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Una publicación de la asociación SER

En el mar proceloso

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

José Ignacio Tavara Castillo

Una de las frases que escuché repetidas veces en mi adolescencia y que ha registrado mi mente y mi aprendizaje vital es que cuando el mar está agitado, el capitán del barco debe estar más sereno.

Vivimos hoy en nuestro país y quizás en el mundo entero esta terrible pandemia del llamado coronavirus. Millones de gentes amenazadas, cientos de miles de personas invadidas por un virus, una minúscula criatura -a la que los científicos miden en nanómetros- que se mete en tu organismo y te hace tal daño, especialmente en los cuerpos de ancianos y ancianas, que puede, incluso, llevar a la muerte.

Muchas veces a lo largo de su historia la humanidad, o sea nosotros, ha sido atacada y diezmada por epidemias y pestes frente a las cuales no se ha visto mejor defensa que la plegaria, los rezos, los rituales, los sacrificios, incluso humanos. Hoy, ni todos los avances científicos y tecnológicos pueden defendernos, protegernos de este, repito, minúsculo organismo.

Entonces, toca a todos volvernos capitanes de nuestro propio barco, nuestro cuerpo, nuestra vida, nuestra familia, nuestros ancianos, nuestra comunidad y, para decirlo con palabras mayores, nuestro país. En esta travesía nadie es grumete, todos tenemos un timón grande o pequeño en nuestras manos y todos tenemos alguien a quien cuidar, por quien velar, por quien inquietarnos y preocuparnos aunque él o ella no quiera que veles y se rebele, haga caprichos, salga a la calle o no cumpla las normas elementales.

La disciplina social

El gobierno ha tenido que tomar medidas drásticas, cada vez con mayor firmeza y dureza, medidas necesarias para enfrentar esta amenaza en acción. No siempre desde el principio esas disposiciones fueron acatadas, obedecidas como debieron serlo y, aun hoy, algunos siguen en desobediencia.

No obstante, por lo que veo en el barrio y me informan amigos y amigas de otros barrios de Lima Norte parece que la razón va reconquistando su espacio. Las calles lucen cada día más vacías, las gentes se mantienen cada vez más en sus casas. Ya no se escucha ni se ven esos correteos y asedios a tiendas, bodegas y puestos de mercados por personas en verdad asustadas buscando abastecerse en una previsión sin sustento. Como es fácil entender, las gentes que tienen la capacidad de provocar desabastecimiento no son los pobres que no tienen ni para la canasta básica, ni menos los pobres extremos que apenas si cubren los alimentos del día. Habrá, entonces, que buscar por otros lados.

La concertación y cooperación

Otra cosa que me ha causado grata impresión es la concertación cooperante entre los tres niveles de gobierno. Claro que llamar gobierno a muchas municipalidades y a varias regiones suena como palabra bastante grande en este país de Estado tan precario. Pero ése es otro cantar.

La generosidad de muchos y muchas

Así también son de resaltar en medio de esta batalla colectiva los ejemplos de personas, especialmente jóvenes, que se ofrecen para comprar los productos necesarios para personas que no puedan salir de sus casas; hijas que cuidan a sus madres, nietas que cuidan a sus abuelas, hermanos que se llaman de un continente a otro para saber cómo les va y para informar la gravedad de la situación.

En ese mismo sentido he leído comentarios, sugerencias y consejos al gobierno de parte de intelectuales economistas, gestores públicos, comunicadores y especialistas sociales, para ayudarle a encarar mejor esta situación.

Aprendizajes

“A cocachos aprendí…” nos enseñó Nicomedes Santa Cruz. Quizás ahora con estas muertes, estos sacrificios, estas dolencias y amenazas aprenderemos varias cosas.

1.  La disciplina social es un elemento básico de la convivencia. Desaprender aquello de que el individualismo es el norte del siglo veintiuno, de la vida moderna o ultramoderna. No me importa el otro, los otros, me basto yo. Pero sí me importan pues sin su actuación disciplinada -obligada o voluntaria- mi vida, en términos estrictamente biológicos, corre peligro. Y, al revés, mi conducta pone en riesgo la vida de los demás.

2.  El estado es necesario. No es el capital ni las fuerzas del mercado las que libran esta batalla colectiva. El mercado se hizo humo, la salud privada, los seguros privados, la empresa privada -motor del desarrollo- ¿dónde están? Han desaparecido, han huido, no dicen esta boca es mía, se lavan las manos treinta años ha. Los servicios estatales de salud y la seguridad social, tan denostados desde la década de los noventa, lideran esta batalla.

3.  La creatividad de mucha gente que a través de las redes sociales (no sé por qué las llaman así si la primera red social son las familias) ofrecen sus productos y sus servicios, o el ejemplo del vendedor de frutas que esta tarde no esperó en su puesto del mercado a los compradores, sino que fue por las calles ofreciéndolas.

4.  Finalmente, agradecer a los trabajadores y trabajadoras de la salud, a policías y soldados, a las personas del transporte público, de la limpieza pública, que con riesgo de sus vidas se esfuerzan por proteger las nuestras.  Y, por qué no decirlo, al presidente de nuestra Republica casi bicentenaria, y a su gobierno por el coraje que muestran capitaneando este barco en el que por fin, parece que vamos todos.

Agradezco a Javier Torres haberme animado a escribir estas líneas.