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Una publicación de la asociación SER
Poeta y periodista

El legado de David Koch: nuestra catástrofe ambiental

El megamillonario norteamericano David Koch, miembro de una de las familias más poderosas, influyentes y malignas del mundo actual, murió este viernes a la edad de 79 años.

Muy pronto algunas voces de la órbita derechista en los Estados Unidos han querido recordarlo como un generoso filántropo que financió no solo campañas políticas sino además las artes y las ciencias. También en el Perú, y por partida múltiple, se ha presentado su mejor cara en los obligatorios obituarios, disfrazando los intereses de la familia Koch bajo el eufemismo de las “causas conservadoras” y reduciendo la crítica de sus actividades a un asunto partidista promovido por “los demócratas”.

Fracasarán en el intento, sin embargo. La urgencia de los tiempos así lo garantiza. Junto a su hermano mayor Charles, quien le sobrevive, David Koch será recordado para siempre como uno de los principales agentes de la catástrofe medioambiental en la que el mundo entero está envuelto, responsable directo durante décadas de la inacción oficial en la lucha contra el cambio climático (y, en esa misma medida, responsable por la miseria y las muertes que tal inacción está causando y causará en el futuro).

Y se recordará también, cualesquiera hayan sido sus justificaciones y las que ofrezcan sus hagiógrafos, que actuó motivado por una descarnada codicia, dejando en su paso por el mundo un legado de profunda destrucción a cambio de un enriquecimiento personal de proporciones inimaginables.

Los hermanos Koch heredaron de su padre, Fred, una significativa fortuna proveniente de la explotación petrolera. En 1967, tras la muerte de Fred, Charles asumió la dirección de los negocios y, con David como su segundo de a bordo, se abocó a expandirlos. Hoy, Koch Industries es la segunda empresa familiar más grande de los Estados Unidos. Se trata de un conglomerado de muchísimos tentáculos y con un extenso espectro de intereses, pero los hidrocarburos siguen estando en su base, gracias a la propiedad de firmas como Flint Hill (refinerías), Koch Pipelines (transporte de petróleo, gas natural y minerales) y Koch Chemical Services (nitrógeno y fertilizantes), entre otras.

Koch Industries es además uno de los principales contaminadores del medio ambiente en los Estados Unidos, no solo por la parte que le toca de la industria petrolera, sino también por su producción manufacturera en otros rubros, como el papel (con la empresa Georgia-Pacific), según detalló en 2014 un minucioso reportaje de la revista Rolling Stone.

No extraña, entonces, que promover la desregulación y combatir la supervisión estatal haya sido por mucho tiempo parte del modelo de negocios de estos empresarios. Los Koch, sin embargo, han ido bastantes pasos más allá del simple cabildeo. Su intención ha sido desde un inicio transformar el sistema económico y político para inclinarlo a su favor (mucho más de lo que ya lo estaba en su forma clásica o “normal”), sin importar los medios.

Junto con el dinero de su herencia, Charles y David recibieron del padre (tal como este, a su vez, lo había recibido del suyo, empresario de ferrocarriles) un firme legado ideológico. Fred Koch fue miembro activo de la delirante Sociedad John Birch, una organización política de ultraderecha estadounidense para la cual—y nada de lo que sigue es exageración—personajes como el banquero David Rockefeller y el Presidente Dwight D. Eisenhower no fueron nada más que sucios agentes del comunismo soviético, el Council on Foreign Relations es una organización criminal y el mundo está en manos de los Illuminati. (Dicho sea de paso, la Sociedad John Birch aún existe y su influencia vuelve a ser creciente).

Charles y David, por su parte, iniciaron sus vidas políticas en esa misma Sociedad, pero se alejaron de ella en los años 70. Estuvieron vinculados al Partido Libertario (David fue su candidato a la vicepresidencia en las elecciones de 1980) y posteriormente, con el ascenso de Ronald Reagan y la instauración del programa neoliberal, se acercaron al Partido Republicano (aunque quizá sea más acertado decir que, radicalizándose rápidamente hacia la derecha, el Partido Republicano se acercó a ellos.) Hoy los hermanos Koch ejercen una inmensa influencia en ese partido, del que son donantes clave y al que le marcan con su dinero una dirección extremista.

Los hermanos Koch han sido los financistas de una vasta red de entidades, organizaciones y movimientos de derecha y extrema derecha en los Estados Unidos (por ejemplo, el famoso Tea Party de la década pasada fue en buena medida una creación suya, y también lo fue la visceral oposición, teñida de tintes raciales, que se le hizo al gobierno de Obama). Actuando generalmente de manera oculta y engañosa a nivel local, estatal, federal, e incluso global, han logrado promover una agenda política que favorece amplia y generosamente a sus negocios.

Esta agenda incluye elementos estándar del programa neoliberal, tales como la eliminación de regulaciones y la reducción de la capacidad fiscalizadora del estado, o la reducción de impuestos corporativos y a las ganancias de capital. También incluye una lucha denodada contra el sindicalismo y la negociación colectiva, e incluso (por razones que deben ser obvias: refinan gasolina) una oposición férrea al transporte público.

Nada de esto es sorprendente: grandes capitalistas dedicados a proteger y expandir sus rentas, sus réditos y sus retornos—no hay ninguna novedad ahí. Lo significativo es el modo en que lo han hecho, utilizando pesadas tácticas y estrategias de subversión del orden demo-liberal de la posguerra para revertir la república estadounidense, quizá ya irreversiblemente, en una oligarquía similar a la que comandaron los robber barons del siglo XIX.

En Dark Money, su libro de 2016 (disponible en castellano), la periodista Jane Mayer describe en amplísimo y espeluznante detalle ese proceso, demostrando el tráfico de influencias, la compra desembozada de legislación y decisiones judiciales, y la absoluta impunidad con la que la red Koch ha operado desde los años 90. Como observó Antonio Muñoz Molina al comentar el libro, atribuyéndole la frase al también megamillonario Warren Buffett, leer a Mayer deja en claro que la lucha de clases existe, y deja en claro también quiénes la han ganado.

(Nota aparte, pero importante: la influencia política de los Koch no se limita a los Estados Unidos. Sus compañías operan en 60 países y su negocio es global, y lo es también su necesidad de proteger el bottom line. A través de organizaciones como la “Red Atlas”, ejercen similar presión hacia la derecha en América Latina, y han estado vinculados directamente o indirectamente con eventos como el golpe institucional contra Dilma Rouseff y el ascenso del corrupto Michel Temer en Brasil, el gobierno derechista de Honduras luego del golpe de 2009, el desastroso Macrismo en Argentina, y varios etcéteras).

Más grave aun, por sus consecuencias globales, es lo que los hermanos Koch han conseguido en su lucha contra la protección del medio ambiente (un campo en el que tienen muchísimo dinero en juego, y donde el statu quo les asegura descomunales ganancias).

De acuerdo con un estudio del académico Robert J. Brulle, publicado en 2014, Koch Industries y Exxon Mobil son los principales financistas del “contra-movimiento climático”: una red de organizaciones dedicadas a impedir el progreso en la protección del medio ambiente, activa desde 1989 (el año en que se instuticionalizó el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU).

Según un reporte de Greenpeace, entre 1997 (el año de preparación del Protocolo de Kyoto) y 2017, los Koch repartieron de manera solapada cerca de US$130 millones a instituciones y organismos dedicados a negar la realidad del cambio climático antropogénico en el mundo y promover el “debate” para frenar la acción.

En un libro reciente, titulado Kochland, el periodista Christopher Leonard describe a Charles y David Koch como los principales enemigos del consenso pro-ambiental existente en los años 90, cuando el Presidente George H.W. Bush quiso lanzar un “efecto Casa Blanca” para combatir el efecto invernadero, y los megamillonarios terminaron impidiéndoselo.

Y así sucesivamente: décadas perdidas en las que el medioambiente se ha seguido destruyendo. Décadas perdidas, es decir, para nosotros, pero no para ellos: en 1991, cuenta también Leonard en su libro, la revista Forbes reportaba la fortuna combinada de los dos hermanos como de US$4,700 millones; en 2002, US$8,000 millones; en 2007, US$34,000 millones; en 2016, US$84,000 millones. Este año, la familia Koch es la segunda más rica de los Estados Unidos, después de los Walton (dueños de los supermercados Walmart); al morir, David Koch tenía una fortuna personal superior a los US$50,000 millones.

No se trata aquí, por supuesto, de hacer un juicio moral sobre David Koch o sobre su familia; ese juicio moral es importante y necesario, pero limitado. Tampoco se trata—a la manera de una Sociedad John Birch, pero de izquierda—de identificar conspiraciones y conspiradores en el poder, camarillas y cúpulas, juntas de intrigantes; ciertamente, las hay, y ciertamente los capitalistas actúan con frecuencia de forma coordinada, pero esa observación jamás basta para explicar nada.

La trayectoria de David Koch es una ilustración singular de la actual deriva oligárquica bajo el neoliberalismo. Su biografía es una lección objetiva sobre los extremos irracionales e inviables a los que el poder del dinero ha llegado—el grado en el cual el dinero no solo tiene poder, sino que es el poder, con exclusión de casi cualquier otra posibilidad de agencia.

Se trata, en suma, de entender que la catástrofe medioambiental a la que nos enfrentamos no es el resultado de procesos abstractos o incorpóreos, producto “del sistema”, sino que deviene de decisiones y acciones específicas tomadas por personas concretas, con intereses claramente identificables (y, gracias a Forbes, cuantificables). En otras palabras, se trata de entender quién es el enemigo.

Se trata de entenderlo, e incorporar ese entendimiento a nuestra lucha, que será—ya lo es—una lucha por la supervivencia.