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Una publicación de la asociación SER

El racismo nuestro de cada día

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Carlos Flores Lizana. Antropólogo

Las protestas contra el racismo en los Estados Unidos y en otras muchas ciudades del mundo llevan más de tres semanas, junto con pronunciamientos de diverso tipo y calidad. “Black lives matter” (“Las vidas negras importan”), es el lema más coreado y escrito en los carteles de quienes marchan. Los últimos momentos de vida de George Floyd, capturados por un celular, donde se le oye decir “déjame respirar”, han mostrado que el racismo sigue vivo  en la nación “más poderosa de mundo”, y ponen en evidencia que esta tara social tiene efectos en todos los campos de la vida.. Un canal de tv norteamericano,  señalaba algunos indicadores como acceso al empleo, niveles de pobreza, número de estudiantes en las universidades, maltrato contra los detenidos por la policía, enfermedades y acceso a prestaciones de salud, en todos los cuales se hacía visible la discriminación contra los afroamericanos. Por desgracia ello no solo ocurre en Estados Unidos, y por ello vemos   protestas y marchas  muchos países, que, ahora se vinculan también con la destrucción de monumentos de personajes relacionados con la historia del racismo.

Protestar contra el racismo  es muy importante ya que este es un mal antiguo. Y si bien no se ha ejercido solo contra las personas negras y sus descendientes, ha tenido una de sus muestras más crueles e injustas en la esclavitud y todo lo que esta trajo consigo. El racismo y la esclavitud muestran también la ubicación social y económica de África y los países del sur, o del tercer y cuarto mundo, donde también se encuentra el Perú.

El tema que me interesa levantar es si el Perú es o no un país racista y si esto tiene los mismos efectos que en otras partes. Cuando observamos la discriminación de la identidad étnica, se puede decir que esta se marca  por  el color de la piel, por  la lengua, por el  apellido, por el trabajo que realizan, por el nivel educativo,  por la pertenencia a un grupo social determinado, por el cargo de poder  que se desempeña, por  los cánones de belleza hegemónicos de nuestra sociedad y  hasta por la religión.

Señalo esto porque tuve la oportunidad de estar cinco meses en la ciudad de Granada, al sur de España y conviví muy cerca de los gitanos y trabajé con dos amigos que estudiaban su cultura, costumbres, lengua, problemática, etc. Esta experiencia me sensibilizó contra la discriminación porque vi cómo los gitanos y gitanas eran tan maltratados  en España, tierra a la que los llamados “hijos del viento” llegaron hace siglos. Cuando había un robo o un accidente lo primero que se decía era “¿dónde está el gitano?”, porque sólo por el hecho de ser tales eran considerados ladrones, flojos, mentirosos y sospechosos de todo.

Al llegar a Lima recuerdo muy nítidamente que lo primero que empecé a ver fue que los puestos de trabajo más bajos los ocupaban los indios, los cholos, y no las personas blancas; que las barrenderas y barrenderos de las calles eran esos a los que Galeano llama “los nadies”. Las empleadas que les llevan las mochilas a los niños de la casa y hasta les ponen la pasta dental en los cepillos, eran precisamente serranas, quechuas, aymaras o amazónicas. Los vendedores ambulantes de muchas de las calles eran esos del mismo “color de la tierra” de los que hablan los Zapatistas de Chiapas.

Cuando llegué a la casa institucional donde vivía, los empleados de la cocina, el portero, los jardineros, el que traía el periódico, todos pertenecían al “Perú profundo” del que venimos casi todos los peruanos pero al que despreciamos y explotamos sin ninguna vergüenza. Eso sí, tenemos recursos simbólicos para valorarlos y admirarlos cuando nos conviene, sobre todo delante de los extranjeros, cumpliendo así lo que en México llaman la maldición de la Malinche: “orgullosos y prepotentes con  nuestros paisanos y humillados y sometidos con el extranjero”. Esta experiencia continúa vigente y en algunos aspectos esta realidad es peor.

Durante los años que estuve en Ayacucho, un ciudadano de apellido turco, dueño de un local ubicado en la Plaza de armas de la ciudad, me dijo en una ocasión: “¿Por qué Sendero no acaba de una vez con estos indios de m…? Nos harían un gran favor a los peruanos si hacen eso”. Este comentario me sorprendió viniendo de alguien que conocía la realidad de los pueblos y comunidades de esa parte del Perú.. Esta misma expresión se la oí decir a un militar de la zona: “Si dentro de un grupo de 100 personas hay diez senderistas, vale la pena matar a todos estos indios”. Y esta manera de combatir se aplicó a las poblaciones donde se pensaba que había senderistas camuflados o infiltrados. Las cifras de la Comisión de la Verdad y Reconciliación grafican ese racismo contra los andinos y nativos, puesto que más del 80 % de las víctimas de la época de la violencia fueron quechuas o asháninkas y la gran mayoría de soldados que murieron o quedaron mutilados nacieron en los Andes.

Otro ámbito donde se manifiesta el racismo en el Perú, es al interior de muchas casas contra  las trabajadoras del hogar, llamadas domésticas, empleadas, la servidumbre, las cholas, aunque otras patronas supuestamente más modernas las llaman “mi secretaria”, “mi adjunta”. Este sector no solo vive condiciones injustas de trabajo, sino sufre un trato indigno, especialmente en el vocabulario con que las reprenden, y hay casos en los que incluso son golpeadas. Un libro publicado hace años, llamado precisamente Basta, es un grito que clama por su situación ante una sociedad hipócrita e injusta que sigue haciéndolas sentir unas verdaderas esclavas. Otro texto terrible es la breve autobiografía de la escritora cusqueña Zelmira Carrillo que tiene por título El diario de Rebeca o cuatro reflejos de luz, en el que  la protagonista reflexiona sobre por qué pudo soportar a un marido maltratador durante casi 30 años, y descubre que esa violencia aprendida y aceptada había empezado por su padre que golpeaba a su madre y la madre a su vez maltrataba a las empleadas de la casa.

El maltrato no solo se produce contra las serranas o amazónicas entre las familias blancas de Lima, sino también ocurre contra las campesinas niñas, adolescentes o mayores por parte de las familias mestizas que las tienen como empleadas en sus casas de provincia. Recuerdo un hecho que me quedó para siempre en la memoria: vi cómo un niño de 6 años, sentado en las piernas de su abuela en un almuerzo de fiesta, le pasaba los huesos de gallina que había comido, a una niña empleada que los recibía sentadita a sus pies, debajo de la mesa y tapada por el mantel. Yo pensé en un inicio que se trataba de algún infaltable perro de pueblo, pero nunca imaginé que quien estaba allí era una niña que comía las sobras del niño de la casa.

En otra oportunidad oí cómo la madre de una niña mestiza le explicaba a su hija el motivo por el cual había venido una niña campesina a la casa: “Hija, tú eres la niña de la casa, ella es la empleada, ha venido para servirte, y tiene que obedecerte. Cuidado con tratarla como si fuera igual a ti”. La niña tenía que saber desde pequeña cuál era “su lugar” y la manera de tratar a las empleadas que eran niñas como ella.

El racismo se expresa también en las relaciones de pareja. Uno de los primeros casos de violencia contra la mujer registrados en el Centro de Emergencia Mujer del Cusco en el año 1999, fue el de una mujer cuya pareja la maltrataba física y psicológicamente. La usuaria del servicio indicaba que su marido le decía “¿Tú crees que mis hijos van a llevar tu apellido de india? ¿Huamán o Quispitupa? Yo soy blanco y no quiero que mis hijos lleven tu apellido”. Así, además de golpearla, la humillaba constantemente.

Analizando brevemente este comportamiento se ve claramente el desprecio del marido a la identidad étnica y a la procedencia de su esposa y madre de sus hijos. El racismo se sostiene en la idea falsa de la superioridad de la raza blanca, de la cultura blanca, del castellano, de la religión cristiana, de que los apellidos son mejores si no son en quechua o cualquier lengua originaria. No solo se desprecia a la persona sino a sus orígenes, a su condición social a sus costumbres, su cultura.

En las Fuerzas Armadas del Perú, el racismo también se muestra claramente. Así, para ser marino y aspirar a un grado superior tienes que apellidar en italiano, inglés, francés, alemán, español de abolengo y “tener pinta”, ya que de lo contrario  no podrás acceder a ser de los estamentos superiores de la institución. En cambio a “la tropa” sí puede incorporarse cualquiera, indio, serrano, negro, cholo, mulato o zambo. Y es casi igual con la tropa en el Ejército y la Fuerza Áerea, integradas por “los nadies”.

Y si revisamos la historia de los presidentes, los apellidos indios o nativos no están por ningún lado. Y lo mismo ocurre con los nombres de los obispos y cardenales que hemos tenido. A su vez, en la pintura religiosa es donde más se puede ver el racismo religioso. No hay “Cristos oficiales” que sean cholos y menos negros.

Por otro lado, en los medios de comunicación la dominación cultural es tremenda, y en el caso de los cánones de belleza, este es de la clase blanca hegemónica y dominante. La belleza femenina es siempre blanca, rubia, delgada y joven. Las muñecas con las que juegan las niñas no son cholas ni negras. El indio y el cholo son utilizados para el humor burlón y humillante. Se los desprecia por su no dominio del castellano, por comer alimentos andinos, usar ropa hecha por ellos mismos, oler mal, etc. Y con los afroperuanos, se los relaciona con los chocolates o la chicha morada.

Los negros están limitados a ser cargadores de muertos del llamado sector “A”. Las mujeres negras o serranas trabajan como cocineras o empleadas del hogar. En las solicitudes para conseguir empleo se pide “buena presencia” que es sinónimo de blanco de ojos claros, rubio o rubia, de buen tamaño. Tenemos un verdadero sistema de Apartheid que funciona en todos los niveles y aspectos de nuestra sociedad y quienes lo sostienen y se benefician de él, son las familias de origen español, europeo o norteamericano.

Así como en Sudáfrica, el 20 % o menos de la población blanca, dominaba al 80% de población negra, así en el Perú pasa lo mismo. Los sectores llamados C y D que son la mayoría del país, son dominados y explotados por una minoría que los discrimina y tiene el poder económico, cultural, religioso y comunicacional.

Para algunos miopes interesados, el “mestizaje peruano” es la prueba de que no hay racismo en el Perú, pero la discriminación sigue ocurriendo todos los días y afecta a la gran mayoría de peruanos y peruanas ¿Hasta cuándo?