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Una publicación de la asociación SER

¡En sus marcas!

El Jurado Electoral ha confirmado nuestro temor: nada menos que ¡veinte candidatos postulan a la alcaldía de Lima! Crisis de propuestas y liderazgos, sin duda, que sólo aumentará el hartazgo y el escepticismo del respetable, que seguramente, se manifestará en mayor ausentismo e incremento de votos blancos y nulos en la jornada del 7 de octubre. De ellos, sólo seis pueden exhibir experiencia de gestión municipal: Belmont, Muñoz, Velarde, Gómez Baca, Zurek y Ocrospoma, otros, sólo intentos. En las hojas de vida de muchos de los miles de candidatos a alcalde a lo mejor luce oronda la frase: “ha sido candidato a alcalde tres veces”.

Ninguna ciencia social ha descubierto, todavía, el misterio de cómo los electores escogen al candidato ganador en una elección política, pues se van produciendo movimientos de subida y bajada en las simpatías hasta el mismo día de la jornada electoral, aunque, como los rayos, las encuestas no caigan dos veces en el mismo hogar para ayudarnos a entender las veleidades del peruano del común. Como se sabe, los demoscopistas, es decir, los expertos en estudiar el comportamiento humano mediante encuestas, han fracasado estrepitosamente en las últimas elecciones de Estados Unidos y de algunos países europeos.

Desde el lado de los ofertantes, se puede decir que no todo depende del marketing político ni del dinero como cancha, porque si esos fueran los factores determinantes, “la” Capuñay y Gagó, que vienen gastando en propaganda desde hace un año, deberían encabezar el favoritismo en las encuestas. El gran ejemplo de este fenómeno, entre nosotros, es el que protagonizó Fujimori en el verano del año 90 cuando le ganó al superfavorito Mario Vargas Llosa.

Pero sí parece más objetivo que en tiempos de la sociedad de masas y de revolución tecnológica, tengan una mejor performance los candidatos conocidos por aparecer en la televisión que los desconocidos en ese medio. No es casual, entonces, que a la cabeza de las encuestas vaya Reggiardo que, por años ha aparecido en la televisión con un programa propio; Cornejo que ha sido ministro y dirigente político del aprismo por décadas, Urresti, igualmente; o Belmont que, además de haber manejado el Canal 11, ha sido alcalde de Lima.

No es casual, tampoco, que en el fondo de la tabla se encuentren Diethell Columbus, Jorge Luis Villacorta o el señor Pablo Jacinto Silva Rojas, representante este último del FREPAP, sólo conocidos por familiares y amigos. Pero la cosa cambiaba si el FREPAP, cuyo símbolo es el pescadito y representa a la Misión Universal Israelita del Perú, hubiera escogido como candidato a la alcaldía de Lima al célebre “hincha israelita”, David Chauca Quispe, que se paseó con nuestra selección de fútbol en el Mundial de Rusia. Hoy sería el terror de los caseritos de las encuestas.

Claro, eso no se aplica en las sociedades rurales con distritos de menos de diez mil electores, donde todos más o menos se conocen cara a cara o conocen a la familia de los candidatos. Esa es una ventaja que no todos los politólogos advierten.

Grosso modo, los electores pueden ser clasificados en racionales y emocionales o en informados y desinformados. Como supondrá el lector, los emocionales y los desinformados son mayoría. Pero no son los mismos.

Los electores racionales son los que antes de decidir ponen en la balanza las ventajas y desventajas de los candidatos y sus ofertas. Se supone que los más educados son más racionales. Pero los educados, por lo mismo que tienen acceso a mayor información pueden tener muy poca confianza en el sistema político y en los candidatos y no ir a votar o votar en blanco o nulo y, por tanto, no participarán en la toma de decisiones que escogerá al nuevo alcalde.

Los electores emocionales serían los que anteponen factores como la simpatía que generan las virtudes reales o imaginarias del candidato, la parentela de los candidatos, su ideología política o las influencias del círculo cercano de sus amigos y familiares.

En el Perú, los desinformados lo son, no por irresponsables sino porque no tienen tiempo para informarse. Generalmente los más pobres de las ciudades, con empleos precarios y de muy bajos ingresos no tienen los medios ni el tiempo para informarse a profundidad. Pero esto es tampoco una ley de hierro, porque una trabajadora del hogar o un guardián pueden escuchar programas políticos por la radio y estar mejor informados que sus patrones que sólo se conectan al Facebook o al Twitter.

Los informados y racionales a veces coinciden en su escepticismo y están entre el 15% que ni siquiera va a votar o entre el quinto de los que votan blanco o nulo. Por ahora, todas las encuestas señalan que es más del 20% que no han escogido candidato o tienen intenciones de votar en blanco o anular, llegando a sumar el 40% según la encuestadora GFK. Veremos la evolución de los gustos de las mayorías.