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Una publicación de la asociación SER

¿El retorno de la leva?

El Servicio Militar (Obligatorio) y la agenda pendiente


Durante el siglo XIX una buena parte de la población rural, al igual que de la urbana, trató de escapar de lo que se conocía como la leva, el reclutamiento o “los penosos ejercicios del soldado”, en violentas redadas que no discriminaban menores de edad, trabajadores o extranjeros. Uno de los casos más dramáticos se dio en Huancavelica, donde en junio de 1852 se informaba que hombres y mujeres “buscan las cuevas para ocultarse en ellas”, dejando detrás de sí un pueblo fantasma, ante los rumores de la cercanía de los reclutadores. Los encargados de tal misión sabían de este tipo de estrategias, por lo cual habían ido mejorando sus técnicas, esperando a los potenciales conscriptos al final de la misa del domingo o haciendo redadas por las noches. Periódicos, juicios, novelas, diarios de viajeros y memorias personales están llenos de episodios como estos, donde hasta hace no mucho cientos o miles de peruanos fueron prácticamente secuestrados por la “leva” para servir al caudillo de turno en las innumerables guerras que se dieron en nuestra historia republicana.

Por supuesto, hoy no ocurre algo así y estas escenas nos son remotas y ajenas. Pero el reciente Decreto Legislativo 1146 que promueve el servicio militar por medio de un sorteo parece querer devolvernos al pasado. Tal como está diseñado, el actual servicio militar es un rezago de las levas del siglo XIX, y al igual que estas, comparten varios rasgos en común: afecta a quienes no pueden pagar la absurda multa impuesta a los infractores; abre grietas en el delicado edificio social y étnico del país; y aleja a las FFAA de la población civil, especialmente en un delicado escenario post-conflicto armado.

De manera similar a lo que ha venido ocurriendo en estos días, en el pasado se buscaron alternativas al reclutamiento forzoso. El antecedente más importante se dio en Lima en los años 1870, cuando la opinión pública se manifestó en contra del mismo luego de ver cómo los nuevos reclutas eran obligados a desfilar en condiciones deplorables por las calles de Lima. Esta protesta sirvió para que el régimen civilista realizara una reforma integral del hasta entonces brutal sistema de reclutamiento en tres aspectos.  Primero, se realizarían sorteos entre la población, pero la entidad encargada sería la municipalidad y no el ejército. Segundo, se reemplazaría la naturaleza coercitiva del reclutamiento por la exposición de beneficios de enlistarse, como tener un sueldo mensual y recibir el uniforme de forma gratuita. Finalmente, una vez licenciados, los reclutas podían decidir si volvían a la vida civil o permanecían en el ejército.

Medidas similares habían sido adoptadas a mediados de la década de 2000, cuando se incentivó la inscripción voluntaria, con soldados frente a los cuarteles informando sobre las ventajas de incorporarse al ejército y entregando folletos a los transeúntes. Pero este esfuerzo no fue continuado o no llenó las expectativas y hemos tenido que volver a discutir el servicio militar en términos de “multas” y “obligatorio”. Se trata de un tema recurrente desde el temprano siglo XIX porque es un problema recurrente, que no ha sido solucionado del todo y que vuelve cada cierto tiempo para ser solo pospuesto hasta el siguiente gobierno.

Al igual que el voto, el servicio militar debe ser voluntario. Al hacerlo obligatorio, se elimina cualquier posibilidad de que las instituciones castrenses se modernicen y ofrezcan alternativas para atraer jóvenes a sus filas. Considerando los problemas que han surgido en las últimas décadas, las FFAA podrían considerar algunas medidas para captar más personal como: hacer más visibles las ventajas efectivas que trae consigo el servicio militar; abandonar el discurso que reduce el patriotismo y “servir a la Patria” a ser militar; dejar de considerar a los cuarteles como reformatorios juveniles; reducir el tiempo de servicio; cambiar el concepto de “propina” por el de un sueldo; y mejorar el trato a los reclutas.

Nadie niega la importancia de contar con personal preparado para proteger el país en tiempos de guerra y paz. Pero ello implica también un diagnóstico efectivo de cómo conseguir dicha preparación, dejando atrás un afán compulsivo y la salida fácil de obligar a las personas a enrolarse en las instituciones castrenses, que ha sido la norma en el Perú republicano. De lo contrario, todos los esfuerzos que han venido realizando para superar la brecha entre las instituciones militares y la sociedad civil van a ser en vano.