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Una publicación de la asociación SER

Enfrentar el “terruqueo”

César, estudiante de mi Facultad, fue asesinado por Sendero Luminoso en el atentado de la calle Tarata, Miraflores. Era piurano. Su muerte fue cruel e incomprensible como tantas otras en aquellos años oscuros. Coco, amigo huancaíno, fue asesinado por el mismo grupo subversivo en el campus de la Universidad Nacional del Centro, donde estudiaba. Era voluntario de Cáritas y líder de una comunidad cristiana. Estas muertes me tocaron muy cerca, y son en parte responsables de mi rechazo visceral a Sendero y a cualquier forma de acción política que pretenda legitimar el uso de la violencia. Desde esas experiencias no tengo problema en sumarme a la consigna #TerrorismoNuncaMás.

Sin embargo, no me termino de tragar el discurso que señala que lo vivido en las dos últimas décadas del siglo pasado debe denominarse “terrorismo” a secas, y que las únicas víctimas son las “víctimas del terrorismo”. ¿Dónde ubicar, entonces, a Ernesto, otro compañero de la Universidad, detenido y desaparecido en 1990 por la Policía, y cuyo paradero no ha podido ser determinado hasta ahora? ¿Cómo denominar lo que vivió una escolar secundaria -¡una menor de edad!- que conocí en 1987 en Ayacucho y que, junto a su madre, había sido violada por miembros de la Guardia Republicana?

Menciono casos que conocí personalmente. Podría mencionar también las decenas de casos que me tocó escuchar de primera fuente cuando trabajé en el Consejo de Reparaciones, o citar también esas otras miles de historias que me tocó revisar en ese tiempo. Después de todo lo conocido, escuchado y leído en estos años, me queda claro que la denominación “terrorismo” describe lo que vivimos, pero es a todas luces insuficiente. Y por eso mismo, imponerla como única forma de aludir a ese período es pretenciosamente falsa.

¿Por qué se insiste tanto en ella? Mi impresión es que sus defensores intentan imponer una memoria que distingue sin distinciones a malos (los terroristas) de buenos (el gobierno, sobre todo de Fujimori, las fuerzas del orden). Sin embargo, la realidad, los académicos, las víctimas o las producciones culturales no comulgan con esta visión. Pero nada de eso les hace mella, y así, en vez de animarse a una comprensión de un fenómeno complejo, asumiendo las distintas responsabilidades que derivaron en el horror vivido, prefieren quedarse con su mirada maniquea, pues esta permite esconder justamente esas responsabilidades que no han querido ni reconocer o denunciar, menos reparar.

Como su versión de los hechos hace agua por todos lados, tienen que recurrir a la prepotencia contra quienes intentan una mirada más integradora de la época de la violencia. Esta es la verdadera naturaleza del ”terruqueo”, que se esgrime con violencia contra toda expresión que cuestione el discurso que se pretende imponer. Hoy se dirige contra el Lugar de la Memoria y contra José Carlos Agüero (¡mi solidaridad con ambos!). Antes fue la CVR, mañana puede ser cualquier otro el blanco de la furia terruqueadora. Pese a su aparente fuerza, sobre todo porque es respaldada por la primera minoría en el Congreso, se trata en realidad de una posición débil pues se basa en medias verdades y muchas mentiras. Toca enfrentarla una y otra vez para desnudar su naturaleza autoritaria y discriminatoria.

Después de tanto sufrimiento, como país nos merecemos una reflexión serena sobre lo ocurrido, no chillidos agresivos que avanzan a punta de atarantar a quienes no se someten al pensamiento único. Son y seguirán siendo minoría. Y a largo plazo, una memoria crítica, que asuma las complejidades de un período difícil, ganará terreno, pese a que la estridencia de los negacionistas a veces indique lo contrario.

 

Twitter: @RivasJairo