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Una publicación de la asociación SER

El permanente rol desestabilizador de EE.UU. en Medio Oriente

Foto: DW

Ricardo Soberón. Analista internacional, M.A: en Política Internacional, Bradford Inglaterra

 

El ataque aéreo acometido de forma unilateral y arbitraria por las Fuerzas Armadas de los EE.UU en las cercanías del aeropuerto de Bagdad, que provocó la muerte del general iraní Qasem Soleimani, número 2 del Gobierno de ese país y un actor clave en todo Medio Oriente, constituye una acción reprochable, homicida y cuasi terrorista del Gobierno de Donald Trump.

Los alegatos en torno a una legítima defensa preventiva que suelen sostener tanto Israel como EE.UU, al momento de bombardear (Cisjordania, Gaza), asesinar o detener personas (Abu Ghraib y Guantánamo), carecen de todo fundamento. Ni siquiera frente a los recientes hechos ocurridos en los alrededores de la Embajada de Estados Unidos en Bagdad. Por ello, esta acción debiera ser objeto de investigación preliminar de parte de la Corte Penal Internacional como otras ocurridas anteriormente mediante el uso de drones. Algo similar debiera ocurrir con la demanda interpuesta por la Autoridad Nacional Palestina contra Israel (2015). Esta acción representa una grave amenaza para la débil estabilidad de una región que ya se encuentra amenazada por diversos conflictos en Yemen, Iraq, Afganistán, Siria, e incluso en Libia y en los que la denominada “primavera árabe” no tuvo los resultados esperados.

Dicha acción demuestra la insensatez de las respuestas políticas, diplomáticas y militares de los EE.UU y particularmente del gobierno del señor Trump, en todos los escenarios del Medio Oriente. Como sucedió a inicios del siglo XX con Inglaterra y Francia y luego en el proceso de descolonización del Norte de África, las recientes acciones de la Casa Blanca ratifican el desconocimiento más elemental de la política, los actores y los procesos que se desarrollan en el mundo árabe. Quizá el elemento más confrontacional y contradictorio fue la decisión unilateral de Washington de dejar sin efecto el Acuerdo Nuclear con la República Islámica (2015).

Desde la invasión y permanencia en Afganistán (2001), la invasión de Iraq (2003), el desalojo de la Embajada en Libia (2012), su intervención en Siria (2018), y el apoyo a la dudosa monarquía en Arabia Saudita y el régimen de Yemen, vemos una política permanente de desestabilización de una región bastante convulsionada por las diferencias religiosas y la demanda de combustibles fósiles.

Este acto irresponsable, tendrá consecuencias. Constituye un detonante para posteriores respuestas de Irán en contra de los intereses de EE.UU y sus aliados occidentales tanto en el Golfo, como en otras zonas de tránsito del petróleo mundial, lo que incrementa los riesgos de un conflicto mayor. Confirma la irresponsabilidad de Donald Trump como líder de la mayor potencia militar del mundo que pretende levantar una “cortina de humo” al proceso de impeachement en pleno período pre electoral.

Aunque con distintas características, este hecho unilateral contrario a las normas elementales del Derecho Internacional que deben regir las relaciones de los Estados, representa una muestra más de lo que el gobierno de EE.UU suele realizar en diversas partes de América Latina para bloquear países, sancionar gobiernos, extraditar personas, definir procesos electorales e intervenir groseramente en los asuntos internos de nuestros países.

Hubiera sido bueno que la Cancillería peruana, con la misma rapidez con la que suele pronunciarse ante otros hechos relevantes de la política regional o mundial, proceda a condenar la acción militar norteamericana e invoque a superiores principios de política internacional, como el apoyo al multilateralismo, respeto a la soberanía y la resolución pacífica de conflictos. El silencio de Torre Tagle confirma el triste rol que juega en la actual coyuntura internacional.