Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

El valor de Piquillacta

Como parte de la enorme riqueza cultural que abriga Cusco, mayormente conocido por su pasado Inca y su emblemático patrimonio llamado Machu Picchu, sobresale Piquillacta, una de las ciudadelas pre incas que mejor se han conservado en el Perú. Perteneciente a la cultura Wari (entre los siglos VI al IX de nuestra era), se erige el Parque Arqueológico Nacional de Piquillacta, sobre un territorio de unas 50 hectáreas y a tan solo 30 kilómetros al sur de la capital de Cusco, en la provincia de Quispicanchis, en el curso del río Vilcanota, muy cerca de la laguna de Lucre. Lleno de mitos que persisten en el tiempo a través de generaciones, este sitio, ubicado estratégicamente, debió ser el límite sur altoandino de la presencia Wari en la zona de los Andes Centrales del Perú (junto con Choquepuquio)[1].

Unas 700 estructuras, 200 kanchas, 504 qollqas o almacenes y otras edificaciones conforman este patrimonio cultural que pudo haber albergado a unas 10 mil personas, mayormente mitimaes, según los investigadores. Algunos lugares sobresalen en importancia en Piquillacta: La propia ciudad de Piquillacta, como la sede aristocrática; Qaranqayniyuq, Choquepuqyo, Urpicancha, Amarupata (caracterizados por su fabulosa andenería y su sistema hídrico), Kunturqaqa (roca de los cóndores, de importancia ritual), Kañaraqay, Minaspata, Salitriyuq, Tamboraqay, y Rayallaqta, entre otros. La función que ejerció Piquillacta debió ser tanto ceremonial como residencial, permitiendo la convivencia de gobernantes, sacerdotes y trabajadores de diversas especialidades.

Al parecer, los Incas heredaron de los Wari una rica experiencia de planificación urbana[2], obras de ingeniería, sistemas de almacenamiento, tecnología hídrica y de andenes, así como la construcción de parte de lo que hoy constituye la ruta del Qapaq Ñan. Una de las zonas denominada Rumiqolqa sirvió en tiempos incaicos para extraer andesita, material usado para la construcción de las edificaciones más importantes de Cusco. Hasta hoy, se sigue explotando esa mina, con el consiguiente daño a las estructuras del sitio arqueológico y sin que se perciba un mayor control por parte de las autoridades competentes.

Piquillacta, aunque es visitado por un número importante de turistas (unos 500 al día, según los encargados de su custodia), requeriría potenciar su aprovechamiento como parte de un plan de gestión cultural de toda la parte sur de Cusco (Tipón, Andahuaylillas, Racchi, entre otros), junto con otras oportunidades culturales y turísticas. No es justo que la invalorable y vasta riqueza cultural que posee Cusco se vea opacada y aparentemente colapse cuando el acceso a Machu Picchu se ve afectado por razones diversas.

Quien visite Piquillacta podrá rápidamente sentirse impresionado de lo que fue una ciudad Wari consolidada en su estructura arqueológica, la gestión del agua y de los suelos, en esa ya conocida simbiosis de centro administrativo, económico, religioso y político.

Lamentablemente, falta mucho para lograr un justo aprovechamiento social y económico de Piquillacta, articulado al desarrollo sostenible de Cusco y a la generación de oportunidades de mayor bienestar para las poblaciones locales aledañas. Peor aún si la voracidad de las concesiones mineras llega a incluir áreas protegidas y zonas arqueológicas como esta, y si, como ocurre en la actualidad a vista y paciencia de las autoridades regionales y del sector Cultura, se sigue usando el sitio arqueológico como cantera para extraer minería no metálica (para construcción). Al parecer, es poco lo que ellas pueden hacer para frenar un deterioro que no solo deviene en pérdida de patrimonio, sino de lo que este significa para el fortalecimiento de la identidad cultural y el bienestar de las poblaciones locales. Una vez más, la ausencia de políticas culturales nacionales con sólida institucionalidad, con suficientes recursos económicos y con normas que promuevan y estimulen la protección y el aprovechamiento social del patrimonio impiden que importantes bienes materiales constituyan componentes claves del desarrollo local diversificado.


[1]Piquillacta se ubicó en un lugar elevado muy estratégico que les permito controlar hasta tres valles: al sur el valle medio alto del Vilcanota; al noreste con el valle medio bajo del Vilcanota y por el noroeste con el valle de Quispicanchis.

[2]Los hallazgos en Piquillacta muestran la magnífica planificación urbana wari, caracterizada sus estructuras geométricas armoniosas y las formas rectangular y cuadrada de sus edificaciones. que albergaron un importante número de artesanos y trabajadores que ocupaban la urbe.