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Una publicación de la asociación SER

Estamos juntos en esto

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Jorge Frisancho

“No hay tal cosa como ‘la sociedad’, solo hay individuos”. El famoso dictum de Margaret Thatcher ha estado en el corazón del régimen neoliberal desde sus inicios, aun cuando no siempre se enuncie con tanta crudeza. Destilada de las ideas de Von Hayek y la propaganda de la Sociedad Mont Pelerin, esa compacta frase quiere hacer aparecer a todos los miembros de la especie, en última instancia, como agentes en conflicto y competencia, con intereses estrictamente individuales y por necesidad opuestos a los de los demás. Busca naturalizar, otorgándoles absoluta intransigencia ontológica, modos de vida que son en realidad el resultado de una contingencia histórica (y son por eso mismo susceptibles de transformación radical: esa posibilidad es precisamente lo que se oculta).

Desde esa mirada, lo colectivo solo puede imaginarse como un agregado de necesidades y deseos esencialmente desvinculados entre sí, conectados apenas por su mutua y momentánea conveniencia. Podemos negociar alianzas o encontrarnos en ellas en virtud de las circunstancias, nos dicen los que ven así las cosas, pero en el fondo, estamos solos. El hombre, lobo del hombre. El otro es el enemigo.

En el Perú, estamos acostumbrados a escuchar variantes vulgarizadas de esta formulación de la boca o la pluma de señorones que despotrican del “colectivismo” cada vez que olfatean una amenaza a su estatus y sus privilegios, de aquellos promotores del “capitalismo popular” y de los apologetas del “emprendedurismo”. Este blablablá es hace años parte de nuestro tráfico comunicativo y ya no nos hace ruido. En tiempos como los que corren, sin embargo, es difícil no percibir su vacuidad y su malevolencia. Las dejan al desnudo los escurridizos neoliberales que, inmersos ya sin retroceso en el absurdo de sus compromisos ideológicos, proclaman que se debe dejar a los individuos encargarse de su propia salud en medio de una pandemia, y se oponen a las restricciones de la libertad de reunión o el libre tránsito pues “cada uno puede cuidar su cuerpo mejor que el burócrata de turno”.

Confrontada con una crisis como la presente, la insensatez de esa perspectiva queda en abrumadora evidencia. Incluso si uno fuera a aceptar sus términos sin problematizarlos y asumir la noción del “propio cuerpo” como basamento de la consideración moral, lo que dicen no tiene sentido. En el contexto actual, “cuidar del cuerpo” no es hacer calistenia y comer ensaladas. Para cuidar del cuerpo debidamente ante la arremetida de este virus nuevo y altamente contagioso, contra el cual no hay inmunidad entre la población, “cada uno” tendría que tener conocimientos de epidemiología y bioquímica, entender cómo funciona del sistema inmunológico humano y saber cómo se comporta específicamente el Covid-19, del que se sabe tan poco todavía (y que muta al pasar por distintas poblaciones, como todos los de su tipo). “Cada uno” tendría que estar al tanto de todos los pormenores e implicancias de su propia historia clínica, visualizar la red de sus contactos con otras personas y la de estas con cientos de personas más, y calcular la probabilidad de que cualquiera de ellas, sin síntomas de ninguna clase, haya podido ser vector de la infección. Eso entre muchas otras cosas, sin mencionar cuán metódico, responsable y disciplinado tendría que ser “cada uno” para aplicar esos saberes de modo efectivo. En términos prácticos, la idea es ridícula.

Pero en realidad ese no es el problema. El problema es que la premisa es falsa. La idea del cuerpo como la unidad mínima e inviolable de la persona es potente y útil, y sin duda ha dado frutos valiosos en la historia moderna y contemporánea. Pero no es conveniente olvidar que se trata de una metáfora; no es conveniente olvidar que no somos en realidad cuerpos que existen con independencia unos de otros, como islas inmunes e impolutas, sino cuerpos que se relacionan entre sí y con su entorno de forma permanente e inescapable, al punto que esa trama de relaciones constituye nuestra verdadera naturaleza. Por eso, incluso si fuera viable que “cada uno” reúna las condiciones necesarias para “cuidar del cuerpo” en tanto que individuo, serviría de muy poco: para contener la pandemia, todos tenemos que cuidar todos los cuerpos, en tanto que colectivo.

Una situación extrema como la que enfrentamos hace imposible disfrazar con ideología esta realidad: a nuestro nivel más elemental, en nuestro grado cero, somos un intercambio continuo, incesante, indetenible, de moléculas y sustancias; desde el punto de vista de nuestra mera materialidad, ese intercambio es parte fundamental de lo que significa estar vivo. Covid-19 nos obliga a esa constatación, y lo que se deriva de ella me parece evidente. Organismos que en un plano tan básico y profundo se encuentran tan imbricados, no se están viendo a sí mismos realmente si se ven solo como individuos; la individualidad no es, no puede ser, la definición última de nuestra existencia porque no es la definición última de nuestra biología. Biológicamente, nunca estamos solos. Estamos juntos en esto.

Y a ese mismo nivel elemental, en ese mismo grado cero, lo que llamamos una sociedad es el territorio en el que se suceden, se hacen hábito y se regulan tales interacciones: es donde nos damos la mano, donde nos hablamos mirándonos el rostro, donde nos aglomeramos y nos abrazamos. La sociedad es el lugar que compartimos incluso con aquellos que creemos haber dejado fuera, del otro lado de nuestros enrejados y murallas; es el lugar inescapable y necesario en el que nos debemos mutuamente, inevitablemente, solidariamente, el cuidado de todos los cuerpos. Es sobre ese fundamento de solidaridad colectiva que debemos construir nuestros modos de vida, nuestras normas, nuestra moral, inclusive nuestra economía, pues al darle la espalda para erigir estructuras y procesos que lo niegan, el riesgo que corremos es un riesgo de muerte. Eso nos enseña ahora esta situación extrema.

De lo que hagamos con esa lección dependerá —si no hoy, mañana— nuestra supervivencia.