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Una publicación de la asociación SER
sociólogo, maestro en ciencias sociales por FLACSO-México y doctor en sociología por la UNSAM-Argentina. Profesor de la UNMSM

Elogio al eclecticismo

Foto © Walter Hupiu Tapia

Según la Real Academia de la Lengua, la palabra “eclecticismo” cuenta con tres posibles significados: el primero, refiere a la adopción, en el obrar o en el juzgar, de una postura intermedia entre doctrinas o posturas diversas; el segundo, a la combinación de diversos estilos, ideas o posibilidades; y el tercero, a un sistema filosófico que procura la conciliación de las mejores doctrinas, aunque procedan de diversos sistemas.

Siguiendo el “espíritu” de la palabra que aquí nos ocupa, podemos ensayar un cuarto significado que concilie -y deje de lado- elementos de las definiciones arriba mencionadas. Podemos decir que el eclecticismo refiere a la actualización, en la reflexión y la acción, de las que consideremos -según nuestros objetivos- las mejores tradiciones políticas, combinando las corrientes de pensamiento y las prácticas que las caracterizan.[1] Proponemos este cuarto significado como respuesta al desafío de construir nuevas ideas políticas y discursos que impriman sentido al cambio social en el Perú. Esta es una tarea ineludible en la escena contemporánea, en donde el discurso neoliberal resulta ser cada vez más incapaz de sostener a un gobierno y a un Estado en crisis, pero que sin embargo no logra ser subvertido porque sigue ganando por “walkover”, pues aún no irrumpen las ideas y los discursos políticos que puedan derrotarlo.

El eclecticismo, como aquí lo definimos, tiene una primera virtud: rechaza los esencialismos o, para ser más claros, arremete contra todo dogmatismo, contra la creencia de que es posible un pensamiento o sistema filosófico autosuficiente en sí mismo para comprender y transformar la vida social. Practicar el eclecticismo nos permite superar la trampa del pensamiento único, evitar el error de asumir que pueda existir una única teoría o pensamiento político capaz de enrumbar el efectivo quehacer emancipador. En este error cayeron muchos de los que nos antecedieron, preocupándose por la ortodoxia, siendo incapaces de abrirse a otras formas de pensar, de sentir y de actuar. El aislamiento que sufrieron –y sufren- muchas organizaciones políticas está vinculado con esta forma de pensar y de actuar. El eclecticismo, por el contrario, nos demanda apertura, pues para combinar lo mejor de diferentes tradiciones políticas, hay que escucharlas, conocerlas, estudiarlas y practicarlas.

Si no es dogmático es porque el eclecticismo es una praxis situada. La riqueza de la combinación de las que identifiquemos como las mejores tradiciones para nuestros objetivos, se encontrará relacionada con la revisión crítica que hagamos de nuestro actuar. El eclecticismo –como aquí lo entendemos- no se restringe a la coherencia lógica de su quehacer, sino a las formas en que las tradiciones políticas son resignificadas y combinadas en la propia experiencia histórica. Así lo hizo, por ejemplo, el joven Mariátegui al hacer dialogar el marxismo con el vitalismo bergsoniano y con el indigenismo de los años veinte. El eclecticismo es creatividad, es saber combinar  y entretejer formas de pensar para orientar la acción política. Los “signos de los tiempos” son los que imponen los desafíos a la combinación, no la coherencia interna de sistemas filosóficos.                   

Pero evitemos una posible equivocación: elogiar al eclecticismo no es una invitación a la inconsistencia argumentativa o ideológica. Reconocer que nuestras reflexiones y postulados políticos siempre están permeados por contextos históricos (es decir, son relativos a determinadas situaciones) no supone renunciar al rigor. La riqueza de una combinación de tradiciones políticas estará relacionada también con el rigor analítico con el que se realice. Esto exige un estudio sistemático, para así identificar posibles combinaciones, con el suficiente rigor que permita dar consistencia a nuestra apuesta política.[2] El proceso boliviano nos puede dar algunas luces al respecto: la conformación del Movimiento al Socialismo, liderado por Evo Morales, estuvo marcada por la combinación de dos tradiciones políticas propias de dicho país: el nacionalismo revolucionario (producto de la revolución de 1952) y el katarismo. Esta combinación aportó a la construcción de una representación política para aquella diversidad sociocultural boliviana que buscaba dejar de ser invisibilizada por los grupos dominantes.

En estos aciagos días que vive el Perú, en donde la crisis de representación política ha tocado fondo, urge forjar nuevas ideas políticas, nuevas formas de comprender nuestro país para transformarlo. Una apuesta ecléctica nos puede ayudar en esta tarea, debido a su anti-dogmatismo, a su carácter situacional y al rigor que exige para ser consistente. Las acciones colectivas realizadas en estos últimos meses y semanas para defender la democracia nos ofrecen una oportunidad para reflexionar sobre nuestro actuar y, con originalidad, ensayar nuevas ideas políticas para el país.

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[1]   En nuestro país podemos hacer referencia a tradiciones políticas tales como el socialismo, el aprismo, el anarquismo, solo por señalar algunos ejemplos. 

[2]   Nuestras ideas sobre el eclecticismo se inspiran en los argumentos utilizados por Augusto Salazar Bondy al revisar el estado de la cuestión de la filosofía en Hispanoamérica allá por el año de 1968.