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Una publicación de la asociación SER
Antropólogo con maestría en ciencia política.

El valor de las palabras en la política

Foto: Andina

 

Pese a que el título podría sugerirlo, en este artículo no me interesa comentar nuestra enrarecida coyuntura política. Tampoco diré algo sobre la actual crisis con pocas salidas y resultado incierto. Me aparto momentáneamente de este panorama asfixiante de la mano del filósofo español Daniel Innerarity, autor de La política en tiempos de indignación (Galaxia Gutenberg, 2016). Glosaré algunas de las reflexiones que regala en este interesante texto.

Innerarity se aleja de quienes entienden la política como una actividad en la que se intenta imponer principios absolutos (esta es, dice, tarea de movimientos y organizaciones sociales, no de los políticos). Más bien, la política consiste en el encuentro (confrontación, negociación, diálogo, acuerdo) de actores con posiciones diferentes, encuentro marcado por la contingencia y en el que los políticos destacan por su “capacidad de reconocer lo que es posible en cada momento” (p. 101).

Para que esto se produzca, el instrumento principal es la palabra: “La política es una forma de hacer cosas con palabras” (p. 113), dice el autor, razón por la cual es objeto de sospecha, pues inmediatamente se piensa en políticos demagogos y embaucadores con su elocuencia (difícil no pensar en Alan García). Sin embargo, despojar a la política de esta herramienta la convierte en un espacio de fácil colonización por una tecnocracia experta o por discursos populistas.

Una de las formas en las que se emplea el discurso en la política es en “el combate por las palabras apropiadas… en muchas ocasiones el verdadero combate político consiste en ganar la batalla acerca de cómo nombrar o relatar ciertas cosas. Este es el contexto en el que se lleva el combate por ‘el relato’ acerca de un determinado acontecimiento o la utilización de eufemismos para nombrar una realidad. La confrontación política es una lucha por palabras, en torno a los modos de nombrar las cosas o salvar determinadas palabras del uso que de ellas hace el adversario” (p.121). ¿Terrorismo o conflicto armado interno? ¿Demócrata o populista? Son apenas algunas disputas que se observan en el contexto peruano. Pero el resultado –qué versión prevalecerá- depende más de la aceptación pública de alguno de esos relatos, y eso no es posible determinarlo de antemano.

Innerarity advierte que esta disputa tiende a ser sobreactuada debido a que en una democracia los políticos buscan la aprobación de un tercero (el pueblo, la ciudadanía, los electores), y para ello emplean “un estilo dramatizador y de denuncia”, que enfatiza lo polémico, la controversia, el desacuerdo (p. 143). O, en otras palabras, cuando “más se adentran las actitudes de la campaña [electoral] en el proceso legislativo más se debilita el respeto por el adversario y más improbables son los acuerdos entre competidores” (p. 150). El paralelo con el parlamento peruano es inmediato.

En este punto la reflexión del autor es contraintuitiva al afirmar que “definir las propias posiciones con el automatismo de la confrontación y mantenerlas incólumes es un ejercicio que no exige mucha imaginación”:

“Muchas experiencias históricas ponen de manifiesto, por el contrario, que los partidos dan lo mejor de sí cuando tienen que ponerse de acuerdo, apremiados por la necesidad de entenderse. Los mejores productos de la cultura política han tenido su origen en el acuerdo y el compromiso, mientras que la imposición o el radicalismo marginal no generan nada interesante” (p. 144).

El texto resalta la construcción de acuerdos como característica esencial de la política democrática: “Como siempre, la democracia es un equilibrio entre acuerdo y desacuerdo, entre desconfianza y respeto, entre cooperación y competencia, entre lo que exigen los principios y lo que las circunstancias permiten. La política es el arte de distinguir correctamente en cada caso entre aquello en lo que debemos ponernos de acuerdo y aquello en lo que podemos e incluso debemos mantener el desacuerdo” (p. 153).

Dije que no hablaría aquí de la coyuntura política peruana. Tal vez no me alejé demasiado, pues este atajo reflexivo permite apreciar el bajo nivel de nuestra política, de nuestros políticos (especialmente de los congresistas), y la necesidad de una profunda renovación sin la cual no podremos aspirar a un crecimiento democrático.

Twitter: @RivasJairo