificar como democráticos, la multiplicación de amenazas veladas y abiertas contra políticos y periodistas, y la ausencia de señales respecto a un próximo proceso electoral que normalice la situación han roto el equilibrio moral entre ambos conjuntos de eventos. Ahora el debate tiende a centrarse ya no en las conductas de Morales sino en las acciones de la coalición antimasista. El abandono de este tipo de argumentación que se pueden denominar compensatorias, muestra su naturaleza retórica. Las presuntas causas no son más que en el fondo la racionalización de una posición moral.

Ante ello propongo abandonar este tipo de explicación y argumentación sobre el Golpe de Estado. Propongo más bien separar ambos momentos y abocarme a analizar lo sucedido desde el domingo en sus propios términos.

La salida de Morales del poder ha sido una meta que ha definido las conductas de una amplia coalición de actores sociopolíticos en Bolivia. Este cambio de autoridades, realizado por fuera de los canales constitucionales previstos y con un decidido apoyo de las fuerzas policiales, sumadas a la abstención (y luego el apoyo) de las fuerzas armadas, configuran ciertamente un golpe de Estado.

Si el último lunes las opiniones compensadoras miraban lo sucedido con la esperanza de que fuese una de esas rara avis de golpes democratizadores, el pasar de los días ha colocado todo en el terreno de la normalidad. Es decir, se trata de un golpe del tipo que abre ciclos autoritarios.

El de Bolivia no parece ser solamente el inicio de un ciclo autoritario, sino más bien un golpe con objetivos restauradores, hasta ahora eso es lo que parecen indicar las acciones de los nuevos ocupantes de Palacio Quemado. De hecho son varios los que han escrito comparando lo sucedido en Bolivia con el golpe y el gobierno militar argentino que sucedió al primer peronismo. “La Revolución Libertadora” como se conoció a dicha experiencia desarrolló un intenso proceso de persecución y proscripción del peronismo. El objetivo del gobierno militar: volver atrás el tiempo y hacer como si la experiencia populista del peronismo nunca hubiese sucedido. De más está decir que la proscripción de la principal fuerza política de ese país abrió un ciclo de inestabilidad política que se extendió durante 28 años y varias decenas de miles de muertos. Añez y los que la acompañan en el gobierno parecen querer retornar a una Bolivia pre-masista donde cada uno vuelva a ocupar el lugar que le correspondía antes de la subida de Morales al poder.

En este panorama, aquellos que han suscrito la cada vez más difícil de sostener la hipótesis de la compensación moral deberían preguntarse. ¿Es hoy Bolivia más democrática que hace una semana? ¿Hoy hay mayor competencia política? ¿Ha aumentado la efectividad de los derechos de los que formalmente disponen los ciudadanos de ese país respecto a hace una semana? Entiendo que las respuestas en todos los casos son no solo negativas, sino que tenderán a empeorar en el corto plazo. Desde una ética de la responsabilidad entonces solo cabe rechazar lo sucedido en Bolivia.