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Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

González Prada, hoy

 

La Casa de la Literatura Peruana, que dirige Milagritos Saldarriaga, ha tenido la buena idea de publicar el discurso de Manuel González Prada “El intelectual i el obrero” en formato libro. El producto ha resultado un objeto gráfico sorprendente y bello, por cuya producción debemos felicitar a Carlos Risco, Jenny La Fuente y Dante González. En estos tiempos en que la cultura letrada sobrevive a duras penas ante los embates de la cultura audiovisual que tiene atrapada a nuestra juventud, pendiente de memes, clips y mensajes de 140 caracteres, resulta refrescante y esperanzador saber que este artefacto, fiesta de color y envoltura festiva, que ha transfigurado un texto breve de nueve páginas en uno de 84, en letra grande, grandísima y traviesa, pueda seducir a nuestros jóvenes para que conozcan a uno de nuestros intelectuales más fecundos. Es una edición tan innovadora que recuerda la de 5 metros de Poemas de Carlos Oquendo de Amat de 1927.

Hay que recordar que Don Manuel fue un intelectual con un enfoque distinto de su misión, respecto de sus contemporáneos. La poesía le posibilitó aprender el diestro manejo de la palabra como medio de comunicación que, en su madurez, quiso convertirse en acción política y transformadora. Fue la infausta Guerra del Pacífico, el hecho traumático que lo transforma. Vuelve sus ojos sobre el indio para reivindicarlo como raíz y cuerpo de la Nación, cuando la mayor parte de sus colegas tenían un racismo tan naturalizado que lo veían como una carga y una vergüenza. Su palabra, entonces, se convierte en arma filuda por la claridad de sus ironías y de sus sarcasmos.

Don Manuel adquirió fama, entre sus pares sociales, de ser un hombre “conflictivo”, como diríamos ahora. Y ¿por qué? Porque no tenía pelos en la lengua, porque al pan decía pan y al vino, vino. Pero no era una franqueza o ironía cualquiera la de su verbo. No, lo trataron de resentido social y hasta de incendiario porque era, según nuestro lenguaje actual, un “antisistema”, es decir, alguien identificado con los de abajo, particularmente con los indios, que quería producir un cambio profundo en las relaciones de poder en la sociedad. Por eso no formó escuela ni corriente de opinión en la generación que le sucedió, sino en la de sus nietos. Fue el maestro de la generación del Centenario, que tantos cambios en la vida intelectual, social y política propició y realizó. Fueron sus discípulos Víctor Raúl Haya de la Torre, Abraham Valdelomar, César Vallejo, Pedro Zulen, José Sabogal, José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez, entre otros.

El discurso publicado fue pronunciado delante de los obreros de la Federación de Obreros Panaderos, Estrella del Perú el 1° de Mayo de 1905, suscita algunas notas de reflexión: una primera es que es una suerte de programa, una perspectiva, el trazado de unos lineamientos para cambiar al Perú, cuyos actores deben formar una alianza: la de los trabajadores manuales e intelectuales, como la plasmó Haya en el programa aprista o la alianza obrero-campesina de la que hablaron ese mismo año durante la primera revolución rusa, Lenin y Trotsky. Una idea, completamente nueva que persuadió y hasta encantó a los jóvenes universitarios de la década siguiente.

Una segunda, es que expone de manera gráfica, pedagógica y en un bello lenguaje la igualdad o imbricación entre el trabajo manual y el trabajo intelectual, no sólo como aspiración sino como realidad actuante. Leamos:

“Ustedes (nos dirigimos únicamente a los panaderos), ustedes velan amasando la harina, vigilando la fermentación de la masa y templando el calor de los hornos. Al mismo tiempo, muchos que no elaboran pan velan también, aguzando su cerebro, manejando la pluma y luchando con las formidables acometidas del sueño: son los periodistas. Cuando en las primeras horas de la mañana sale de las prensas el diario húmedo y tentador, a la vez que surge de los hornos el pan oloroso y provocativo, debemos demandarnos: ¿quién aprovechó más su noche, el diarista o el panadero? Cierto, el diario contiene la enciclopedia de las muchedumbres, el saber propinado en dosis homeopáticas, la ciencia con el sencillo ropaje de la vulgarización, el libro de los que no tienen biblioteca, la lectura de los que apenas saben o quieren leer. Y ¿el pan? símbolo de la nutrición o de la vida, no es la felicidad, pero no hay felicidad sin él… Si el periodista blasonara de realizar un trabajo más fecundo, nosotros le contestaríamos: sin el vientre no funciona la cabeza; hay ojos que no leen, no hay estómagos que no coman.”

Una tercera idea es que Don Manuel les enseña a los políticos de los años 20 lo que un ilustre marxista italiano de esos mismos años, Antonio Gramsci, definió como “el intelectual orgánico”, es decir, un leído, un ilustrado, que renuncia a los privilegios de su profesión o condición social, para comprometerse con los de abajo, proletarios y campesinos. No escribe tratados, escribe artículos, da discursos, transforma su círculo literario en un partido, se hace anarquista, combate a oligarcas y a un clero que sólo predicaba sumisión y resignación para los de abajo. Arroja sus semillas a diestra y siniestra y va a tener amigos obreros como Manuel Caracciolo, Teodomiro Rodríguez, Delfín Lévano, Manuel Astete, Francisco Loayza, Félix Arias. Siguiendo esa estela, seguramente, la Casa de la Literatura presentó el libro en Vitarte, un lugar de tanta resonancia histórica en las luchas del proletariado peruano y tuvo como invitados a decenas de veteranos dirigentes que, junto con todos los presentes, se llevaron un libro de regalo.

Por último, el libro despierta la conciencia de una extraña actualidad de González Prada a cien años de su fallecimiento. La explosión de la ira popular en Chile ha despojado de la connotación sangrienta y caótica a la palabra revolución. La protesta masiva y pacífica de los jóvenes “ninis” (que ni estudian ni trabajan) a las que se pliegan indígenas, obreros, artistas, feministas y hasta jugadores de fútbol, consiguen reformas efectivas en el sistema político en pocos días que durante décadas no pudieron plasmarse por la dinámica de las fuerzas políticas en la transición post Pinochet. Falta saber si conseguirán los cambios profundos que exigen en la dinámica económica, esos de los que habló Prada en ese discurso:

“…la Humanidad cesa de agitarse por cuestiones secundarias y pide cambios radicales. Nadie espera ya que de un parlamento nazca la felicidad de los desgraciados ni que de un gobierno llueva el maná para satisfacer el hambre de todos los vientres (…) Subsiste la cuestión social, la magna cuestión que los proletarios resolverán por el único medio eficaz: la revolución. No esa revolución local que derriba presidentes o zares y convierte una república en monarquía o una autocracia en gobierno representativo; sino la revolución mundial, la que borra fronteras, suprime nacionalidades y llama la Humanidad a la posesión y beneficio de la tierra (…)”

Pero también advierte contra los demagogos que trafican con la palabra revolución:

“Toda revolución arribada tiende a convertirse en gobierno de fuerza, todo revolucionario triunfante degenera en conservador... El descrédito de una revolución empieza el mismo día de su triunfo; y los deshonradores son sus propios caudillos.”

Uno no puede dejar de pensar en los traidores orteguistas y maduristas.