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Una publicación de la asociación SER
Doctor en Ciencia Social por El Colegio de México. Profesor y Coordinador de la Maestría de Sociologìa Unidad de Posgrado de Ciencias Sociales

El suicidio de Alan García, los partidos y la política

Con su suicidio, Alan García mató a toda su generación; y de paso enterró a una forma de hacer política en el Perú.

En efecto, la muerte del líder aprista es el epítome contundente de que las formalidades del ejercicio político basado en la oratoria demagógica, en mítines multitudinarios, y bajo símbolos e historia fundacionales, no van más. Ha caducado un estilo de ejercer el poder en el que el político usurpaba instituciones públicas para el beneficio propio y de su entorno corrupto. Más aun, la coartada de la política, que permitía el curso libre de la corrupción, ya no es posible de ser mantenida ante la fiscalización atenta y permanente de la opinión pública … aunque siempre habrá quien lo vuelva a intentar.

Los márgenes para dicho tipo de política se han estrechado de tal manera que el político acostumbrado a desenvolverse en él ya no tiene espacio para maniobrar sin ser expuesto al escarnio público y a su consecuente castigo penal. Los locales partidarios que parecían guaridas, los militantes tratados como asalariados y los electores vistos como consumidores tienden a desaparecer.

Todo este esquema en crisis es transversal, va de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo. Sin ideologías ni utopías solo ha quedado la predisposición de ganar-ganar a como dé lugar. Esto fue producto de que se despreció lo público y el interés colectivo, queriendo subordinarlos al bienestar individual y egoísta, sin tomar en cuenta que sin espacio público no puede haber interés público y en consecuencia tampoco una moral pública que privilegie la vida en sociedad. Bajo esta lógica, se abrieron las puertas de la corrupción sin control, obstáculos ni pudor (ahí están las exigencias de los corruptos de que le paguen puntualmente los coimeros, o “pruébenlo pues imbéciles”, por ejemplo).

Ante este panorama desolador se puede afirmar que los partidos se reoligarquizaron.  Aparentemente suena a una contradicción. ¿Cómo en el tiempo de mayor modernización vivida en las últimas décadas los partidos pudieron haber asimilado prácticas tradicionales? Pero así ha ocurrido. El bienestar material (relativo y segmentado) alcanzado por nuestra economía primario-exportadora bajo la lógica neo-liberal no ha tenido un correlato en la práctica y el ejercicio políticos, precisamente por la labor obstaculizadora de modernizar la política por parte de aquellos políticos que se beneficiaron de la manera descrita de ejercer el poder.

En comparación, estos partidos reoligarquizados ni siquiera tienen el aura de romanticismo que cubría a aquellos que signaron a la república de notables, por ejemplo. Salvo el civilismo, las demás fuerzas solo tuvieron vida mientras vivieron los personajes que les dieron sus nombres. Así como nada quedó del cacerismo, del pierolismo, del billinghurismo o del leguiismo, de igual forma, nada quedará del toledismo, del ppkausismo, del humalismo o del fujimorismo una vez muertos sus fundadores y líderes. Pero al menos, decía, los principales líderes de los partidos del tiempo oligárquico de principios del siglo XX mostraban valentía y arrojo; participaron en múltiples batallas defendiendo el territorio nacional, no dudaron en montar a caballo para protagonizar revueltas y montoneras, o para dirigir guerras civiles que pomposamente llamaban revoluciones. Ahora ni eso podemos ver en los dirigentes de la actualidad. Todo lo contrario, solo conocemos de prófugos, escondidos, auto-exiliados y de un huido-suicida.

Al igual que los partidos de la oligarquía, a los de nuestra actualidad no les interesan los programas políticos, las visiones sobre el país, y si estos son redactados es solo para cumplir una formalidad, para cubrir un requisito electoral. Ni antes ni ahora, esos programas orientaron la acción de los gobernantes.

En 1914, Víctor Andrés Belaunde denunció en su brillante discurso “La crisis presente”, lo que llamó “caciquismo parlamentario” connotando el predominio de los intereses privados en la representación política ejercida por los congresistas. Hoy no existen más los gamonales y hacendados latifundistas a quienes Belaunde criticaba, pero igualmente predominan los intereses egoístas, personales y de grupo; pero los del país y su futuro ni de lejos asoman en quienes tienen el deber de la representación política de los ciudadanos.

Como en los principios del siglo XX, en los inicios de este siglo XXI, vemos partidos (así se les dice) que en realidad son emprendimientos personales y familiares (Fujimori, Humala, Acuña). Si hace cien años eso podía ser admisible (por la escasa institucionalización de la vida política), hoy debería ser imposible de existir teniendo en cuenta la modernización material, la expansión de la educación y las cifras contables que a mi entender no significan crecimiento. Para que así sea se requiere haber construido antes un piso mínimo de ciudadanía, de acceso a los derechos fundamentales, desde la salud, la educación y la cultura hasta la vivienda, el trabajo y la justicia.

Hoy como ayer las fracturas sociales y culturales impiden hablar de una comunidad nacional constituida. El centralismo y el racismo, entre otros males, tienen su importante cuota en nuestras deudas históricas. En pleno siglo XXI no hemos aprendido plenamente las lecciones de la historia. Seguimos siendo un conjunto de ciudadanos que buscamos un país, y un Estado extraviado que no encuentra una nación.

Así, el Estado (es decir, los poderes ejecutivo y legislativo) se mantiene como una institución capturada, no ha variado su condición: antes por las familias oligárquicas, ahora por políticos inescrupulosos con agendas particulares. De igual forma, los problemas del país no desvelan a los gobernantes en ninguna instancia del poder nacional o sub-nacional (basta ver la cantidad de gobernadores regionales y alcaldes involucrados en delitos de corrupción). Han pasado tantas décadas y, de cara al Bicentenario de fundada la república, parece que no nos hubiéramos movido ni un ápice.

Quien rompió el molde oligárquico de los partidos políticos fue Víctor Raúl Haya de la Torre, forjando una estructura partidaria moderna y organizando una militancia disciplinada. Paralelamente y posterior al APRA surgieron otras fuerzas políticas como el Partido Comunista; hacia mediados del siglo XX surgieron nuevas expresiones políticas como Acción Popular, el Partido Popular Cristiano, y poco después la izquierda aglutinada en el frente Izquierda Unida. El advenimiento del fujimorismo significó el inicio de disolución del relativo y frágil sistema de partidos existente entonces. El ciclo iniciado hacia el año 1930 ingresó a su fase terminal con la degradación de la política impulsada por el fujimorismo.

Luego de derrotada la subversión senderista, que significó la militarización de las relaciones sociales, la lógica del mercado se constituyó en el eje de la vida social, se despolitizó a la política, la cultura se depreció y se vapuleó el papel positivo que pueden cumplir las identificaciones ideológicas. El 5 de abril de 1992 no solo fue disuelto el Congreso, también la importancia de la política como el espacio fundamental para constituir una comunidad nacional se disolvió. Convertido el país, bajo el discurso fujimorista, en una suma de individuos egoístas, la búsqueda del beneficio propio muy pronto encontró el acceso rápido por medio de la estafa y la corrupción. Así como surgieron las escuelas-negocio, aparecieron las universidades-negocio y los partidos-negocio. El Perú como un inmenso centro comercial informal; utopía de los corruptos.

De esta manera, con una esfera pública despreciada (¿quién se preocupa sobre las bases de la vida social?), sin cultura (¿qué aprendemos los ciudadanos luego de escuchar a la mayoría de nuestros políticos?), sin heroísmo (¿qué de épico tiene esconderse, fugar o suicidarse ante los problemas legales?), la propia política languideció hasta desvirtuar su propia naturaleza, que es lo hoy tenemos ante nuestros ojos.

El tiempo de la modernización de la vida partidaria iniciada a fines de los años 20 se fue marchitando inexorablemente. Luego del fujimorismo, los partidos políticos más antiguos han podido prolongar una vida sin calidad gracias a algunos de sus líderes pero a costa de negociar su presencia en la esfera pública por sus principios. Y aquellos partidos que surgieron durante los años 90 como el propio fujimorismo, y los que aparecerían después de él, solo han sido y son logotipos cambiantes que mutaron de nombres, dirigentes e ideas básicas (no tenían otras), tratando de sobrevivir en un mundo desconocido sin comprender los cambios sociales que observamos en la actualidad.

El tiempo de internet, de las redes sociales, de las actuales tecnologías, de jóvenes que no han vivido ni conocen las epopeyas de los partidos antiguos (ni les interesa saber además), han modificado radicalmente la audiencia a la que deben dirigirse los políticos. La palabra hablada y los gestos dramáticos ya no impactan en los nuevos ciudadanos. La organización partidaria tradicional ha dejado de ser eficaz, los símbolos y emblemas de identidad ideológica no seducen más. El candidato ya no puede provenir de esos esquemas. Estamos frente a una realidad que debemos interpretar y los políticos representar, pero ya no será por parte de los de la generación vigente. El problema es ¿de quién o quiénes van a aprender los políticos del futuro? El ejercicio de la nueva política deberá aclimatarse en una época distinta.

Irónicamente, la muerte auto-perpetrada por Alan García concluyó con el tiempo que inició su propio mentor, Haya de la Torre.