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Una publicación de la asociación SER
Director del portal de opinión política "Punto de Encuentro". Columnista del Diario Expreso. Coordinador de la asociación civil "Centro para la Democracia Social"

El “Partido del Pueblo” para el Siglo XXI

Escribo mis comentarios al segundo artículo de Jorge Duárez después de la inmolación del Presidente García en un profundo acto político de amor por el Perú. Quien fue dos veces Presidente y representó a la Nación y tiene conciencia de la Historia (escrita ésta en letras mayúsculas), jamás habría aceptado que su honor sea manchado por unas marrocas “preventivas”.

Su partida, es un paso más en una silenciosa y cruenta Guerra Civil que volvemos a padecer los peruanos. En estos días, he lamentado la infinita capacidad de odiar de un sector –creo minoritario- de la sociedad: la orgullosa insania, la celebración tanática, las suposiciones delirantes, los insultos achorados, el exhibicionismo bruto de la irracionalidad.  Recordando a Shakespeare, podemos decir “…algo está podrido en Dinamarca”. [1]

Por eso valoro y agradezco mucho este espacio de intercambio racional de ideas y debate. Esta bocanada de aire de ciudadanía activa. Los peruanos y peruanas -especialmente los más jóvenes- debemos recuperar nuestra capacidad de pensar, de mirar críticamente la sociedad, de ver los hechos y evidencias y cotejarlos con las teorías para ver cuán ciertas son, de apreciar el diálogo justamente con el que piensa distinto sin sentir la enfermiza necesidad de destruirlo. Gracias amigos de Noticias SER.

Para cerrar en este artículo puntual el tema del Presidente García, y proponer pedagógicamente otra mirada a una extendida imagen maniquea y negativa, comparto dos links que brindan la posibilidad de conocerlo mejor[2]: las notas de Hugo Neira (el mayor y más serio intelectual peruano), a raíz de su partida y un artículo del propio Presidente García sobre la construcción del Gran Teatro Nacional, publicado en el diario Correo el año 2014.

Dicho eso, retomemos el diálogo con Jorge Duárez respecto al “Partido del Pueblo” y sus desafíos y horizontes para el siglo XXI.

En su segunda entrega Duárez repasa el concepto de lo Nacional-Popular básicamente como una pretensión de hegemonía enfrentada o en lucha con las élites u oligarquías dominantes.

En este punto me parece necesaria una primera acotación porque aclara el concepto, tanto para su uso actual como para la comprensión de la historia política del Perú y de América Latina en los años 30 del siglo pasado: lo “nacional-popular” supone la sumatoria de intereses de un conjunto de clases (Juan C. Portantiero. 1981) que construyen representaciones políticas a través de un frente y/o partido(s) político(s)[3]. De allí viene la pretensión de hegemonía.

Dicho esto, quiero expresar dos coincidencias y dos discrepancias con el segundo artículo de Jorge Duárez.

La primera coincidencia que saludo y celebro, es la aceptación que los análisis de las identidades políticas deben hacerse comprendiendo los cambios de los procesos históricos mismos. Esta mirada que reconoce la historicidad de los procesos políticos y sociales ha sido la gran ausente -durante décadas- en el debate académico planteado sobre el aprismo realizados desde enfoque “socialistas”.

La segunda coincidencia es que agradezco el deseo y comprendo su significación y relevancia, que “El Partido del Pueblo” debe “recrear su tradición nacional-popular… (y no debe) abandonarla”. Nada más importante no sólo para la actual coyuntura política, sino para proponer y construir una alternativa popular a largo plazo a la nueva oligarquía que viene saqueando al país a través del Estado (contratos con Odebrecht, Oleoducto, subvención directa a grupos económicos bajo el argumento de “la libertad de expresión” etc. etc. etc.) en los últimos 20 años.

Y esto último tiene que ver justamente con las dos discrepancias señaladas párrafos antes.

La primera discrepancia es que la re-significación de los “nodos discursivos claves del discurso político aprista” no implican una “subordinación” a la hegemonía neoliberal ¿?... ¡Es exactamente lo contrario! Justamente, la revisión del rol de conceptos como el de “desarrollo económico”, “emprendedor”, “democracia social” y “pueblo” (entre otros) las repensamos en función que la inmensa migración del campo a la ciudad que sumada a la apertura del mercado en 1992 transformaron completamente la sociedad peruana. Ello nos exige identificar cómo redefinimos los intereses del nuevo sujeto Pueblo y de las clases sociales o grupos que la componen en la actualidad. No es 1980, menos 1930.

Al respecto, establecer como equivalentes los conceptos mercado o libre mercado con neoliberal es más un reflejo ideológico que una reflexión académica. Miremos China, por poner uno de muchos ejemplos. Es más, es posible que esta equivalencia sea el principal obstáculo académico e ideológico para la redefinición de lo nacional-popular hoy.

La segunda discrepancia es que Duárez otorga una significación desmesurada a la crítica puntual del Presidente García a operadores políticos radicales establecidos en los puntos de fricción social entre las empresas extractivas y las comunidades nativas. Aún más, llego a pensar que su ampliación significativa busca más llenar un vacío argumental que comprender el proceso social y su impacto en la construcción de un nuevo discurso político.

Si es cierto que, la nueva sociedad peruana es más despolitizada que antes (más en la realidad que en el imaginario), y también es cierto que se debe tener cuidado en el establecimiento de una “frontera política” que sea flexible y posibilite “las articulaciones de sentidos (para que) operen en direcciones diferentes. En ese esfuerzo estamos y en ese esfuerzo el Presidente García nos acompañaba y animaba a la nueva generación de jóvenes apristas como a jóvenes y profesionales independientes.

Este debate contribuye mucho al camino necesario de reelaborar las banderas de la justicia social.

 

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[1] Este proceso de anomia no es casual: tiene responsables y obedece a intereses económicos muy concretos de los nuevos grupos de poder oligárquico, que debieran ser motivo de nuevos estudios de una comunidad académica renovada y liberada de las muletas de los odios ideológicos.

[2] También puede consultarse las opiniones de intelectuales de la talla de Carlos Franco, Fernando Fuenzalida o de Fernando de Szyszlo.

[3] Esto nos remite al clásico debate entre Haya y Mariátegui en 1928. Al respecto sólo diré que, revisando la evidencia de todos los procesos nacional-populares y “socialistas” en la historia política de América Latina, la evidencia muestra que Haya de la Torre tenía claramente la razón.