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Una publicación de la asociación SER
Periodista y escritor. Con interés en la política y la cultura

El rey de España debe pedir perdón

El debate político latinoamericano ha dejado de ser monotemático. Luego de años de discusión sobre la crisis en Venezuela, el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha puesto otro tema en agenda: el reconocimiento de parte del Reino de España de los abusos cometidos contra los pueblos originarios del continente.

El 25 de marzo, en un vídeo difundido en su cuenta de Twitter desde Comacalco, lugar donde españoles y mayas pelearon hace 500, López Obrador anunció que había pedido por escrito al rey de España “que se haga un relato de agravios y se pida perdón a los pueblos originarios por las violaciones a lo que ahora se conoce como derechos humanos”.

Las reacciones no se han hecho esperar. El gobierno español rechazó “con toda firmeza” la carta de López Obrador. Mario Vargas Llosa dijo que AMLO “debió enviarse esa carta a él mismo”. Nuestro Premio Nobel de Literatura no tomó en cuenta que el propio presidente mexicano anunció que también pediría perdón “porque después de la Colonia hubo mucha represión a los pueblos originarios”. Demás opinantes en medios, cercanos a estas posiciones, calificaron de demagógico el pedido del presidente mexicano.

En el Perú, una voz autorizada como la Ruth Shady acaba de abonar a favor de la posición de AMLO. Consultada por el diario Correo, la destacada antropóloga señaló que si España no hubiera llegado al actual territorio peruano, “hubiésemos avanzado mucho más, porque a través del tiempo se estuvo produciendo conocimientos en ciencia y tecnología, que en la actualidad son admiración de otros especialistas en el mundo y que están llevando ese conocimiento para aplicarlo”.

Esta última reflexión puede ser considerada ucrónica. Pero al menos da pie a la comprobación de que la conquista española significó la destrucción de dos naciones grandes, desarrolladas y civilizadas, como la azteca y la inca; y otros pueblos que iban creciendo. Bartolomé de las Casas ya había denunciado esta situación hace más de cuatro siglos.

A partir de ese momento, se instaló un orden que persiste hasta hoy. El occidental sometió al indígena en lo político, lo económico y lo cultural. Las noblezas originarias fueron aplastadas luego de la rebelión de Túpac Amaru II. Este último hecho histórico fue el punto de inflexión para que las colonias tomaran el impulso decisivo de liberarse del yugo español en la primera mitad del siglo XIX.

Pese a esa liberación de la colonia, persistió un legado que no solo fue cultural. Quedaron las oligarquías (castas, como las llama Pablo Iglesias, el líder de Podemos; o “mafia del poder”, como las llama AMLO) que, pasados dos siglos de la independencia, continúan dominando en el continente. En la colonia, muchos españoles empobrecidos en su propio país migraron a América con la esperanza de encontrar mejores perspectivas en el “nuevo mundo”. Solo algunos lograron formar parte de dichas oligarquías, y otros de algunas clases medias. Un gran sector pasó a ser parte del “baile de los que sobran”, junto a los indígenas y los esclavos africanos. A pesar de las luchas de los pueblos latinoamericanos, estos grupos de poder siguen dominando, y ahora son funcionales al establishment y a intereses nada sanos.

Entonces, no es descabellado que el rey de España pida perdón. Su autoridad no solo encarna el pasado colonial, sino la instalación de un régimen que, pese a la transición democrática, fue impuesto por la dictadura de Francisco Franco. La misma que se impuso en una guerra civil (1936-1939) a un pueblo español que años atrás había decidido que ya no quería tener monarquía. Fue el régimen que persiguió a los derrotados, republicanos y comunistas. Estos tuvieron que huir, paradójicamente, a América Latina. Argentina y México fueron los países que abrieron sus brazos a la mayoría.

Uno de los descendientes de estos exiliados es el propio AMLO. Su abuelo, José Obrador Revueltas, militante comunista, fue uno de los miles de españoles que fue acogido en México por el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940). Por ello, se equivocan quienes ven en el pedido de AMLO una incoherencia en razón de sus ancestros: su familia fue víctima de la dictadura y la monarquía española.

El tiempo no se puede retroceder, y los países latinoamericanos ya siguen su propio camino, con pocos avances y varios retrocesos. La herencia cultural ha quedado, y esta se ha enriquecido con el aporte de los pueblos indígenas y de otros continentes que han llegado a estas tierras. Pero haría bien Felipe VI en reconocer que todo esto se hizo por la fuerza, y con consecuencias históricas no solo para los pueblos originarios, sino para aquellos que algún día fueron sus súbditos y echaron raíces en América. Los pueblos latinoamericanos merecen ese gesto para empezar a mirar adelante.