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Una publicación de la asociación SER
Historiador

Huaynaputina: A 419 años de la más grande erupción volcánica en los Andes (III)

Cuando hizo erupción el Huaynaputina, en febrero-marzo del año 1600, el joven Bernabé Cobo acababa de llegar al Perú un año antes, con 19 años de edad, y estudiaba en el colegio jesuita de San Martín en Lima.  Medio siglo después, en su ‘Historia del Nuevo Mundo’, terminada de redactar en 1653, incluyó dos capítulos dedicados al tema “De los volcanes que hay en el Perú y los grandes daños que suelen causar” (Libro II, caps. XVIII-XIX; ed. 1964, tomo 1, pp. 95-101).  Allí Cobo afirmaba: “haberme hallado yo a la sazón en este reino [del Perú] y sido testigo de vista de parte desta tan terrible tempestad, aunque estaba [en Lima] más de ciento y sesenta leguas [800 kilómetros] distante del volcán” (p. 96).

Cobo experimentó directamente la onda sonora provocada por la erupción: “lo que della menos daño hizo fué lo que puso mayor pavor y espanto a las gentes, como fueron los horribles truenos o bramidos del volcán […].  Fueron los bramidos tan diformes [sic] y estupendos, que los que se han hallado en alguna fortaleza, como la de Malta, o en la batalla naval [de Lepanto], no pudieron ser más ofendidos del impetuoso estrépito de la artillería, que lo fueron los vecinos de Arequipa.  Los cuales, tras el estruendo de cada estallido, temían que se les abría la tierra y caía el cielo encima.  Oyéronse a doscientas leguas [1000 kilómetros] de distancia, y en la ciudad de Lima, que está ciento y sesenta y cuatro leguas [820 kilómetros] del volcán, los oímos tan claramente cuantos entonces nos hallamos en ella, que tuvimos por cierto que la armada real, que pocos días antes había partido del puerto del Callao en busca de un cosario [holandés, Olivier van Noort] que había entrado a esta mar del Sur por el estrecho de Magallanes, se había encontrado con él, y que los truenos que oíamos eran de la artillería que en la batalla se disparaban” (p. 99).

Dos décadas después, en 1619-1621, el jesuita Cobo residió efectivamente en Arequipa.  Entonces debió no solo buscar información escrita u oral sobre la erupción del Huaynaputina, sino quizás hasta explorar la zona directamente, aunque no lo afirme con claridad.  Dice: “En medio de la provincia de Condesuyu [¿o Colesuyo?], que es de la diócesis de Arequipa, hay dos volcanes en el principio de la cordillera general, entrambos a la parte oriental de aquella ciudad: el uno, dista dieciséis leguas [80 kilómetros] della, que se dice de Omate por un pueblo de este nombre que había en la falda de él antes que reventara.  Cinco leguas [25 kilómetros] de éste, más la sierra adentro y catorce [70 kilómetros] de la dicha ciudad, está el segundo, a quien llamamos de los Ubinas, tomando también el nombre del pueblo a él más cercano así llamado.  El primero, que es el que reventó el año sobredicho de 1600, no es un solo cerro, sino una sierra larga siete leguas [35 kilómetros], que aunque no es de excesiva altura, tiene tan grande cepa, que boja [= circunda] treinta leguas [150 kilómetros].  Remátase su cumbre en unas puntas, que, miradas de afuera, hacen forma de corona; la de en medio es menor que las otras, y en ella está la boca” (p. 96).

Por la magnitud del suceso, Cobo pensaba que los dos volcanes habían hecho erupción simultáneamente: “Tiénese por muy probable que por debajo de tierra se comunica este volcán [de Omate] con el de los Ubinas, y que la ceniza, piedra y fuego que lanzó por esta abertura o boca, salió de las entrañas de ambos.  Los indicios que persuaden ser esto así son dos: el primero, la infinita cantidad de ceniza y piedra que de él salió, porque parece cosa prodigiosa y que excede el curso natural, que tuviese dentro de sí tanta materia como vomitó, que si se juntara y amontonara, hiciera sin duda una sierra dos o tres veces mayor que la del volcán.  El segundo y más cierto indicio es ver que, después que reventó éste, no echó humo por algunos años el volcán de los Ubinas, estando antes de continuo humeando” (p. 96).

En medio de su descripción de la catástrofe sufrida en la ciudad de Arequipa, Cobo indica: “Bien entendieron los de aquella ciudad luego que comenzó a llover ceniza ser la causa de tan extraña tempestad algún volcán que reventaba de los que hay en su distrito; pensaron los dos primeros días que salía de uno muy grande [el Misti] que estaba tres leguas [15 kilómetros] de la ciudad, mas presto echaron de ver no ser así; sospechóse que debía ser el de los Ubinas.  Al fin, no supieron con certeza de dónde les venía el daño, hasta que al cabo de diez o doce días, que aclaró algo el tiempo, vinieron a la ciudad algunos indios de los que se salvaron de seis pueblos que, por estar cercanos al volcán, se asolaron; de los cuales y de otras muchas personas, así indios como españoles, que a distancia de seis a doce leguas [30 a 60 kilómetros] del volcán lo vieron reventar y estuvieron a la mira de cuanto sucedió, se supo haber sido el de Omate el que había reventado; que no poca admiración causó, porque nunca se habían recelado dél, porque jamás le habían visto echar fuego ni humo, y también por estar tantas leguas apartado de la ciudad” (pp. 97-98).

Sobre la dispersión de las cenizas, nos dice: “Proveyó Dios Nuestro Señor, por su infinita bondad y clemencia, que al tiempo que reventó el volcán corriese viento de tierra, que arrojó a la mar gran cantidad de ceniza, y las demás derramó por más de trescientas leguas [1500 kilómetros]; con que fué menor el daño que recibieron los pueblos de la banda de barlovento, de donde soplaba el viento; y en las tierras de sotavento no cayó amontonada, sino esparcida, que a no suceder así quedaran la ciudad de Arequipa y los pueblos de indios de su contorno sepultados debajo de muchos estados de ceniza; y con todo eso, cubrió el suelo una tercia en alto por más de cincuenta leguas [250 kilómetros] a la redonda de aquella ciudad; con que murieron todos los ganados y aves, porque a todos faltó el sustento.  Como la mayor parte donde cayó la ceniza es tierra de Llanos, donde nunca llueve, están hasta hoy los campos y cerros aún no limpios de ella; la cual está tan sutil, movediza y suelta, que en partes no se puede andar por encima della, porque se hunden las personas y cabalgaduras, y en soplando viento recio, levanta espesas polvaredas, que grandemente enturbian y oscurecen el aire” (p. 99).

Cobo evaluaba la erupción del Huaynaputina en estos términos: “causó tan grande ruina y destrozo en todo el Perú, con más o menos daño en diversas provincias conforme su distancia, que no se sabe, de cuantas tormentas deste género refieren las historias antiguas y modernas, que haya sucedido en todo el orbe otra más brava y espantosa” (p. 96).

 

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Las investigaciones de geólogos y vulcanólogos en el siglo XX han confirmado plenamente todas estas descripciones del siglo XVII que hemos venido citando tan extensamente.  El arqueólogo Brian Fagan las sintetiza:

“Entre el 16 de febrero y el 15 de marzo del año 1600, una erupción espectacular sepultó el volcán Huaynaputina, de 4.800 metros de altitud, ubicado a 70 kilómetros al este de Arequipa, en el sur del Perú.  El volcán lanzó al aire una lluvia de piedras y cenizas.  Estas últimas, que cayeron sobre un área de 300.000 kilómetros cuadrados como mínimo y cubrieron el cielo de Lima, La Paz y Arica, alcanzaron a un buque que navegaba en aguas del Pacífico, 1.000 kilómetros al oeste.  En las primeras 24 horas se depositaron en Arequipa más de 20 centímetros de lava pulverizada del tamaño de un grano de arena que ocasionó el derrumbe de varios techos.  La ceniza permaneció en la atmósfera durante 10 días, en los que la luz dio paso a la penumbra.  Al menos 1.000 personas fallecieron; 200 pertenecían a pequeñas comunidades emplazadas cerca del volcán.  La lava, las piedras y la ceniza se depositaron en el lecho del río Tambo, cuyo cauce se desbordó y el agua inundó miles de hectáreas de tierras de labranza, que se volvieron estériles.  En muchas fincas se perdió todo el ganado.  Para la industria vitivinícola local, las consecuencias de la erupción fueron devastadoras” (p. 161).

“La erupción del Huaynaputina es comparable a la del Krakatoa de 1883 y la del Pinatubo, en las Filipinas, de 1991.  El volcán expulsó a la atmósfera cerca de 19,2 km3 de sedimento fino que ocultó parcialmente la luz del sol y la luna durante meses y cayó a la superficie de la Tierra en zonas tan distantes como Groenlandia y el Polo Sur.  Los climatólogos tiene la suerte de que el fino polvo vítreo desprendido por el Huaynaputina se distinga perfectamente en los grandes bloques de hielo.  El polvo se encuentra en los niveles superiores de las capas de hielo del Polo Sur correspondientes a 1599-1604.  Aunque con menor claridad, también aparece en los núcleos de hielo de Groenlandia.  Los niveles de sulfato son tan altos que sabemos que la cantidad de sedimento expulsado a la estratosfera fue el doble que la del monte Pinatubo y de cerca de un 75% del total despedido por el monte Tambora en 1815” (pp. 161-162).

“Las cenizas del Huaynaputina alteraron el clima de todo el planeta.  Así, el verano del 1601 fue el más frío desde el año 1400 en todo el hemisferio norte y está entre los más fríos de los últimos 1.600 años en los países escandinavos, donde el sol permaneció oculto detrás de una cortina de niebla.  En Islandia, la luz del sol era tan tenue que los objetos no llegaban a formar sombra.  En Europa central, el sol y la luna presentaban un «color rojizo, su luz era apenas visible y casi ni brillaban».  El oeste de América del Norte vivió el verano más frío de los últimos 400 años, con temperaturas bajo cero durante la época de crecimiento del maíz en muchas zonas.  En China el sol, rojo y pálido, presentaba grandes manchas” (pp. 162-163).

Fagan concluye: “La presencia de polvo volcánico en la atmósfera provocó el descenso de la temperatura en todo el planeta” (p. 163).

 

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Referencias:

Bernabé Cobo, S.J., Obras completas, edición de Francisco Mateos, S.J. (Madrid: Eds. Atlas, 1964), 2 vols.

Tomo I: <https://archive.org/details/obrasdelbernabec01cobo/page/n3>

Tomo II: <https://archive.org/details/obrasdelbernabec02cobo/page/n3>

Brian Fagan, La Pequeña Edad de Hielo: Cómo el clima afectó a la historia de Europa, 1300-1850 [2000] (Barcelona: Gedisa, 2009).

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