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Una publicación de la asociación SER

El Perú: un mundo, varios mundos

Uno de los aspectos de nuestro país que más admiración causa es la increíble variedad del territorio.

Las planicies y las cumbres escarpadas, el desierto costeño y la exuberante vegetación amazónica, la flora y la fauna tan múltiples y abundantes, la sequedad de lugares donde hay que esperar diez años para que caiga una gota de agua o quizás se desate el diluvio y la humedad de lugares donde en estaciones llueve casi cada día; el calor que al mediodía recluye a ciudades enteras en sus casas, el frío de las punas y el temple de las yungas y los valles interandinos.

Esta generosa variedad no se aprecia sólo en la naturaleza, sino también, como es natural esperar, en las respuestas del hombre frente a ella, sus oportunidades y sus retos. La producción, la vivienda, la alimentación, las formas de vivir y de gozar, de sufrir y de amar, las lenguas, las culturas en fin, tan distintas.

Piedra y barro, paredes de casi un metro de espesor y la delgada quincha, todo convive entre nosotros. Una metrópoli que congrega un tercio de la población nacional, urbes casi metropolitanas, ciudades medianas y pequeñas hasta las comunidades, las caletas y los distritos apacibles que hacen pensar al visitante que más gente hay en una manzana de un asentamiento humano de Villa Maria del Triunfo o de Carabayllo que en la capital de un distrito mínimo de la sierra.

Estas múltiples realidades ¿tienen algo en común? ¿Se comunican, se intersectan o viven separadas unas de las otras? Como si fueran mundos diferentes. El país aparece como un conjunto de mundos que orbitan en distintos rangos y esferas algunos de los cuales jamás se han comunicado ni intersectado en esta república casi bicentenaria, y que podrían existir el uno sin el otro, los unos sin los otros. El joven de la clase alta de Lima ¿qué sabe de aquel de la comunidad de Bretaña o de Maypuco, de la ciudad de Macusani en las alturas de Puno o de Yauri, en Espinar? 0, para no ir tan lejos, de la novena zona de Collique…

Las experiencias de vida en nuestro país: lo que se come, lo que se viste, los lugares que se frecuenta, los espectáculos a los cuales se asiste y el arte del que se goza o no se goza, son tan disimiles de una clase a otra, de una ciudad a una aldea, entre lo urbano y lo rural, de un distrito a otro en la capital de la República. La forma de vivir en los distritos medios y altos de la capital difiere tanto de la forma de vida en los distritos y barrios donde viven las clases populares que uno se pregunta si con tales diferencias se puede razonablemente pertenecer -o sentir que se pertenece- a la misma comunidad,  común-unidad, nacional. Veo una distancia material, espiritual, emocional tan grande…

Parece crucial afrontar y responder esta pregunta porque, mientras líderes intelectuales, políticos, culturales, religiosos no admitan y asuman esta maciza realidad, estarán siempre sorprendiéndose de ciertos hechos, situaciones y manifestaciones comunes en uno u otro de estos mundos. Es que cada quien mira las cosas y forma la realidad desde y según su propia ubicación, pensamientos y experiencia de vida. Se admiran y se sorprenden o espantan de hechos y situaciones que en algunos de esos mundos son cotidianos; ven revueltas a la vuelta de la esquina o paz donde no la hay. Y, por eso, cuando en determinados momentos en alguno o algunos de esos mundos ciertos grupos optan por alternativas diferentes o extrañas, a ciertos intelectuales y líderes les parecen inverosímiles, incomprensibles, irracionales, pero que para quienes las siguen son de simple sentido común.

Esta es quizás una tarea merecedora de nuestra atención cuando nos acercamos a cumplir doscientos años de república.

15 de noviembre de 2018