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Una publicación de la asociación SER
Doctor en Ciencia Social por El Colegio de México. Profesor y Coordinador de la Maestría de Sociologìa Unidad de Posgrado de Ciencias Sociales

El salvaje en la cultura

Hacia fines del siglo XIX, Berlín empieza a vivir una intensa modernización. Su ampliación territorial es el escenario físico que alberga nuevas formas de sociabilidad, que permite la aparición de nuevas necesidades y costumbres. Los nuevos inventos aceleran el ritmo de vida, el transporte es más veloz, los habitantes descubren nuevas diversiones y exigencias, al mismo tiempo que surgen nuevos personajes de la vida urbana. Esta ciudad transformada se inunda simultáneamente de papel impreso. Surgen importantes periódicos y textos de todo tipo estableciéndose una relación particular entre los habitantes de la urbe y la palabra impresa. Esta vinculación entre la ciudad geográfica y la ciudad textual a inicios del siglo XX (1900-1914) es la que estudia precisamente Peter Fritzsche en su muy interesante libro, “Berlín 1900. Prensa, lectores y vida moderna” (Siglo XXI, Buenos Aires, 2008). Parte de la propuesta de estudio de que “en la ciudad, la lectura y la escritura invitaban al movimiento y lo contenían” (15).

En efecto, la prensa escrita comenzó a cumplir diversas y nuevas funciones a las que antaño se le reconocían. En la Berlín modernapodía informar simultáneamente sobre las noticias locales, nacionales e internacionales, así como contribuir a que el ciudadano se pueda ubicar en el nuevo contexto urbano. Por ello,era usual encontrar en las páginas de los diarios guías que señalaban los recientes espacios creados en donde se podía disfrutar de nuevas diversiones (cines, bares, parques), así como daba cuenta de competencias de deportes (automovilismo, competencia en globos aerostáticos) que iban surgiendo de la mano de las nuevas invenciones y de las necesidades de las personas por encontrar respuesta a sus impulsos de aventura y vorágine. También informaban sobre los pequeños y grandes dramas de la gente común al mismo tiempo que relevaba los nuevos centros de venta de ropa de moda, contribuyendo a la definitiva instalación de la cultura de consumo en el modo de vida de los habitantes berlineses, para quienes ya constituía una parte fundamental de su vida cotidiana.

Como la ciudad había dejado de ser solo el centro otrora ya familiar, y existían nuevos polos en donde los berlineses tenían sus empleos o debían realizar otras de sus actividades diarias, el uso de los tranvías para trasladarse de un lugar a otro se volvió común, y al ser los trayectos largos el tiempo que los viajes consumían eran aprovechados para leer, especialmente periódicos. De esta manera, como sostiene Fritzsche, la vida de la ciudad entra en un movimiento nunca antes visto, el mismo que es estimulado por la propia palabra escrita, de la prensa especialmente. En resumen, lo que el autor nos deja en claro es que Berlín se convirtió en una ciudad invadida por la prensa y la lectura, en un foco cultural que atraía los nuevos conocimientos, propiciaba la creación de obras literarias y un confort de vida sin precedentes. El libro se detiene en 1914, es decir, el año en que estalla la Gran Guerra. Es entonces cuando aparece el otro lado que la modernización había ocultado.

En otro libro del propio Fritzsche, “De alemanes a nazis, 1914-1933” (Siglo XXI, Buenos Aires, 2012), podemos observar el largo proceso que empieza con el estallido de la Gran Guerra y concluye con la aparición del régimen nazi. Para el autor, “el nazismo fue la culminación de una revolución nacional que comenzó no con el colapso de la monarquía alemana en 1918 sino con el estallido de la guerra en 1914” (11), y precisa luego: “Dado que los apelativos nazi y alemán se utilizan de modos que sugieren una exclusión mutua más que clases equivalentes, la toma del poder por parte de los nazis oscurece el papel central que habían desempeñado los alemanes comunes en la insurrección nacional contra la República de Weimar y la legitimidad fundamental de la que gozaron los nazis como consecuencia de ello” (12).

De este modo, ni la humillación de la derrota, la Gran Depresión, la crisis de los partidos políticos y otras circunstancias explican a cabalidad las razones del triunfo del Partido Nacionalsocialista, sostiene el autor. “Los nacionalsocialistas cautivaron la imaginación política de casi uno de cada dos votantes, porque desafiaron el legado autoritario del imperio, rechazaron la visión basada en la división de clases de la socialdemocracia y los comunistas, y honraron la solidaridad a la par que sostuvieron el chauvinismo de la nación en guerra. Trenzaron así hábilmente las hebras de la izquierda y la derecha políticas, sin ser leales a los preceptos de ninguno de los dos bandos. Movilizando enormes energías y profundas expectativas de un nuevo comienzo, imaginando la nación como un cuerpo ferozmente nacionalista, capaz y dispuesto a ensangrentar las calles para realizar sus metas, los nazis tomaron el poder en enero de 1933, en lo que equivalió a una auténtica revolución nacional” (209).

Inmediatamente después de derribado el nazismo, intelectuales como Karl Jaspers se inquirieron “¿Qué nos pasó?”. Hubo desinterés, falta de valor, cómodo apoyo o quizás un secreto apoyo a ciertas posiciones como el antisemitismo. Ahora que conocemos las atrocidades del nazismo, nos podemos interrogar también ¿Qué pasó? ¿Cómo fue que un país de cultura, de pensamiento, que se modernizaba tan aceleradamente fuera capaz de engendrar un régimen como el nazismo? Es exactamente esta perplejidad la que trata de explicar Wolfgang Martynkewicz en su espléndido libro titulado “Salón Deutschland. Intelectuales, poder y nazismo en Alemania (1900-1945)” (Edhasa, Buenos Aires, 2013), partiendo de la pregunta que se hiciera HannaArendt sobre cómo explicar la atracción que ejerció el nazismo sobre intelectuales y artistas. Sostiene el autor que en general se parte de una premisa: que los cultos rechazan per se el uso de la violencia. Como si los intelectuales y artistas fueran garantes morales que preservaran a sus sociedades de las manifestaciones totalitarias. Por otro lado, se deduce que, supuestamente, los que ejercen el poder violentamente son ajenos a la apreciación artística e intelectual. Pero el nazismo demuestra que no es así. Al mismo tiempo que las élites cultas “no se dieron cuenta” de lo que estaba surgiendo y contribuyeron a la legitimidad del totalitarismo, los nazis apreciaban la cultura, es más, “interpretaban su política como la forma más elevada de cultura” (13).

Para desarrollar su explicación, Martynkewicz focaliza su atención en la casa de Hugo y Elsa Bruckmann, ubicada en Karolinenplatz 5, Múnich, precisamente el Salón Deutschland, porque ahí se realizaban veladas y exhibiciones artísticas del más alto contenido intelectual y estético con la presencia de los más destacados pensadores y artistas del momento como Rudolf Kassner, Stefan George, Thomas Mann y otros. En 1924, el propio Hitler visitaría la casa de los Bruckmann, también lo harían RudolphHess y Alfred Rosenberg, transformándolo todo. En estas circunstancias, ¿cómo se va conformando el campo cultural? ¿Qué papel le toca cumplir a los intelectuales? ¿La cultura es necesariamente la contención o domesticación del salvaje? Por lo que nos muestra la historia, especialmente la de Alemania en las primeras décadas del siglo XX, no.

Los tres libros rápidamente reseñados apuntan a advertirnos que no necesariamente las manifestaciones más oprobiosas de violencia, opresión e injustica encuentran obstáculos para surgir y desarrollarse en sociedades en donde la presencia del libro, la lectura y la escritura, el pensamiento y la expresión estética es amplia y distintiva. Reflexionemos sobre ello.