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Una publicación de la asociación SER

El perfume de la gasolina

ViolenSobre como la configuración del trabajo familiar no remunerado puede ser un primer paso para la violencia entre parejas

Hace una semana atentaron contra Eyvi Agreda. En un bus, en su recorrido diario, su cuerpo prendió fuego. La magnitud de la violencia del acto cometido por Carlos Hualpa, resuena por lo cotidiano del escenario y del desarrollo de la acción. Y porque martilla la evidencia que ya se conoce: la violencia es un tema de pareja. 68 de cada 100 peruanas son agredidas por hombres con los que mantienen una relación sentimental (INEI, 2017).

La violencia se compone de transacciones cotidianas en donde está en juego la igualdad entre hombres y mujeres. Y en esta primera semana de mayo nos parece necesario pensar cómo la configuración del trabajo doméstico es una de ellas. Porque da cuenta de lo que llamaremos la violencia de la omisión: cómo las parejas evitan considerar a las mujeres como un sujeto de derecho. La omisión hace referencia a la falta de consideración por parte de las parejas como actores iguales dentro de la relación. La violencia se manifiesta cuando se hace caso omiso de su individualidad. Tú no decides, yo decido por ti. Tú no entiendes, yo me veo entonces en la necesidad de “darte un escarmiento”. Volver a hablar de ciertas cifras ya conocidas sobre el trabajo familiar nos permite analizar cómo la violencia no necesita del uso de la fuerza para manifestarse y más bien repensar cómo lo cotidiano debe ser el plano de intervención prioritario.  

En el Perú, las brechas de género se expresan, entre muchas otras formas, como una desigualdad en la carga de trabajo. Las mujeres trabajan 9 horas semanales más que los hombres. Pero no en su lugar de trabajo. En el trabajo remunerado, las mujeres mantienen históricamente menos participación: en promedio, 14 horas menos cada semana. Para entender la diferencia es necesario mirar el tiempo destinado al trabajo familiar no remunerado: lavar, cocinar, ocuparse de los hijos, entre otros, en el cual las mujeres invierten 23 horas más cada semana. Las cifras traducen que las mujeres siguen teniendo el monopolio del cuidado (INEI, 2010, Encuesta Nacional de uso del tiempo).

A la brecha de género, se suma la brecha geográfica: la situación es distinta para las mujeres si  viven en el ámbito urbano o en el ámbito rural. En las zonas rurales, las mujeres trabajan 11 horas más a la semana que los hombres. Trabajan con una remuneración, 15 horas menos que sus pares masculinos y en la casa, 27 horas más. Estas diferencias en el ámbito rural se presentan de manera particular en el sector agropecuario. En este caso, 3 de cada 4 mujeres jóvenes ocupadas en ese sector no recibe remuneración alguna por su trabajo. Mientras que en el caso de los varones eso solo le ocurre al 40% de los jóvenes.

El peso del trabajo familiar no remunerado en los proyectos de vida de las mujeres nos importa por 3 razones:
En la adolescencia, la dedicación a la economía del cuidado puede traducirse en trayectorias educativas inconclusas. Jóvenes que dejan los estudios para dedicarse a las tareas domésticas que les han asignado.
Las horas dedicadas a labores domésticas son horas no dedicadas al trabajo remunerado. Mientras corta las cebollas, plancha la ropa o cuida de sus hijos, la mujer no recibe ingresos. Y el costo no es solo económico.
La configuración de los roles domésticos y el reparto del tiempo tienen un efecto en los proyectos futuros de las mujeres: ellas no deciden necesariamente el proyecto de vida al que se quieren dedicar. La apropiación de las aspiraciones futuras es una manera de generar violencia a partir del momento en que se quita la responsabilidad de poder decidir sobre su propia vida.

La violencia de la omisión se manifiesta en decisiones educativas, laborales y familiares. Está presente en la vida diaria y doméstica de la mitad de la población. La invisibilización a la que están sometidas las mujeres es una manifestación de la violencia no física y acarrea consecuencias permanentes.

No es necesaria más gasolina para incendiar los sueños futuros. Hay ilusiones que se están quemando día a día.

Adriana Urrutia pertenece a la Plataforma Comadres, espacio que busca posicionar el trabajo de mujeres jóvenes en el análisis de la política nacional e internacional.