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Una publicación de la asociación SER

Golpe y contragolpe

Foto: Andina

Alfredo Quintanilla

La crisis política se veía venir. A la crisis sanitaria, que ha provocado 10,500 fallecidos por el Covid-19 y el triple de no diagnosticados, y la parálisis económica, que ha lanzado a la pobreza a millones, nuestro sistema político no podía pasar la tormenta como si nada. Entre los de abajo hay tensión, temor, confusión, desorden, la tentación del “sálvese quien pueda” y también ganas de patear el tablero. Todo eso también afecta a gobernantes y políticos. Después de todo, la responsabilidad de los que elegimos en enero, es ayudar a buscar la salida a la catástrofe.

Pero al gobierno no le gustó que el Congreso tomara algunas iniciativas como que los asegurados en las AFP pudieran retirar parte de sus fondos o que propusiera el congelamiento de los préstamos o que invitara a algunos ministros a rendir cuentas de su trabajo. El gobierno exigía y exige unidad nacional y política detrás de él, aunque durante dos meses cerró las postas médicas y puestos de atención primaria, tuvo que sacar a su ministro del Interior tras descubrirse corrupción en compras de equipos de protección para la policía, y su acuerdo con las clínicas privadas fuera decepcionante. La prensa, ya se sabe, optó por el camino fácil de señalar a los impresentables del Congreso y ha creado en la calle un clima adverso contra “los políticos”, como si el presidente y sus ministros no lo fueran. Las encuestas muestran esa clara preferencia.

Un momento de tensión ocurrió cuando el gabinete se presentó ante el Congreso de los elegidos por la ciudadanía a rendir cuentas por su gestión desde el cierre abrupto de la anterior legislatura, y presentar sus planes. Algunas bancadas anunciaron su voto en contra de darle la confianza, por lo que tendría que renunciar. La frustración de la gente se vio reflejada en las intervenciones parlamentarias. Después de todo, son representantes de la ciudadanía. Sin embargo, el periodismo, que en ese momento le reclamaba al presidente porque en sus conferencias de prensa no dejan hacer preguntas directas, sólo informó de poses destempladas y agresivas. Y cuando los observadores esperaban muchos votos en contra y abstenciones, resultó que el Congreso, oportunista, le dio su voto de confianza por amplio margen.

¿Ocurrirá eso ahora? ¿Sólo son amagues, amenazas y nada más? ¿Se someterá el Congreso a los deseos presidenciales? ¿Habrá convocatoria a elecciones y aquí no pasó nada? Nuevamente, los que cuentan la película están del lado del presidente, cargan contra el Congreso, pero esta vez la confrontación ha escalado y el terreno se ha vuelto resbaladizo.

Desanima ver pelearse a los políticos del Congreso y del gobierno cuando la gente reclama que no estorben y les ayuden a luchar contra la enfermedad y la miseria. Cuando los de abajo hace más de un mes decidieron poner fin a la cuarentena y salir a búscarselas a las calles, el candidazo pintón, azuzado por la prensa, se dedicó a reprimirlos, mientras el presidente aseguraba que las muertes bajarían y entregaría el mando a su sucesor el 28 de julio del próximo año.

Pero la reacción popular, que no miden las encuestas porque no hacen las preguntas clave, está pasando de la angustia y el hartazgo a la furia. Crece silenciosamente el deseo de hacerse oír, pero no a la manera de las masas estadounidenses, sino más bien a la de los chilenos en las calles. Eso es lo que captan algunos candidazos en el Congreso que levantan el tono y reaccionan con el hígado ante la provocación presidencial. Porque, como ha dicho un periodista ponderado como Mauricio Fernandini, después de la reacción del presidente del Congreso anunciando la reconsideración de la votación sobre el asunto de la inmunidad parlamentaria, el tono del presidente de la República en su mensaje no fue precisamente el del diálogo, cuando se sabía que sólo le tocaba cumplir con la convocatoria a referéndum prevista en la Constitución.

Ciertamente la respuesta del Congreso, exceptuando algunos pocos sensatos, debilita al sistema político en su conjunto y en particular a él mismo y pone una gran interrogante: ¿habrá convocatoria a elecciones o se repetirá el escenario del cierre del Congreso? Porque si el ánimo ciudadano es de suma impaciencia y exige mano dura, no está del lado del Congreso y mañana más tarde alguien podrá decir, como se dijo un ¿lejano? 5 de abril, que las circunstancias obligaron y que la historia juzgará.