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Una publicación de la asociación SER
Doctor en Ciencia Social por El Colegio de México. Profesor y Coordinador de la Maestría de Sociologìa Unidad de Posgrado de Ciencias Sociales

Gonzalo Portocarerro y su urgencia por encontrar la nación

Gonzalo Portocarrero falleció el 21 de marzo de este año, a los 69 años de edad. Cronológicamente, perteneció a la generación post-oligárquica, la de los años 70, aunque mantuvo diferencias con sus coetáneos, tanto en la política como en la vida académica. En lo que hay consenso es en que su trayectoria como sociólogo fue intensa, y una mirada a ella nos muestra la pasión con la que buscó lo que debería constituir el núcleo definitivo de sus preocupaciones conceptuales y temáticas.

En sus indagaciones intelectuales, Gonzalo pasó de la infraestructura a la superestructura; de la economía a la complejidad de la subjetividad, pero siempre provisto de amplias lecturas y agudo sentido crítico para el análisis. Sus estudios fueron desde los temas económicos bajo la perspectiva marxista, la coyuntura política, la historia política (De Bustamante a Odría), las mentalidades (para lo que buscó hacer dialogar sociología y psicoanálisis, proyecto claramente expresado en su ensayo “Culpa sin castigo, castigo sin culpa”), hasta arribar al análisis de los intelectuales que pensaron en la nación. Estas estaciones intelectuales nos indican su búsqueda por encontrar el lugar desde el cual desplegaría el oficio de sociólogo.

En los años ochenta, en la Universidad Católica, la amistad y cooperación intelectual de Gonzalo con el historiador Alberto Flores Galindo sería fundamental, aunque cada uno tenía su propia personalidad intelectual. Mientras Flores Galindo era vehemente y con vocación totalizadora; Gonzalo por el contrario era pausado y prefería el análisis profundo del objeto que estaba estudiando. Si los textos de Flores Galindo buscaban dialogar con la política, los de Gonzalo se mantuvieron en el ámbito académico; pero ambos autores produjeron textos impecables, que motivaban la reflexión intelectual, y el debate en las ciencias sociales.

Un afán que unió a Gonzalo y Flores Galindo fue seguir el rastro dejado por Mariátegui, esto es el de incorporar el psicoanálisis en el estudio de lo social (que significaba reconocer su lugar al individuo en la vida en sociedad) y, a partir de esa premisa, desplegar una serie de iniciativas que después incluirían en sus agendas de investigación, y que involucraban a sus alumnos y colegas.

Políticamente, también eran distintos: Flores Galindo era la de un ideólogo tanto en su lectura de la realidad peruana como en sus propuestas políticas; Gonzalo prefería observar la actividad política desde el lente del sociólogo sin involucrarse en las pasiones políticas. Aun así, a pesar de esas diferencias, ambos fortalecieron permanentemente su cooperación académica (fundaron SUR junto a otros intelectuales como Nelson Manrique e Inés García, por ejemplo, y su revista Márgenes) basada en una amistad que solo la muerte de Flores Galindo llevó a su fin.

En efecto, ya sin poder contar con Flores Galindo, Gonzalo siguió en sus pesquisas fundando primero Tempo (Taller de Estudios de las Mentalidades) y luego el grupo “de los zorros”, en alusión a la obra de José María Arguedas en los que incorporó a discípulos y otros colegas como Rafael Tapia y Carmen María Pinilla, entre otros. Sus reflexiones sobre Sendero Luminoso y las consecuencias que produjo sobre los peruanos (que es lo que le preocupaba a Gonzalo especialmente), y en las que introdujo la mirada autobiográfica, exponen muy bien su indagación intelectual: el impacto de hechos traumáticos, como los vividos en los tiempos del senderismo, en los sujetos. Es decir, en sus miedos, afectos, esperanzas, proyectos de vida, frustraciones.

Gonzalo fue un sociólogo que buscó internalizarse en las vivencias de los individuos, para a partir de su conocimiento volver a entender a la sociedad como producto de ellas. Para tal fin movilizó todos sus recursos académicos tratando de llegar a una explicación densa uniendo la literatura, el arte plástico, el cine, la historia, la política, el psicoanálisis y, por supuesto, la sociología.

De alguna manera, se puede decir que Gonzalo trató de indagar en las pasiones y en las subjetividades de los peruanos para acceder al entramado moral que sostiene a la nación peruana. No era un intelectual moralista en el sentido de ofrecer recetas de lo que debería ser el buen comportamiento del ciudadano, sino en el de obtener el conocimiento más aproximado posible, sin juicios de valor, de esa esfera íntima de los individuos que se traduce en cosmovisiones y genera acciones. Gonzalo examinó los sentimientos de odio, la el amor, la rebeldía, entre otros; así como los males nacionales como la corrupción, el racismo, la discriminación. Sus artículos periodísticos en los que trató de encontrar interpretaciones creíbles sobre los fundamentos del comportamiento de nuestros políticos son sumamente sugestivos. Pero sospecho que los sujetos de estudio no los leyeron; una pena.

Los títulos de los dos últimos libros de Gonzalo, La urgencia por decir "nosotros". Los intelectuales y la idea de nación en el Perú republicano, de 2015, e Imaginando al Perú. Búsquedas desde lo andino en arte y literatura, de 2016, nos dicen de sus afanes intelectuales postreros. Quería encontrar la nación, sentía íntimamente esa urgencia, la imaginaba y la buscaba desde diferentes vías.

Nuevamente, la sociología peruana ha sufrido un duro golpe con la partida definitiva de Gonzalo, su ausencia de suma a las de Aníbal Quijano y Julio Cotler, recientemente desaparecidos. La academia y la propia disciplina tienen arduo trabajo para mantener y elevar sus cotas de calidad.

No quiero terminar estas líneas de recuerdo sin decirle a Gonzalo un sincero gracias. Gracias porque él fue quien me dio el impulso necesario cuando iniciaba mis investigaciones sobre intelectuales; es más, puedo decir que su estímulo fue decisivo en mi derrotero como sociólogo. Creo que nunca se lo dije; espero que ahora sí lo sepa.