Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

José Saramago y el coronavirus

Foto: Cadena SER

Victor Liza, periodista y escritor

En el año 2008 se desató la gran crisis financiera mundial que hasta ahora vivimos. El modelo neoliberal, que sostiene que el mercado lo ordena todo, que el Estado debe desaparecer y que el individuo debe emprender para realizarse en la vida atendiéndose a sí mismo, experimentaba su primer golpe desde que se impuso en el mundo, tras la caída del Muro de Berlín y la extinción de la Unión Soviética.

Una nota del diario español La Vanguardia, de septiembre de 2017, da cuenta de que en ese mismo año 2008, en algunos países europeos se agotaron los ejemplares de El Capital, emblemático libro del filósofo Carlos Marx, del cual señala que “se situó como uno de los ensayos más vendidos”. Y añade: “Sus ideas provocaron, de nuevo, debates sobre la muerte del capitalismo y la terrible situación de una clase media que, en los últimos diez años, se parece cada vez más al proletariado. Las circunstancias y las personas cambian; las crisis y algunos libros permanecen”.

En tiempos de crisis como el citado, la humanidad busca respuestas. Una de ellas es aferrarse a los libros. Parece que lo mismo ha provocado en Europa la pandemia del coronavirus, acaso la mayor amenaza a la humanidad en la historia. Cuando este fenómeno tuvo su primer brote en Italia en febrero pasado, el diario El País de España dio cuenta de que Ensayo sobre la ceguera (1995), una de las obras más notables del escritor portugués José Saramago, “ha vuelto a ser un fenómeno literario en Italia”, al registrar “un aumento de un 180% de las ventas”. La célebre novela del Premio Nobel de Literatura 1998 relata una pandemia de ceguera blanca que ataca a todo el mundo, excepto a la mujer de un médico que debe hacerse cargo de los afectados, quienes deben someterse a una cuarentena. De no cumplir con algunas medidas de esta, estos serían castigados severamente, acaso describiendo la actual realidad peruana, en la que algunos aplauden las cachetadas de militares abusivos que solo deberían limitarse a cumplir la ley.

Sobre Ensayo sobre la ceguera, su autor sostenía que su obra “plasmaba, criticaba y desenmascaraba a una sociedad podrida y desencajada”. Pero otra novela de Saramago que también se acerca a la experiencia colectiva de la pandemia y la supervivencia humana es Las intermitencias de la muerte (2005). En un país cuyo nombre no se menciona, todos dejan de morir. La alegría se instalará entre los ciudadanos, pero luego llegará el caos. Los servicios de salud se saturan: los enfermos terminales siguen vivos y deja de haber espacio para otros pacientes. Las funerarias piden un apoyo al gobierno, porque ya no hay entierros. Las iglesias también expresan su preocupación, porque los sacerdotes ya no pueden oficiar misas de difunto. Algunos cruzan la frontera para que los agonizantes entreguen el espíritu de una vez. Esto genera problemas diplomáticos con el país vecino; y al mismo tiempo, un problema de contrabando que será paliado con vigilancia en los límites.

Acaso lo que cuenta Saramago en Las intermitencias de la muerte es tan parecido a la realidad actual como Ensayo sobre la ceguera. Aunque en el primer caso la muerte se toma una tregua, se produce una situación deseada por el escritor portugués, que criticaba la deshumanización del mundo: las corporaciones paralizadas y la vuelta del Estado como protagonista para enfrentar la nueva situación. Saramago apuesta por situaciones jamás imaginadas, producto de su fantasía, que generan un cambio total de la manera en que se venían conduciendo las sociedades.

No sabemos si a Saramago no le alcanzó el tiempo para imaginar una situación como la expansión del coronavirus a nivel mundial. Pero tranquilamente podría haberla escrito. Comunista y ateo, soñaba con un mundo más humanizado y justo. La paradoja es que la expansión del coronavirus podría conducir a ese ideal: un planeta en el que se revise todo lo realizado desde la Revolución Industrial, en el que de la fábrica para producir más rápido y la explotación de recursos se pasó al control del invisible capital financiero. Un mundo en el que comienza a imponerse la agricultura y la ganadería sobre otras actividades productivas, dada la necesidad de alimentarse en tiempos de cuarentena. Naciones en las que el Estado retoma su rol en pos de los desfavorecidos -a causa del capital financiero- y en el que hay ciudadanos antes que meros consumidores. Una sociedad internacional en la que se compra lo que se necesita, no lo que te ofrecen. En la que no manda el dinero, sino la solidaridad.

¿El sueño de José Saramago empieza a hacerse realidad? Los acontecimientos posteriores nos lo dirán.