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Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

Hace ocho años, PPK

Hace exactamente ocho años, cuando empezó a pisar a fondo el acelerador de su campaña de candidato a presidente de la República, cuando comandaba un arco iris de políticos que nos querían salvar del dilema Keiko-Ollanta, PPK escribió en el diario Correo, una suerte de diagnóstico del país que prometía transformar, titulado “El Perú y sus tres tercios”.

Era un diagnóstico que, no por obvio en sus descripciones, dejaba traslucir una cierta sensibilidad en alguien que paseó su adolescencia por internados ingleses y suizos, su juventud por bancos de Wall Street y su madurez por despachos ministeriales. “El primero, decía, es el tercio de la población que vive debajo de la línea de pobreza, con menos de S/. 6 por habitante por día. Son 10 millones.” Y luego se preguntaba “Qué significa vivir con S/. 6 al día?” PPK imagina con certeza: “Vivir del (sic) día a día, sin saber de dónde llega la plata mañana; no saber qué trabajo se tendrá mañana; acostarse con hambre; tener un piso de tierra en la casa, sin techo sólido; no tener ningún seguro médico, morirse con cualquier enfermedad, perder los dientes y, lo más importante, no poder darle[s] a los hijos un futuro promisorio”.

Lo que sí llama la atención es su descripción del segundo tercio: “El siguiente tercio son los mismos 10 millones de peruanos (sic) que no tienen agua y desagüe en su casa. Toman agua sucia del arroyo, la acequia o el camión cisterna; los chicos se enferman con diarrea; la mortalidad infantil, que se debería evitar, lamentablemente sigue…” Y promete, entonces: “Tenemos un plan para que la gran mayoría de los peruanos cuenten con agua y alcantarillado a un costo razonable”.

“El último tercio representa a los que tienen trabajo remunerado, en planilla, con seguro de salud y jubilación para su vejez”. Y concluye que “esta tristísima situación es el resultado de las inevitables políticas de reajuste económico de los años 90, después de la hiperinflación del final de la década anterior”, criticando y no criticando a Fujimori y su revolución neoliberal, diciendo que era inevitable, aunque sus resultados fueran desastrosos para esos dos tercios. Pero no importa, había razones para el optimismo: “el auge de las exportaciones, el desarrollo de la construcción, la industria [¡!] y los servicios, la impopular pero muy necesaria disciplina fiscal [la suya durante el gobierno de Toledo]; todo ello ha cambiado al país.”

Este recuerdo no tiene el propósito de hacer burla por el tercio ausente y menos, hacer un inútil ejercicio ucrónico, sino tan sólo señalar la ironía de que PPK, quien fue a saludar a Keiko y darle su apoyo contra la amenaza roja que parecía Ollanta en la segunda vuelta, cinco años después, recibió el préstamo de votos de cientos de miles de ciudadanos que querían  soluciones radicales, por su promesa de una revolución silenciosa de agua, desagüe y electricidad para los pobres; y que hicieron la diferencia crucial para evitar poner a los gatos de despenseros, o sea, la conversión del Perú en un narco Estado.

Como se sabe, su revolución fue tan silenciosa que no se notó ni en los barrios del cerro San Cristóbal, cercanos a Palacio de gobierno. Para justificarse, podría decir que la oposición de los responsables de las inevitables políticas de reajuste de los años 90, no lo dejaron hacer mucho en su breve paso por la historia. O que las inversiones en infraestructura tardan muchos años en madurar. O por el ruido político y la intransigencia e inmadurez política de algunos. O por Odebrecht y sus discretísimas consultorías.

¿Buenos diagnósticos y planes y programas deficientes? ¿Buenos planes y falta de voluntad política? ¿Buenos tecnócratas y gerentes públicos mediocres? ¿Empresarios que no se jugaron a fondo? ¿Activismo, improvisación, desorden y mala comunicación gubernamental? Un poco de todos estos factores sería la explicación; sumados a otro poco de mitos autocomplacientes tipo “al Perú no lo arregla nadie”, “todos tienen su videíto”, “hay que persistir en el modelo”, “el Niño costero nos hundió”, “comunistas antimineros”. El padre Lanssiers hubiera sido cortante y dicho que lo que pierde a los políticos de derecha e izquierda es su indolencia frente a los desheredados de carne y hueso, pues para ellos son números o potenciales votos, peones en una guerra de movimientos, consumidores, aplaudidores.

Ocho años después, ¿qué tenemos? ¿Sólo el zangoloteo político? ¿Sólo el escepticismo de los empresarios? ¿Sólo políticos que no asumen que son un mal necesario, que no por necesarios dejan de ser un mal? En lugar de menos pobres, tal vez haya un poco más de consumidores. Tenemos tecnócratas fracasados, que nos hicieron creer que tenían soluciones a diferencia de los políticos demagogos. Empresarios chamuscados, aunque quieran pasar piola respecto de la corrupción. ¿Cuál es la novedad? Un puñado de fiscales y jueces que parecen hacer bien su trabajo y tal vez un poco más de ciudadanos de los tres tercios, que han decidido no dejar que se aprovechen de su buena fe y ser vigilantes de los que ejercen función pública.