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Una publicación de la asociación SER

El país donde nadie tiene la culpa

En el escenario actual nadie está libre de culpa. La razón para buscar humillar a PPK haciéndolo pasar por la vacancia antes que aceptar su renuncia era achacarle la culpa por la crisis vivida en estos últimos días. Entre otras cosas, porque no hizo autocrítica. En vez de hacer historia por su ambivalencia podría haber dicho: perdónenme por no haber tenido los cojones para defender el mandato de mis electores, perdón porque perdí de vista quienes eran. Con un poco de autocrítica podría haber aplacado la ira de cierto sector del Congreso. Pero no lo hizo, porque siempre la falta está en el otro.

Especialmente para el congreso actual. ¿Quién llevó a Moises Mamani al Congreso? Fuerza Popular. Porque para que haya tráfico de influencias se requiere a más de una persona. Pero no, con ellos no es la cosa. No tienen vela en este entierro. La culpa es solo del gobierno. Felices celebran el momento histórico en el que les toca llevar la banda presidencial por media hora.

Pero la falta de autocrítica no es solo del fujimorismo o de PPK. En una encuesta elaborada junto con Datum para mi tesis de maestría pregunté qué tan probable es que los políticos reciban coimas. Sin ninguna sorpresa la mayoría respondió: muy común. Pregunta seguida: ¿Ud. ha votado por un político corrupto? La mayoría respondió: nunca.  

¿Cómo entender este tipo de respuesta? Gracias a la disonancia cognitiva, a ese conflicto entre una creencia y un comportamiento que lo desafía y requiere resolución. La literatura académica (Barkan et al 2012) y el sentido común nos dicen que a la gente no le gusta admitir cuando está involucrada en una conducta no ética.

Como seres humanos nos gusta mantener un auto-concepto moral. No se trata solo de que los de izquierda quieran ser los moralistas. Es que a nadie le gusta que le salpiquen barro. Y el medio para reducir la disonancia cognitiva que genera esa contradicción es juzgar al otro más duramente. 

Y es por eso que la respuesta usual al vernos confrontados por estas situaciones es: así es la gente, el peruano común y corriente es tal por cual, etc., sin necesariamente identificarse con "ellos".

Adicionalmente, por lo general el ciudadano de a pie espera que aquel con poder sea más deshonesto que aquel sin poder (Dubois et al 2015). Esta simple creencia denota una falta de control sobre lo que el ciudadano puede o no puede hacer. Sin embargo, debemos tener presente que finalmente es el mismo quien puede legitimar o no estos comportamientos.

En la parte cualitativa de la misma investigación, los participantes -habiendo reconocido anteriormente que la corrupción es algo "malo"- no utilizan el término “coimas” per se, sino hablan de "incentivos", "premios", "favores" a los cuales se llega "sin querer", "sin darse cuenta" o como algo que "se tiene que dar" sobre todo cuando hay algo urgente a lograr o "agilizar". Esta ambigüedad en las respuestas también ayuda a racionalizar la conducta no ética. 

El dilema se encuentra entonces aquí, entre una actitud negativa a la corrupción y la necesidad de mantener una imagen de uno mismo que sea positiva y moral. Lamentablemente si la conducta no ética está expandida en diferentes niveles de la sociedad, es mucho más fácil racionalizarla para evitar el castigo social (Trautmann et al 2013).

La culpa se la echamos al otro. Quízas ya hemos aprendido de nuestros representantes, y así como ellos evaden su culpa, nosotros evadimos la nuestra. Quizás es momento de que cada uno haga una introspección y reconozca que también falla. Tú, yo, nosotros, todos fallamos porque coimeamos, porque nos hacemos de la vista gorda cuando vemos que pasa. Porque votamos por políticos que no están libres de polvo y paja. Una vez que hayamos reconocido esto, podemos mantenernos vigilantes sobre aquel por el que votamos en diferentes instancias.

Porque nada se logra culpando al otro. 

 

Ana Vergara pertenece a la Plataforma Comadres, espacio que busca posicionar el trabajo de mujeres jóvenes en el análisis de la política nacional e internacional.

Referencias:

Barkan, Rachel, Ayal, Shahar, Gino, Francesca, & Ariely, Dan. 2012. ‘The pot calling the kettle black: Distancing response to ethical dissonance.’ Journal of Experimental Psychology: General 141(4), pp. 757-773

Dubois D., Rucker D. D., Galinsky, A. D. (2015) ‘Social class, power, and selfishness: When and why upper and lower class individuals behave unethically’. Journal of Personality and Social Psychology, 108, pp. 436-449.

Tratmann, S., Van de Kuillen, G. and Zeckhauser, R. (2013). ‘Social Class and (Un)Ethical Behaviour: Evidence from a large population sample’. SSRN Electronic Journal.